
De la cama, ese territorio de descanso, sueños y sexo, a otras formas de inquietud
Dos nuevas exposiciones de Andrés Piña y Roberto Aizenberg, en la galería Ruth Benzacar, dan cuenta de cómo espacios y objetos conocidos se vuelven enigmáticos
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Una cama envuelta en una neblina espesa y persistente ocupa el centro de la sala. Invita a acercarse con sigilo. “Todo lo que se pudre forma una familia” es el título de esta pieza de Andrés Piña, que integra El alma volvió preñada de materia, en la galería Ruth Benzacar, con texto de sala de Martín Felipe Castagnet.
En esta obra, Piña transforma una cama matrimonial en una superficie de agua y vapor: una bandeja negra contiene agua que se mantiene a unos 35 grados, mientras un mecanismo genera una bruma liviana, sin ebullición. En diálogo con LA NACION, el artista sostiene que esa combinación de agua estancada, tibieza y vapor condensa las dimensiones culturales de la cama: territorio del descanso y los sueños, de la sexualidad, la reproducción y la muerte.
En otra sala, una persona acostada en una cucheta, oculta bajo una frazada, activa objetos con movimientos mínimos, como si su cuerpo formara parte de un mecanismo de relojería. Piña trabaja aquí con la posibilidad de que un performer desencadene un movimiento que se prolonga en los objetos: el descanso pierde su aparente inmovilidad.
Una estructura de nylon con un ventilador incrustado, suerte de pecera a escala humana, lleva esa extrañeza al límite. Está inspirada en un invento casero para dormir más fresco, aunque solo mirarla genera sensación de ahogo. Piña encontró la fotografía del dispositivo mientras circulaba como un meme. Le interesó esa búsqueda de bienestar resuelta con recursos rudimentarios, un invento que asoció con una incubadora. Entre la solución práctica y la extrañeza de la forma, el objeto le permitió imaginar otra relación entre el cuerpo y su refugio.
Para pasar de una sala a otra hay que abrir puertas pesadas. En el recorrido aparece una figura masculina envuelta en una frazada, dentro de un pequeño armario. Otra está hecha con zapatillas y un buzo; algunas más combinan ropas, luminarias y sillas. Los muebles adquieren ropajes, los objetos pierden su utilidad reconocible. Las perchas, dice el artista, evocan formas óseas e internas que remiten a lo biológico y, a la vez, a lo monstruoso y lo muerto. La pieza encarna la idea de un protector del sueño, inspirada en rituales culturales que buscan proteger el alma mientras dormimos. La muestra reúne dos series: las camas de los durmientes y las esculturas verticales de los insomnes.

Certezas en suspenso
En La flor de la distancia, la exhibición de Roberto Aizenberg con curaduría de Juan Cruz Pedroni, la inquietud toma otras formas: dibujos en los que la presión de un trazo y el intervalo entre dos puntos convierten el papel en un campo de tensiones, y pinturas donde formas y tonalidades demoran el reconocimiento. Entre ambas muestras puede trazarse un recorrido que pone en suspenso algunas certezas: qué hace un cuerpo cuando descansa, qué separa lo vivo de lo inerte, cómo devienen enigmáticos espacios y objetos conocidos.
“Generalmente, trabajo con hábitos de lo humano cotidiano y objetos cotidianos, pero que tienen una larga genealogía”, explica Piña. Esta vez, la investigación comenzó con la cama. Ese objeto tan próximo, sobre el que transcurre una parte considerable de la vida, abrió preguntas acerca de una actividad que suele entenderse como puramente biológica. El artista organiza su indagación alrededor de tres núcleos: el sueño continuo, que vincula con la organización industrial del tiempo; el descanso dividido en dos períodos (con un intervalo de vigilia); y las concepciones en las que soñar supone una continuidad con el mundo, una forma de acceder a él.
Le interesa, especialmente, cómo ciertos hábitos se incorporan hasta confundirse con un orden natural. En su lectura, el descanso entendido como reparación necesaria para volver a trabajar integra una concepción “maquínica” de lo humano: el cuerpo se detiene, recupera fuerzas y retoma su actividad. Piña explora también otras posibilidades: una noche interrumpida por encuentros y conversaciones, o un sueño al que se atribuye la capacidad de intervenir en la vida colectiva.

“Cuando produzco, no estoy pensando literalmente una interrelación entre la idea y la obra”, señala. Las lecturas alimentan un proceso que encuentra sus propias soluciones materiales, sus desvíos y asociaciones, sin establecer una correspondencia entre cada pieza y una modalidad histórica del dormir.
Figura imprescindible y singular del arte argentino del siglo XX, Aizenberg se definía como pintor surrealista. Partía del automatismo psíquico para capturar asociaciones libres del pensamiento y luego depuraba las imágenes hasta alcanzar lo esencial, con un excepcional dominio del color, los claroscuros y las transparencias.
Pedroni propone demorarse en las obras. La selección de la muestra reúne dibujos realizados entre 1952 y 1955 (la mayoría de 1953, en el tramo final de su formación con Juan Batlle Planas) y óleos de los años setenta y ochenta.
Entre ambos conjuntos, dos pinturas de 1974 y 1975, anteriores al exilio, funcionan como bisagra. Allí aparecen procedimientos reconocibles de Aizenberg: el facetado, la progresión lumínica y una ejecución minuciosa. “Una poética de la distancia que opera en distintos niveles”, define Pedroni.
En las pinturas, el curador reconoce sombras alargadas que conservan vestigios de la pintura metafísica, espacios negativos e intervalos entre los cuerpos. También identifica una distancia surgida del encuentro de los colores: un choque que vuelve menos automática la percepción. En los óleos de los años ochenta y noventa, el color adquiere un protagonismo radical.
El punto de irradiación de una pintura azul remite, según el curador, a procedimientos constructivos de los collages de los años cincuenta. Una obra tardía invita a volver sobre una temprana. Ante la figura solitaria y el espacio que la rodea, la mirada encuentra otra manera de habitar la distancia.
Para agendar
El alma volvió preñada de materia, de Andrés Piña, y La flor de la distancia, de Roberto Aizenberg, en la galería Ruth Benzacar (Juan Ramírez de Velasco 1287), hasta el 17 de octubre. De martes a sábados, de 14 a 19. La instalación performática estará activa los sábados, de 16 a 19. Entrada gratuita.


