
Confirman que Juan Pablo II estuvo a punto de renunciar
Don Estanislao, su fiel colaborador, revela episodios inéditos de su pontificado
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ROMA.- A Juan Pablo II no le gustaba quedarse encerrado en el Vaticano. Durante su pontificado, más de cien veces se escapó de incógnito a las cercanas montañas de Abruzzo -a unas dos horas de esta capital- para poder disfrutar de una de sus grandes pasiones: el esquí.
Detalles de este tipo y mucho más revela en un libro que acaba de sacar en Italia don Estanislao Dziwisz, su fiel secretario privado durante 40 años, y una suerte de hijo espiritual y también padre del papa polaco, sobre todo en los últimos años de enfermedad.
De 225 páginas divididas en 35 capítulos cortos, muy amenos de leer, Una vida con Karol (Rizzoli) -que en pocos días ya vendió 40.000 ejemplares-, pinta un retrato íntimo de Juan Pablo II y revela aspectos fascinantes que ayudan a comprender mejor la extraordinaria figura del papa que derrotó al comunismo.
En su conversación con el vaticanista italiano Gianfranco Svidercoschi, de origen polaco, don Estanislao, que es ahora cardenal y arzobispo de Cracovia, recorre el "martirio" que sufrió su amado Karol debido al atentado de 1981 y las demás enfermedades que padeció, como el mal de Parkinson. Y confirma que, ya antes del 2000, Juan Pablo II pensó seriamente en una renuncia al trono de Pedro.
"El se preguntó si, análogamente a lo que Pablo VI había establecido para los cardenales de más de 80 años, que están excluidos de la elección pontificia, también el papa no debía renunciar a su cargo al cumplir los 80", relata.
"El santo padre, por ello, decidió consultar con sus más estrechos colaboradores, entre ellos el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y, después de haber reflexionado y examinado los textos dejados al respecto por Pablo VI, llegó a la conclusión que debía someterse a la voluntad de Dios, es decir, quedarse hasta que Dios lo hubiera querido", agregó.
Escapadas
El cardenal Dziwisz también cuenta la primera "fuga" que se le organizó al pontífice para poder esquiar. Fue el 2 de enero de 1981, una jornada "maravillosa e inolvidable".
"Desde hacía tiempo que deseábamos que el santo padre pudiera no sólo esquiar, sino también zambullirse en la vida normal de la gente", dice. Entonces, la escapada fue desde la residencia de Castel Gandolfo hasta el centro de esquí de Ovindoli.
Para despistar a los guardias suizos, al margen de utilizar el simple auto de un sacerdote polaco amigo, otro miembro de la expedición, el padre Tadeusz, se sentó en el asiento trasero junto al papa y desplegó el diario para cubrirlo. "Pasamos por varios pueblitos; así, el papa, desde atrás de los vidrios del auto, pudo gozar de esas escenas de ordinaria vida cotidiana", cuenta don Estanislao, y agregó que más tarde "el santo padre logró esquiar y estaba contentísimo".
Las expediciones siguieron, y el papa, encantado por estar en contacto con la naturaleza, las montañas y el silencio que lo llevaba a meditar, se comportaba como un normal esquiador. "Estaba vestido como todos: traje de esquí, gorro y anteojos para sol. Hacía cola entre las personas -aunque siempre teníamos la perspicacia de estar uno adelante y otro detrás-, y nadie lo reconocía. ¿Quién podía imaginarse que un papa iba a ir a esquiar?"
Cierta vez, un niño de unos diez años, que se había quedado detrás de su grupo, al verlo, lo reconoció: "¡El papa! ¡El papa!", comenzó a gritar, boquiabierto. Don Tadeusz, entonces, intervino: "Pero ¿qué estás diciendo? Apúrate, que, si no, pierdes a tu grupo!". El niño entonces desapareció, para intentar seguir a sus amigos, y el papa se apuró para bajar la montaña y volver de inmediato a Roma.
Don Estanislao también evoca otro tipo de episodios poco conocidos. Por ejemplo, cuando Juan Pablo II visitó a la Madre Teresa en su hogar para moribundos y leprosos de Calcuta, en 1986. Por entonces, quedó muy impactado: "Si pudiera, haría de papa desde aquí", le susurró a la fundadora de las Misioneras de la Caridad.
Cuenta que en otra ocasión, en uno de sus viajes por el mundo, cuando visitaba una favela de Brasil, sin saber qué hacer para poder aliviar semejante pobreza, de repente el papa se quitó el anillo papal y se lo donó a esa gente.
El pedido de perdón
Tras evocar el atentado del 13 de mayo de 1981, don Estanislao asegura que su ejecutor, el turco Mehmet Ali Agca, "nunca le pidió perdón al papa". Y cuenta que en el encuentro que mantuvieron en la cárcel de Rebibbia, en las afueras de Roma, Agca le preguntó al papa sólo una cosa: "¿Por qué usted no murió?". "Ali Agca estaba angustiado por el hecho de que existían fuerzas que lo superaban, porque él había apuntado bien, pero la víctima estaba viva". Pese a ello, nunca le pidió perdón al papa, que le había escrito una carta en la que le decía: "Querido hermano, ¿cómo podremos presentarnos ante Dios, si aquí, en la Tierra, no nos perdonamos mutuamente?".
El fiel secretario privado también despeja todas las especulaciones que se habían creado sobre la presunta existencia de una carta de renuncia en caso de incapacidad. "Juan Pablo II fijó un procedimiento especial para las dimisiones, para el caso de que no hubiera podido cumplir hasta el final su ministerio como papa. Y, sin embargo, quiso cumplir la voluntad de Dios hasta el final, aceptando la cruz que, con el ejemplo de Cristo, quiso llevar hasta el fin de su vida."




