
De la anorexia alimenticia a la anorexia cultural
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EL poeta y crítico francés Pierre Lartigue, en su libro Historia de la punta plantea una hipótesis, surgida de una mera asociación de ideas. Nos cuenta que en el ballet, la bailarina blanca, espectral, extremadamente delgada "nace" a principios de siglo. Y sugiere que se trata del retorno, pero esta vez en el escenario teatral, de las reinas y princesas decapitadas durante la Revolución Francesa.
El ballet clásico, símbolo de belleza, estaba idealizando y reviviendo, sin saberlo, a bellas jóvenes muertas. En las Sílfides o en Giselle , los espectadores, cómodamente sentados en sus butacas pueden contemplar extasiados esas figuras etéreas y espectrales que quedarán incorporadas al lenguaje como el súmmum del ideal de delgadez: la palabra sílfide . Pero también las sílfides tenían su contracara, la de la enfermedad, la pobreza, el peligro de muerte: las flacas tísicas. ¿Qué separaba hace apenas algunas generaciones a una flaca tísica de una sílfide? Ambas compartían la extrema delgadez, pero cargada de significaciones opuestas: muerte y belleza.
¿No habría que preguntarse si existe un nexo entre un mundo que ha sufrido genocidios impensables (en la Argentina, miles de desaparecidos), terribles exclusiones sociales, y la muchedumbre de jovencitas que sueñan con el ideal de delgadez, con ser espectrales, transparentes? ¿No serán ellas también la reaparición fantasmal de aquellas muertas, así como las sílfides lo fueron de las reinas mártires? Hoy no son ni sílfides, ni tísicas: se las llama anoréxicas. ¿Establecer un lazo entre la cultura de una época y un síntoma como éste sería un sinsentido? Las santas, desde Clara de Asís en la Edad Media hasta Teresa de Lisieux en el siglo pasado, desafiaban los límites de ayunos y dietas autorizados por la Iglesia. La pureza, la santidad, estaban asociadas para ellas a estados místicos de privación que se expresaban principalmente en un "comer nada" que las hacía sospechosas: ¿poseídas por Dios o por el diablo? Los confesores se devanaban los sesos intentado responder esta pregunta.
¿Las miles de jóvenes acusadas de posesión diabólica durante los siglos XVI y XVII, que fueron quemadas en las hogueras de la Inquisición, también habrán sido esqueléticas? ¿O sólo lo son las malvadas brujas que únicamente existen en los cuentos de hadas? ¿Será ésta otra asociación de ideas sin sentido sin ningún valor actual? Muchas histéricas del siglo pasado (ésas que ya no existen) tampoco podían comer y vomitaban si se las forzaba a hacerlo. Adquiere entonces un profundo y renovado sentido suponer que las modernas y tan mediáticas anoréxicas son un eslabón en una larga serie de mujeres, casi siempre muy jóvenes, que, a lo largo de la historia de Occidente, no comen como modo principal de expresar su subjetividad y el espíritu de su tiempo, pero no a la manera de una moda o de una consecuencia de una moda.
Los sentidos autorizados
Las razones con las que se pretende resumir -y alimentar- el extraño fenómeno de las miles de jóvenes que insisten en vivir "comiendo nada", o casi nada, por empezar, no lo consideran extraño. Rellenan este enigma recurriendo a fórmulas globales que intentan explicarlo todo, o casi todo.
Dichas fórmulas van desde el miedo al crecimiento o a enfrentar la realidad maduramente, hasta la obediencia debida a la moda o a los cánones estéticos. Otra fórmula global de prestigio creciente: la conjunción de la privación alimentaria y la predisposición genética explicaría por qué algunas jovencitas que no comen se enferman y otras no. Por supuesto, ninguna de estas fórmulas ignora a su vez que hay marcos familiares que favorecen la aparición de la enfermedad, y otros que no.
El desconcierto, el miedo, la impotencia, se traducen en desesperados intentos de quebrar de cualquier modo y a cualquier precio la férrea resistencia a recibir alimentos que oponen las ya famosas anoréxicas, aunque no sean famosas. Frente a esa resistencia enigmática y, por lo tanto, muy angustiante, los ecos de una amenaza familiar atávica ("si no comés te vas a morir"), son avalados por los equipos, casi siempre interdisciplinarios, que se ocupan de los trastornos alimenticios. Las terapias coinciden: recuperar el peso perdido se torna un imperativo categórico en todos los casos, en aquellos que lo necesitan y en los que no.
El mensaje de muerte es multiplicado al infinito por los medios masivos de comunicación. La muerte anunciada como ley general, como consecuencia obvia del no comer, impide reconocer el poder mortífero y mortificante de la amenaza atávica, presente en la distorsión estadística. Vemos así cómo la muerte inexorable que aguarda a las anoréxicas al final del programa oscila, según cálculos que se pretenden científicos, entre probabilidades que van... ¡del 2 al 20 por ciento! Errar es humano, las conductas terapéuticas que desconocen el enorme peso de la vida psíquica, ése que ninguna balanza puede pesar, lamentablemente también lo son.
Los casos particulares (o sea todos) se convierten en excepciones que no hacen sino confirmar la regla preestablecida, el dictamen de muerte asegurado a todas (sin excepción) las adolescentes que no comen.
Estas terapias también insisten en ignorar la descompensación psíquica y orgánica que se produce cuando se fuerza a las pacientes a comer. No se toman el trabajo de deslindar la postura de muchas jóvenes que se vuelven transitoriamente "anoréxicas" por espíritu de imitación y a las que el miedo ambiente, junto con los equipos tratantes que les endosan el rótulo de enfermas, terminan por enfermar. Aparentemente estos tratamientos funcionan, pero en realidad sólo rellenan un vacío. En el mejor de los casos, conducen a la robotización y, en el peor, al suicidio. El enigma de las jóvenes que eligen la "solución anoréxica" para sus propios enigmas como modo de vida, a la larga gana la batalla en esta lucha feroz "contra" la anorexia. Mientras tanto los tratamientos sostenidos en liderazgos autoritarios, basados en recompensas y castigos, que han sido descartados en otros lados del mundo, siguen gozando de un gran prestigio en la Argentina de hoy.
Las anoréxicas y/o bulímicas recuperadas sonríen desde las pantallas de la televisión, como robots o miembros de una secta aterradoramente agradecidos a sus salvadores. Cabe a una investigación sociológica indagar el motivo del consenso social para este tipo de tratamientos y a una auditoría médica seria y responsable investigar sus consecuencias.
El mal de nuestra época
La palabra "anorexia" es de origen griego y quiere decir: sin hambre, sin deseo. Sin embargo, no suele investigarse esta relación entre el hambre y el amor sexual en toda su profunda dimensión. El lenguaje, no obstante, es elocuente. "Te comería toda", "qué bombón", "qué lomo bárbaro", "budín", "churro", muestran como el deseo sexual se expresa a través de metáforas, o alusiones poco veladas al cuerpo-alimento. El lenguaje corriente abunda en expresiones que sugieren una íntima conexión entre el hambre y el deseo sexual.
La oralidad es una faceta privilegiada de su expresión. Entre el deseo y el objeto deseado existe un sutil y complejo juego de sustituciones y desplazamientos. También la agresividad suele expresarse a través de metáforas alimenticias: "me lo comería crudo", "no puedo tragarlo". Se puede pensar que el espíritu de nuestros antepasados caníbales habita nuestro lenguaje -el de la calle- mostrando lo ancestral primitivo en el seno de la civilización. También como los restos de la "primitiva" relación con la madre nutricia, hacia la que el hambre y el deseo estuvieron originariamente orientados. Pero las metáforas alimentarias no sólo aluden, aunque a veces lo eluden, al cuerpo de nuestros semejantes no idénticos. Los libros también pueden tragarse, así como hay situaciones indigeribles. La boca primitiva ha sufrido un desplazamiento: se come con los ojos, se devora con la mirada, los orificios quedan así cargados de un valor que suele sufrir desplazamientos de lo erótico a lo agresivo. También las palabras se vuelven objetos comestibles o indigeribles, y los humanos vivimos alimentándonos y expulsando palabras. El hambre y el deseo sexual son prisioneros del lenguaje.
Todo esto es parte de nuestro universo simbólico. Conocerlo es tarea imprescindible para cualquier reflexión posible sobre los trastornos alimentarios, dentro o fuera de un marco terapéutico. Es imprescindible saber que en el rechazo a los alimentos hay un doble rechazo: a las significaciones simbólicas culturales -presentes o pasadas-, y a las cargas pulsionales con las que el cuerpo y el alimento están investidos. La estrechez, la ignorancia, la alarma desmesurada, que en cambio caracterizan las teorías en boga sobre la anorexia, se reflejan en los tratamientos, aunque en el corto plazo sus nefastas consecuencias son evidentes.
El rechazo a saber, a enterarnos del peso de estas significaciones, el cerrar la boca frente a los sentidos nuevos, o su contraparte, la incorporación indiscriminada, globalizada, de fórmulas indigestas que impiden pensar, muestran que el mal de nuestra época, símbolo del fin de siglo y por lo tanto síntoma de nuestra época, debería llamarse anorexia cultural. No sólo las adolescentes son sus víctimas.
Por Silvia Fendrik
Para
La Nacion
- Buenos Aires, 1998
Silvia Fendrik es psicoanalista, autora del libro Santa Anorexia (Corregidor).
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