Cultivar su jardín
El próximo viernes la nueva Biblioteca LA NACION presentará una selección de relatos de Voltaire
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El único motivo por el que acaso resulte útil comentar estos relatos filosóficos, escritos por Voltaire a partir de 1747 y publicados en 1775, es la ironía del autor con respecto al optimismo. Por lo demás, sería aconsejable comportarse ante estos textos como un lector candoroso, es decir, enfrentarse a ellos con un placer no marchitado por todo lo que se sabe, o se cree saber. El juego de asomarse a su lectura con la misma inocencia con que lo habrían hecho Cándido o el Ingenuo, si en vez de ser sus personajes hubieran sido sus lectores, permite disfrutar de su increíble modernidad sin la menor distancia entre el autor y nosotros. En cambio, sus críticas al pobre Pangloss -ese maestro de Cándido que, de acuerdo con los postulados de la filosofía de Leibniz, vive repitiendo: "Todo está bien en el mejor de los mundos"- nos desconcertarían si no lográramos situarlas en un contexto preciso, el de la burla a ese sistema filosófico. Lo cual prueba dos cosas: primero, que si tres siglos después, la amargura de Voltaire ante la locura humana nos resulta moderna, es porque la crueldad y la injusticia siguen allí; y segundo, que las teorías del leibniziano Pangloss hoy nos parecen de una originalidad casi merecedora de sentimientos más benévolos, porque nuestro pesimismo tampoco ha representado ningún progreso.
La añoranza del optimismo no es sino un resultado secundario, y por supuesto cándido, de esta lectura. El resultado fundamental es el redescubrimiento de la razón. El cuento filosófico era para Voltaire un molde literario que le permitía contar aventuras extraídas de la historia o la leyenda, a menudo adornadas por un decorado oriental, para desarrollar ideas de una gran variedad, pero también de una gran unidad. Pese a sus diferencias y a sus contradicciones, lo que en definitiva nos dicen "Zadig", "El mundo tal como es", "Micromegas" o "Memmon", es que el mal existe pero no fatalmente, y que se puede luchar contra él con resultados no por relativos menos reales. ¿De qué manera? Como Cándido: "cultivando su jardín".
Por suerte para nosotros, Voltaire no nos machaca esto ni nada de manera directa. La gracia de su estilo consiste en decirlo todo "de taquito", con un sabio desapego, con un pudor burlón que a veces roza un absurdo casi a la Jarry, sobre todo en "La princesa de Babilonia". Pero no hay que engañarse. El Romanticismo y la vanguardia del siglo XX han sabido ubicar a Voltaire al rechazarlo de plano, el primero por su risa "de mono... indiferente a las miserias de la especie humana" (la frase es de Madame de Sta‘l), y ambos por su racionalidad que el arte de nuestros tiempos tanto ha despreciado. La lectura de este libro nos hace lamentar que el "jardín" de Voltaire, al menos por ahora, no haya tenido descendencia. Es que ese fragmento de realidad cultivable, pequeño pero posible, no está en ningún lugar fascinante. Cándido no se queda en Eldorado, la sociedad perfecta e inaccesible, y el Ingenuo no regresa a las soledades del Canadá donde ha nacido. ¿No será que, al aceptar lo relativo, ambos se convierten en auténticos luchadores contra la intolerancia? Quizás haya llegado el momento de buscar en Voltaire lo que nos falta: un sutil equilibrio entre la indignación y la eficacia.



