Cuando el pasado es un país extranjero

Orígenes. En este breve ensayo, el escritor argentino, autor de Todos los Funes, reflexiona con espíritu lúdico acerca de ciertos caprichos y azares que suelen conducir al error histórico y, por ejemplo, atribuyen la pasta a los italianos y a los ingleses el té
Eduardo Berti
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27 de febrero de 2015  • 19:13

Sorprende saber que el instrumento sinónimo de tango, el bandoneón, llegó tarde a este género musical pues hubo un tiempo, el de la "guardia vieja", en que el tango y el "fueye" se desconocían. Casi lo mismo ocurre con el saxo en el jazz y éste no es el único punto de contacto entre ambas músicas que, hacia 1955, vivieron la crisis de las grandes orquestas y el nacimiento de las pequeñas formaciones.

Hay algo aleccionador en estos casos. Cuando, en respuesta a críticas conservadoras, Astor Piazzolla exageraba que en la Argentina se podía cambiar "todo menos el tango", tenía en cuenta seguramente la doble paradoja del bandoneón: gran símbolo de la música argentina, fue creado en Alemania como órgano de iglesia portátil y llegó a Buenos Aires de casualidad, olvidado por un marinero europeo, según lo quiere la leyenda.

Un amigo me ha explicado que el uso del cajón peruano en el flamenco es relativamente reciente (alrededor de 1977, tras una gira de Paco de Lucía por América), pese a que dicho instrumento hoy nos parece inseparable de ese estilo musical. Y no tenemos que limitarnos a la música para entender estos fenómenos: es un lugar común asociar a los italianos con la pasta, pero sabemos que la pasta ya se comía en China y que el señor Marco Polo tuvo bastante que ver con la historia, aun cuando existiría un documento (anterior al retorno de Marco Polo) exhibido en cierto Museo de los Spaghetti y en el que se haría mención a una pasta típicamente italiana.

Abordar la historia en sentido inverso (hasta ver un tango sin bandoneón y una Italia sin pasta) excede el juego, por más que tenga bastante de diversión. Es lo que hace Martin Amis en su novela La flecha del tiempo, cuando narra la Segunda Guerra Mundial y el nazismo como si proyectara un film al revés, hasta indagar las raíces: ¿cómo se originan tamaños horrores/errores de la humanidad?

En no pocas escuelas de guión de cine o de escritura creativa se recomienda analizar las tramas dramáticas yendo del desenlace hacia el inicio, para ver cómo se arma el sentido lógico del relato. Los ecologistas postularon algo análogo hace tres décadas e invirtieron las lógicas temporales para explicar (muy en vano, si miramos alrededor) que el mundo no es algo que hemos heredado de nuestros ancestros, sino algo que hemos pedido prestado a nuestra descendencia.

Quienes ponen el grito en el cielo con cada elemento "foráneo" que amenaza su "estilo de vida" (léase las tradiciones locales o nacionales) deberían recordar todo esto.

En su ensayo La ciudad de las palabras, Alberto Manguel enumera las tres formas básicas de vincularse con lo foráneo o, mejor dicho, de "ver al otro": como un ser fantástico o irreal; como una amenaza que codicia lo que poseemos y amenaza nuestra identidad, o como un benefactor creativo que nos legará sabiamente su experiencia. Por supuesto, el segundo caso, el del "otro hostil", ha servido desde hace siglos para explicar los males de la sociedad y para justificar diversos horrores políticos.

Hace unos días, releyendo el Diario de Samuel Pepys, que abarca desde 1660 hasta 1669, me topé con un pasaje fascinante, fechado en septiembre de 1660. Pepys vive en Londres, es un alto funcionario que frecuenta la corte, aunque también los barrios populares, y ese día prueba una bebida muy exótica llamada "té". Le gusta mucho y apunta: "Es una bebida china". Siete años más tarde vuelve a hablar del tema con distancia: "De regreso en casa, hallé a mi esposa preparando té, una bebida que según el señor Pelling, el boticario, es buena para el resfrío".

Leídas desde el presente, estas breves menciones parecen un ejercicio de extrañamiento que nada tiene que envidiar a Julio Cortázar cuando explica qué son una escalera y un pie o a Eduardo Mendoza cuando observa el mundo con ojos de alienígena: "Los seres humanos son cosas de tamaño variable". Sólo que aquí no es Gurb quien escribe, sino un inglés de la Inglaterra A. T. (Antes del Té), cuyo diario es una rara maravilla por distintas razones. Por un lado, porque es el crudo autorretrato de un hombre respetadísimo en la escena pública que lleva una vida secreta de desenfreno sexual y cada dos por tres escribe "que Dios me perdone"; por otro lado, porque es todo un testimonio de la "microhistoria" y la vida cotidiana de una Inglaterra en pleno momento de cambios.

La revolución de Cromwell acaba de ser aplastada y, entre decapitaciones y demás ajusticiamientos que Pepys describe al detalle, se ha restaurado la monarquía. El nuevo rey es Carlos II y la reina, Catherine Braganza: portuguesa (¡católica!) y, según se dice, gran responsable de introducir el té, o al menos de popularizarlo, en el Reino Unido.

Pepys no escribió su diario pensando en la posteridad ni en ningún destinatario. Lo escribió para él mismo ("para revivir, hasta el menor detalle, su existencia", ha dicho Louis Cazamian) y para ello empleó una especie de taquigrafía que mezcló con palabras de otras lenguas. Fue por azar que en 1819 un reverendo llamado John Smith encontró una información que permitía descifrar las miles de páginas. La tarea, se cuenta, fue colosal: digna de Champollion.

En la novela The Go-Between (1953), un compatriota de Pepys llamado L. P. Hartley (1895-1972) escribió la que se estima una de las mejores primeras frases de la historia de la ficción: "El pasado es un país extranjero: allí las cosas se hacen de otra manera". Invirtiendo la flecha del tiempo, podríamos decir también, y por las mismas razones, que el futuro es un país extranjero. Y que nada sería peor si, a causa de su "extranjería", viéramos el futuro simplemente como una amenaza.

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