
Contar para engañar a la muerte
Pedro Orgambide, recientemente fallecido, dejó una producción que abarca todos los géneros. Llevado por una vocación que se despertó a los siete años, escribió sin cesar y participó activamente en la vida literaria de la segunda mitad del siglo XX. Ahora se publica póstumamente su novela Un tango para Gardel (Sudamericana)
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Al verme hace una seña; se ha sentado junto a la vidriera, lejos de la puerta. Cambiamos unas pocas frases. Toma un sorbo de té y anuncia, explica, como si se tratara de una de las tantas campañas publicitarias en las que le tocó participar: "En la primera página Roberto Arlt abre el libro con esta frase: `El asunto es si uno puede ser feliz y todo lo demás; escribir una novela, por ejemplo, es sólo una manera de engañar a la muerte´. A Nalé Roxlo se lo dice. ¿Te gusta?", se entusiasma. Pedro Orgambide está eufórico: acaba de encontrar las líneas iniciales de El escriba y quiere compartir el hallazgo. Necesita contarlo.
La puso en boca de Arlt, pero era una declaración autobiográfica. Quería engañar a la muerte, responder a los avisos de sucesivos diagnósticos, con su recurso personal de jugarle a las escondidas, de hacerle trampas al fantasma que había marcado su infancia. Y su manera de burlar a la muerte era escribir novelas, cuentos, ensayos, obras teatrales, comedias musicales, prólogos; armar antologías, dirigir colecciones, hurgar antecedentes de la historia argentina y sumar de manera casi afiebrada un título tras otro. Escribir sin descanso, siempre a mano, y cuando, tras la operación a que lo sometieron a comienzos de 2002, debió hacerlo de pie, apoyaba el cuaderno sobre la cómoda del living. "Yo no soy un pituco como Proust para escribir en la cama. Lo hago parado, como Hemingway", ironizaba. Transmitía la sensación de que mientras pudiese inventar nuevas historias, encontrar nuevas frases, la muerte lo pasaría por alto, lo dejaría tranquilo. Quizá por eso nunca dejó de contar. Sólo necesitaba un interlocutor, pero si se encontraba con un grupo de amigos, además de narrar infinitas anécdotas, las actuaba, gesticulaba, marcaba los silencios, si era necesario rengueaba o tiraba ganchos de izquierda a un oponente invisible. Era difícil que en una reunión no fraguara el acento mexicano aprendido en sus años de exilio o imitara con ternura a algún pariente judío conocido en su infancia, o el cocoliche de Nicola, un italiano que había sido amigo de su padre y que Orgambide asaineteaba en sus evocaciones.
Si estaba mano a mano con alguno de sus colegas más íntimos, prefería narrar argumentos y diálogos con precisión de actor que ha memorizado un texto, pero las aristas histriónicas eran reemplazadas por la prueba empírica de indagar cómo llegaban sus palabras hasta un oído preparado y atento. Y como una forma de autoconvencimiento agregaba el latiguillo: "¡Muy bueno, muy bueno!", mientras acomodaba con el índice el pesado armazón de sus anteojos pasados de moda.
Aseguraba que su vocación literaria había nacido a los siete años. "Me encargaron una composición tema mi madre y por primera vez, frente a la hoja en blanco pude ver algo que no era simplemente el cuaderno donde hacía cuentas y dictados: vi a mi mamá en la feria, entre los puestos de fruta, de verdura, la vi comprar flores. Ella tan linda, con un ramo de colores en las manos. Y escribí: `Mi mamá compra flores´. Nada más. La maestra se burló de mi síntesis. Me hizo pasar al frente con un bonete de burro y a los gritos me pronosticó: `Nunca vas a poder escribir ni una carta´. Ese día juré que sería escritor."
En los años treinta, con la crisis, su familia (típica clase media judía) debió cambiar de barrio varias veces; acaso la militancia de su padre en el partido comunista haya influido en esas mudanzas. "Me gustaba ser un atorrante, parecerme a los chicos de la calle, con mis amigos nos colábamos en los partidos de fútbol, en el circo y en los cines." Allí se enamoró perdidamente de Shirley Temple, como recordaría en algún cuento de su libro Mujer con violoncelo .
A los diez años, a causa de una confusión radiográfica, le diagnosticaron una tuberculosis galopante, lo internaron en el hospital, donde pasó varios días en espera de la muerte, hasta que algún médico advirtió el error. Desde esas noches pobladas de temores, arrastraba su secreta batalla con las sombras, esa batalla que su risa y su permanente humor disimulaban pero que se transparentaba en sus personajes. Una lucha desigual que terminó, mientras se afeitaba, el último diecinueve de enero.
En 1941, junto con otros chicos del barrio, fundó el club Alvaro Yunque. "Para nosotros, el mejor escritor del mundo", evocaba. Trabajó algún tiempo como peón de campo y luego vinieron los primeros poemas, publicados en una revista literaria que dirigía Raúl González Tuñón. El año en que cumplió diecinueve se inició en el periodismo y publicó el primer libro, financiado por su padre: una colección de poemas, Mitología de la adolescencia . Practicó box, estudió danza con Ana Itelman y tenía prestancia orillera bailando tango. Fue cronista deportivo en el diario Noticias Gráficas y le tocó cubrir el bombardeo de la Plaza de Mayo en junio de 1955, mientras la metralla se desparramaba a pocos metros y algún avión Gloster dejaba caer su carga sobre un trolebús repleto de pasajeros.
Al año siguiente fundó y dirigió la revista Gaceta Literaria , que perduró algunos años y cobijó polémicas y opiniones contundentes. A comienzo de la década del sesenta, con un nutrido grupo de colegas generacionales, Orgambide encabezó, junto con Alberto Vanasco, una lista denominada Gente Nueva, que aspiraba a participar (en realidad sólo a divertirse e incordiar) en las elecciones de la vieja SADE. En el escrutinio salió última. Pedro se consolaba: "Los escritores nos han votado. O alguien cree que hay más de doscientos veintidós verdaderos escritores en la Argentina. Esos nos votaron a nosotros", bromeaba.
La década -politizada en extremo, iconoclasta, creativa, rebelde- fue el período de afirmación para Orgambide; en los trabajos de esos años están las pistas, las líneas de su literatura. Si el periodismo le había enseñado a desarrollar un tema y centrar el nudo de interés, la redacción publicitaria (fue director creativo de importantes agencias) le otorgó el poder de síntesis y la capacidad de generar el impacto en una frase.
En 1954 se había iniciado como ensayista y biógrafo con un estudio dedicado a uno de sus autores más admirados: Horacio Quiroga; además durante esa década dio a conocer sus primeras dos novelas: El encuentro (1957) y Las hermanas (1959). El salto narrativo se produjo a partir de Memorias de un hombre de bien (1964), libro construido con apócrifas evocaciones de un personaje de clase alta venido a menos, suerte de rezago amable de la generación del ochenta, cuyas andanzas ya engrosan la antología de la picaresca porteña. Manuel Mujica Lainez lo elogió sin reservas: "Se sitúa con sobrados títulos, en la gran línea que va de Bartolito Mitre y Eduardo Wilde a Arturo Cancela", sentenció.
A partir de ese libro la obra de Orgambide comenzó a ocupar un espacio propio: su estilo y su problemática se hicieron inconfundibles. En la producción novelística se destacan Los inquisidores (1967) y El páramo (1965). Profundizó su mirada crítica sobre los mitos, prejuicios y estereotipos propios de la cultura nativa en Yo, argentino (1966) y al año siguiente, en colaboración con Roberto Yahni, editó una obra de largo aliento de la que es de lamentar la ausencia de reediciones: Enciclopedia de la literatura argentina .
Con la irrupción de la violencia en la Argentina vinieron años difíciles. Orgambide, perseguido por las tres A, debió exiliarse en México en 1974. El destierro duró más de una década, durante la cual obtuvo el premio Casa de las Américas de cuento con su libro Historias con tangos y corridos; fundó y codirigió junto a Julio Cortázar, Juan Rulfo, Miguel Donoso Pareja, José Revueltas y Eraclio Zepeda, la revista Cambio e impulsó la editorial Tierra del Fuego con otros escritores argentinos exiliados (Alberto Adellach, Jorge Boccanera, Humberto Costantini y David Viñas).
La dura experiencia del retorno a Buenos Aires Orgambide la supo reflejar mediante las sensaciones contradictorias: desgarros, dolores, reencuentros y nostalgias, de la protagonista de la nouvelle La convaleciente , un texto notable que en su momento (1985) pasó desapercibido por la crítica y que merece un nuevo y desprejuiciado abordaje.
Desde el regreso sus obras surgieron como una catarata, más de un libro por año en los últimos veinte; se produjeron los éxitos teatrales de Discepolín , Eva y Don Fausto y dejó para la historia literaria dos novelas contundentes: Hacer la América , sobre las experiencias de los inmigrantes llegados a la Argentina a fines del siglo diecinueve, y El escriba , cuyos protagonistas, además de Roberto Arlt y Natalio Botana, legendario director de Crítica , son varios de los integrantes de la generación de Martín Fierro . Cálido homenaje a sus maestros, presentado en una lujosa envoltura verbal. Luego Orgambide se especializó en biografías y escribió las de Ezequiel Martínez Estrada, el perito Francisco Moreno, Leandro Alem, Manuel Dorrego, Raúl González Tuñón y Simón Rodríguez, el maestro humanista de Simón Bolívar.
Solía detenerse teórica y empíricamente en indagar el habla de sus compatriotas, acaso como una necesidad: conocer las inflexiones, los giros y el vocabulario de la gente le parecía la única manera de que las voces de sus personajes resultasen vívidas y creíbles.
En su volumen póstumo, Un tango para Gardel (Editorial Sudamericana), que aparece en estos días, Orgambide, que ya había abordado el personaje en un ensayo anterior, traza la biografía novelada del cantor. De tanto en tanto, como una amenaza se cruza una figura fantasmal, compadre y luctuosa, que Orgambide llama "El hombre de Tacuarembó". Ese perseguidor, que como una sombra reaparece misterioso y recuerda al Moreno de Martín Fierro , vuelve a aparecer en la fatídica pista de Medellín el 24 de junio de 1935.
Orgambide escribió el libro con sus últimas fuerzas. Pedía que no lo visitaran, para no interrumpir su redacción. Unos días antes de la muerte llamó a un amigo por teléfono y le dijo: "Lo terminé, me agotó, pero ya estoy pensando otro proyecto". Sin embargo, esta vez su propio "Hombre de Tacuarembó" no ficcional logró alcanzarlo. Definitivamente.





