Doffo, entre el cielo y la tierra
El artista presenta pinturas, dibujos, fotografías e instalaciones en el Centro Cultural Recoleta
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Arrodilladas sobre el piso de tierra en una calle del pueblo de Mechita, mirando una fogata, varias personas esperaban en silencio la orden del artista, que terminaba de dar forma a la composición que iba a fotografiar. Una mujer se le acercó. "¿Puedo rezar mientras miro el fuego?", le preguntó. Fue entonces cuando Juan Doffo entendió que lo que allí estaba sucediendo era más que la producción de una fotografía; tenía algo de ritual, de ceremonia colectiva, de arte mezclado con la vida.
"Cada obra tiene una historia detrás", dice Doffo al completar la anécdota frente a la foto, parte de la muestra que acaba de inaugurar en el Centro Cultural Recoleta. Lo repetirá luego ante la pintura esbozada tras una noche en el cementerio del pueblo; la que conecta el cielo y las estrellas con el fuentón en que se bañaba durante su infancia; la fotografía con un efecto de luz que completó la luna; también ante los cuadros que recrean aquel bosque de árboles altísimos.
Pocos lugares más adecuados que la generosa Sala Cronopios para ayudar a construir el clima que reclaman las obras de Doffo: horizontes amplios, paisajes llanos que se extienden al infinito, cielos que se desploman sobre la tierra, fuegos vibrantes. La exposición reúne pinturas de gran formato, dibujos, fotografías e instalaciones que el artista realizó en los últimos tres años; la mayoría nunca mostradas antes, en la que despliega su particular combinación de habilidad pictórica con reflexión conceptual.
Gran parte de la sala está dedicada a las pinturas, en las que las estructuras arquitectónicas, el cielo y los árboles son recurrentes. Todo emparentado con Mechita, dato insoslayable en la trayectoria de Doffo. Lugar natal del pintor, es un pueblo de 1800 habitantes a 200 kilómetros de la Capital, abandonado a su suerte tras la desaparición del tren, donde Doffo mantiene su casa y ha colaborado para abrir un museo al que muchos grandes artistas han contribuido. "Me fascinaba desde chico el cambio de las estaciones en el campo, la pampa con esa línea de horizonte. Es un paisaje humilde, chato, que es como una proyección psíquica de mi persona. Me representa", explica Doffo. Pero esa fascinación no lo convirtió en un pintor de la pampa argentina. "Uso el pueblo para decir cosas, como un puente, o un trampolín", completa. Los críticos ubican su obra en el regreso a la pintura de los años 80, pero sin perder el influjo del arte conceptual, al que agregó su propia cosecha de cuestionamientos filosóficos sobre lo real, el lugar del hombre en el cosmos, la memoria, el cielo y la tierra. "Bebí el arte conceptual de los años 60 y 70, y creo que el arte es concepto y forma. El arte tiene que servir para construir un pensamiento", teoriza.
En las fotografías, que han ido ganando espacio en la obra de Doffo, el fuego es actor central. "Lo único vertical en el campo eran las fogatas, que unían cielo y tierra", dice, cuando se le pregunta por el origen de esa fascinación. Ahora, cada foto -tomada con cámara analógica, sin intervención digital- es una puesta en escena, para la que convoca a gente del pueblo, espera la hora exacta, genera efectos lumínicos.
¿Cómo se combina "el estado permanente de crisis", como Doffo define la vida del artista, con las exigencias de exponer? "Una cosa es el trabajo del taller, donde estás solo y no te importa que nadie te entienda. Otra es la parte profesional. No hay que hacer concesiones, sino jugar con lo de adentro y lo de afuera", arriesga. Lo de adentro está, por ejemplo, en la instalación del centro de la sala, una sucesión de imágenes de una mano que sostiene una vela. "La vida es eso -reflexiona-: buscar, sabiendo que no se pueden encontrar grandes respuestas. Sólo hay verdades relativas."
Ficha. El tiempo es otro río , en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930), hasta el 30 de octubre




