Deseo cautivo
MONOGAMIA Por Adam Phillips (Anagrama)-131 páginas-($ 12)
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LO obvio suele ser la forma más frecuente de la invisibilidad. Adam Phillips, ensayista y psicoanalista inglés, intenta con este trabajo rasgar el velo de neutra cotidianidad que cubre a la práctica social que da nombre al libro. "No todos creen en la monogamia -dice Phillips en la primera línea-, pero todos viven como si creyeran". Y agrega: "En otras palabras, creer en la monogamia no es diferente de creer en Dios".
El objetivo de este libro -concebido como una colección de 121 aforismos intencionalmente divergentes- no es construir una teoría, sino desmontar una coherencia, develar las partes de esa compleja máquina que regula y delimita los deseos y que en el lenguaje aparece como norma "demasiado ilusamente pulcra".
Los aforismos de Phillips, multifacéticos, disolventes, muchos de ellos transparentes, otros difíciles hasta lo enigmático, parecen una herramienta adecuada para remar contra la corriente del lenguaje y desestabilizar lo incuestionable. La ironía, los desplazamientos del sentido, las paradojas, la desconcertante identificación de opuestos son algunos de sus recursos.
Ahora bien, para remover un presupuesto se requiere otro. El escepticismo es este nuevo suelo desde donde el autor intenta -digamos con cautela- la desconstrucción del tabú. Para Phillips, el deseo, voraz consumidor de prodigios, es una cornisa. Un descuido puede precipitarlo a uno al abismo. Claro que se puede elegir permanecer en la cálida y familiar habitación: "La monogamia nos evita la locura de las comparaciones; y, ¡ay!, nos reserva para ella. Domestica el infinito". Pero también, como el libertino, uno puede, atraído por lo desconocido, arrojarse al vacío. Monogamia parece insinuar (sólo insinuar) que es posible un equilibrio entre el tedio y la catástrofe, que es posible mantenerse en la cornisa. "Hay comodidad en el peligro -sostiene con ánimo provocador-. Ésta es la verdad que el monógamo teme, y en la que rara vez el infiel repara".
Por último, los años en que el autor trabajó en la especialidad de psicoterapia infantil aportan sus figuras. "Al principio, todo niño es hijo único [...] Nuestras primeras y vagas nociones son, por decirlo de alguna manera, monógamas: privilegio, intimidad, propiedad, pertenencia."
En libros anteriores, Phillips había sostenido que los psicoanalistas se toman a sí mismos demasiado en serio, ellos se olvidan -escribió en Terrors and Experts (Terrores y expertos, 1996)- "de que sólo están contando historias sobre historias". En otro de sus libros, The Beast in the Nursery (La bestia en la nursery, 1998) -en el que la "bestia" es el principio freudiano del placer y la "nursery" es el orden social y la conformidad a las normas morales- sostuvo que el psicoanálisis es "el gran arte de la desilusión". En Monogamia perdura esta atmósfera de antipsiquiatría en la forma de lúdica valoración de la curiosidad y la imaginación anteriores a toda autoridad.
La humillación de ser excluidos, la angustia ante lo impredecible, el terror de estar vivos, la mentira, lo precario del deseo son los trazos que van delineando el rostro de la monogamia, según Phillips. Y este rostro se recorta sobre un fondo inquietante de otras alternativas. "El forajido, la mujer fatal, el hereje, el agente doble, el juego de palabras: la infidelidad se lleva lo mejor. Tiene el glamour del mal secreto y de la buena mentira".
Monogamia no es un libro ni diáfano ni tranquilizador. Su fraguada dispersión y su riguroso escepticismo pueden exasperar si se pretende destilar algún consejo práctico o sintetizar una postura. A cambio, muestra las innumerables formas de caminar por un laberinto.
Lo femenino, entre Freud y Lacan
¿EXISTE LA MUJER?
Por Paul Verhaeghe
(Paidós)-359 páginas-($ 26)
EN las páginas iniciales de este libro, subtitulado De la histérica de Freud a lo femenino en Lacan , el autor anticipa una de sus conclusiones: la teoría desplegada por Freud a lo largo de cuatro décadas dio los mismos giros y rodeos que el tratamiento individual de una paciente histérica. Verhaeghe señala, además, que Freud encontró las mayores dificultades de su teoría precisamente en aquellos puntos donde tropieza con la histeria: "Toda su obra puede verse como un intento reiterado de dar respuesta al enigma de cómo una mujer se convierte en mujer y describir el papel del padre en ese proceso. Cada vez que pensaba haber llegado a la solución, la paciente histérica le demostraba la insuficiencia del planteo", sostiene.
Es alrededor de esta premisa que se desarrolla la investigación de Paul Verhaeghe, psicoanalista y profesor de la Universidad de Ghent (Bélgica). Se trata, básicamente, de un análisis de la obra freudiana en el marco de una lectura inspirada en la teoría lacaniana de los cuatro discursos (del amo, de la histérica, del analista, de la universidad). El autor confronta una y otra vez diferentes momentos de la obra de Freud y explica los destinos disímiles que encontraron ciertos postulados psicoanalíticos -la teoría de la seducción, por ejemplo- en autores posfreudianos. Este es, sin dudas, el aspecto más rescatable del estudio.
El abordaje de otros temas, en cambio, es cuestionable. En particular, determinadas simplificaciones teóricas en las que cae el autor, muchas veces, curiosamente, después de haber realizado recorridos y articulaciones cautivantes. El lector, que había llegado a entusiasmarse con momentos de apertura, de interrogación, incluso de claridad conceptual, asiste desconsolado a cierres innecesarios, prematuros, dogmáticos. En este sentido, no deja de resultar tan objetable la lectura esquemática de Freud como la lectura idealizada de Lacan.
Una observación final acerca del título del libro. Como se sabe, fue Lacan quien formuló el axioma "La Mujer no existe", enunciado que suscitó toda suerte de reacciones. Más allá de los malentendidos a que dio lugar -sería ingenuo, por otra parte, no ver sus intenciones pirotécnicas-, lo que procuraba el psicoanalista francés era fundamentar en términos estrictamente lógicos la inexistencia no de las mujeres, sino de la mujer en tanto universal. El acento había de ponerse no tanto en la palabra "Mujer" como en el artículo "La".
Ahora bien, el libro de Verhaeghe, que plantea algunas cuestiones interesantes en torno al problema de lo femenino en Lacan, no examina lógicamente, sin embargo, el alcance de dicha proposición, lo que hubiese sido fundamental para el tema del que se trata. Por lo que la pregunta "¿Existe la mujer?" queda reducida a una mera cuestión de retórica. O, acaso, de mercado.





