
Dos vidas extraordinarias
El recuerdo de Germán Sopeña y Emilio Becher, figuras del periodismo
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Fernán Saguier, director de LA NACION, me preguntó días atrás si podía trazar una semblanza de Germán Sopeña con motivo de los veinticinco años, que se cumplen pasado mañana, del accidente aéreo en que murió, en Roque Pérez. Estaba en lo mejor de la vida, 54 años.
Contesté que sí, sin vacilar.
Minutos después me estaba preguntando que más habría de decirse de un periodista a quien el diario ha recordado regularmente a medida que transcurrieron aniversarios del trágico vuelo en que también perecieron otras nueve personas. LA NACION lo ha evocado en notas que por su número parecieran incomparables con las dedicadas a otras de las figuras relevantes que han contribuido a definir su Redacción como un lugar de notable prestigio en el periodismo de habla española.
Me dije que eso, acaso, no debiera de extrañar, y menos en un diario en el que la constancia escrita y la memoria oral han labrado emocionadas lecciones sobre las personalidades que han sido un eje en la continuidad de 156 años de un periodismo definido por la firmeza de los principios, la sobriedad del estilo y el rigor del servicio informativo. Si ha habido defecciones en tal o cual momento ha sido porque la tarea periodística es obra de hombres y, como tales, imperfectos. Pero no porque se hubiere carecido de un norte resuelto desde la fundación del diario, en 1870.
La presencia tan viva de Germán al cabo de un cuarto de siglo de la desaparición no ha sido solo por la ejemplaridad con la que encarnó el oficio que compartimos o por la riqueza multifacética que lo llevó a sobresalir en cuantos campos abordaba. También por esa rara empatía personal, menos contagiosa que inimitable, que ayudó a configurar la estela de admiración, respeto y añoranza por él que se preserva al cabo de veinticinco años de su última aventura. Sabía apelar al “no” como resorte indispensable para el mando.
Solo un hombre como Germán pudo haber escrito el libro de viajes que tituló La libertad es un tren.

Esas cinco palabras conjugan tres de los motivos por los que se batió en infinidad de artículos periodísticos: la defensa de los derechos individuales, el afán de perfeccionar un conocimiento pleno del mundo y tomar nota inmediata de lo que observaba, y el éxtasis frente a la naturaleza, su fauna y su flora que brota desde la ventanilla del vagón en que se proyectan raudamente los mismos cuadros sucesivos de una película cinematográfica que entusiasma.
Pensé y pensé hasta que la memoria retrocedió a 1921. Fue el año en que murió Emilio Becher. Conseguí de tal forma volver a palpitar con el eco, ya atenuado por el paso de más de un siglo, y casi inaudible ahora entre todo lo sucedido desde aquel tiempo, de lo que su pérdida había significado para las letras y el periodismo nacional. Su muerte se hizo sentir en particular dentro de la vieja casona de LA NACION de San Martín 344, que dejamos vacía en diciembre de 1979.

Fue la de Becher una despedida potenciada por las voces más vigorosas de la intelectualidad argentina de la época. Su recuerdo perduró como el de Germán con intensidad, hasta que el tiempo, que tanto olvida, se resignó a que el nombre de Becher apenas perviva entre los lectores de culto de la literatura argentina y en cátedras de Letras y Filosofía de nuestras universidades.
Al evocar a Becher, en el afán de hallar comparaciones apropiadas con la desolación que produjo el 28 de abril de 2001 en nuestras filas la muerte de Germán, me dije que el retrato cabal de estos dos periodistas eminentes no podía arrojar en otros terrenos diferencias más notorias.
Los aunaba, es cierto, el dominio de la lengua de Corneille, que habían hablado como si hubiera sido para ellos la lengua madre. Becher había nacido en Buenos Aires y fue criado en Rosario; Germán, hijo de un veterinario, había nacido en Huinca Renancó, Córdoba, y traído a temprana edad a Buenos Aires. Detestaron como un sacrilegio de la palabra y denuncia de la estupidez humana el lugar común. “Coincidieron en la erudición abundante, en la libertad mental, el estilo claro”, habría dicho Ricardo Rojas, enamorado de la obra de Becher.
Este había recalado en LA NACION en 1906, después de haber desdeñado el ejercicio de la abogacía, para el que estuvo a punto de ser habilitado, y dejar de lado la primigenia condición de poeta que adhería a la escuela modernista de Darío y de Lugones, tan vinculados estos al diario. Becher llegó a LA NACION seguramente de la mano de Roberto Payró y por la fama adquirida en colaboraciones para revistas literarias de principios de siglo, de la talla de Ideas, que dirigían Ricardo Olivera y Manuel Gálvez, o por su paso por el diario El País, que difundía el ideario de Carlos Pellegrini.
Ricardo Rojas anotó que LA NACION fue una tribuna digna del pensamiento de Becher y de los artículos verdaderamente magníficos que escribió en sus páginas. “Sus compañeros lo amaron y admiraron”, dijo el autor de La restauración nacionalista.
Becher trabajó en LA NACION quince años. Es el período en que Germán estuvo entre nosotros. Resulta llamativo que la dimensión de estos hombres, de disímil templanza de carácter, haya sido colmada por el mayor de los honores, que es el de los pares, al cabo de un tiempo relativamente corto. Eso exalta aún más la excelencia de lo que de sí dieron como intelectuales y seres sociales que trascenderían de igual modo por la calidad de sus vínculos con seres afines.
La relación de Becher con LA NACION se extendió entre 1906 y 1921, año de su muerte; la de Germán, entre el 15 de mayo de 1986 y el accidente de 2001. Becher vivía en soledad, entre las penumbras de un cuarto del hotel frontero al edificio de LA NACION en la calle San Martín. Joaquín de Vedia, en Cómo los vi yo, libro de celebrados apuntes biográficos, había conocido la intimidad de Becher como pocos. Saca a luz su timidez pavorosa, al punto, dice, que amó a una única mujer “que nunca supo nada de eso, porque él no se creyó nunca digno de merecerla, ni capaz de conquistarla”.
Germán maduró, en cambio, en el ámbito cálido y protector de familia hasta su último día. Con desenvoltura y elegancia natural, y en medio de su habitual contención a expandir sentimientos, podía abordar a dignatarios extranjeros, haciendo uso fluido de sus propias lenguas; desconcertar a un economista o filósofo por la repregunta que formula solo quien ha explorado debidamente y con anticipación la agenda por ventilar, o sorprender en una reunión festiva con el dominio de la guitarra o el silabeo de una bossa nova.

A partir de 1907, según reconstruye Rojas, Becher comenzó a sufrir de una crisis de voluntad, de una disgregación interna, lenta, mientras su alma vivía silenciosamente retirada en una misteriosa frontera que se ahondó desde 1909, a la edad de 27 años, que es hoy la de un muchacho. Joaquín de Vedia conjetura, por su parte, que en Becher el alcohol fue algo más infausto que un vicio, fue un crimen. “Él bebía para morir”, sentenció.
Becher escribió por años infinidad de artículos privados de la firma. Lo hacía por propia determinación; a veces, concedía usar el seudónimo de Stylo para sus artículos. Por la audacia afortunada de un compañero de diario, que en intriga cómplice con el regente del taller tomó la decisión de imprimir su nombre en las páginas en que se publicó Diálogos en las sombras, tiene identidad oficial en la literatura argentina una pieza memorable.
Becher hacía crítica literaria entre las funciones que cumplía en LA NACION. Aquel artículo era una recensión de La isla de los pingüinos, de Anatole France, y Becher, en alarde creativo, se valió de los personajes de otras obras del autor para que estos opinaran, y cumplieran la labor del crítico, sobre la novela satírica del gran escritor francés. Fue un hallazgo feliz que repercutió en Francia igual que aquí.
La amada Francia lo despertaría en 1915 del ensimismamiento en que se hundía. Lo animó a la lucha, en el periodismo de combate, el recibir noticias de los peligros que sufría Francia. Comenzó a publicar así en LA NACION, en Le Courrier de la Plata y en otros medios piezas airadas en su defensa. Lo haría también en favor de la causa aliada en los años más difíciles de la Primera Guerra Mundial. Cuando consideró a Francia a salvo, Becher volvió a encogerse en el silencio.
Germán, por el contrario, tuvo una vitalidad asombrosa. Fue pura voluntad, sobria continuidad y orden en su espíritu dotado de la capacidad para comprenderlo todo en expedita marcha. Estaba familiarizado con el vértigo por los años de cercanía con los automóviles de la Fórmula 1. Este deporte atrapó su atención periodística en los años sobresalientes de la actuación de su amigo Carlos Reutemann, que ganaba carreras o lograba actuaciones destacadas en los setenta.
Eso fue cuando Germán escribía para Parabrisas, Corsa, Siete Días y Panorama desde París o, desde donde fuera. Debía responder a indicaciones inesperadas de la editorial Abril para que se ocupara de otros asuntos de interés para los lectores: la guerra de Irán-Irak, de comienzos de los ochenta. O los albures que corría en Polonia el movimiento contestatario, católico-obrero, de Solidaridad.
Tiempos en los que el liderazgo de un dirigente obrero portuario, Lech Walesa, y la prédica valerosa de Karol Wojtyla, el arzobispo de Cracovia que sería proclamado papa en octubre de 1978 como Juan Pablo II, retemplaban la conciencia rebelde y democrática de la Europa Central. Así empezó el fin de la implosión del comunismo en Europa y del dominio imperial que desde el término de la Segunda Guerra había asumido con sus ejércitos la Unión Soviética.
Germán había egresado de la Universidad de El Salvador como licenciado en Ciencias Políticas. En Paris sumaría, a la actividad periodística, las horas dedicadas a nuevos estudios políticos y económicos en la Sorbonne. En la parte final de esa etapa fue también corresponsal de La Prensa, todavía bajo la conducción de los Paz.
En 1984, en un viaje que Germán hizo a Buenos Aires, Javier Comesaña, gerente entonces de Recursos Humanos de LA NACION, que lo conocía por haberse desempeñado antes en esas mismas funciones en la editorial Abril, se interesó por que tuviéramos un encuentro exploratorio de las posibilidades de que Germán algún día fuera parte de nuestros cuadros periodísticos. Nos encontramos.
Dialogamos sobre temas de interés común y no atravesamos esa vez más que la línea del conocimiento recíproco.
El encuentro me dejó la impresión de que Germán era un hombre seguro de sí mismo, estoicamente seguro. Volvió, por fin, un año después para radicarse a la Argentina, y tuvo una conversación formal con Eugenio Burzaco, director de Tiempo Argentino, que había sido en Abril una suerte de mano derecha del fundador de la editorial, Cesare Civita. Burzaco designó a Germán jefe de Redacción del diario que ahora dirigía.
Tiempo Argentino sobresalió por las páginas culturales a cargo del más grande crítico teatral de los últimos ochenta años, Ernesto Schoo, tan entrañablemente vinculado antes y después con LA NACION. Tiempo Argentino había sido fundado a fines de 1982 por los hermanos Leonhardt, dos abogados con renombre que llevaban asuntos de gentes y empresas de la comunidad alemana en Buenos Aires.
En ese diario, Carlos Bulgheroni jugaría unas cuantas fichas en el casino de la política grande, contribuyendo a su financiamiento con la discreción del caso. Mientras estuvo en manos de los Leonhardt, Tiempo Argentino no fue precisamente un diario próximo al radicalismo, que estaba en el poder; pero, de pronto, ocurrió lo inesperado. En 1986, figuras influyentes en la Junta Coordinadora de la UCR entraron en Tiempo Argentino como en casa propia, liderados por Luis Cetrá, un comerciante controvertido, que pisaba fuerte en la industria de la carne. Germán presentó la renuncia de forma automática, sin esperar instrucciones del nuevo mando. Me impresionó la inmediatez de la decisión y lo llamé.
El segundo encuentro no dejó duda alguna de que su incorporación a LA NACION sería de apreciable valor. Aun así, quedé corto en la evaluación.
Había logrado que la dirección del diario aprobara su ingreso como adscripto a la secretaría general de Redacción a mi cargo. Bastó una semana para pedirle que supervisara en adelante todos los temas económicos.
Un mes más y Germán sería editor de Economía. El tiempo voló con este colega que nunca aparentaba estar en premuras porque lo disimulaba con el telón de la serenidad pasmosa, el control de sí mismo que pocas veces, o ninguna, he visto encarnado de igual manera. Hacía de modo simultáneo, como un habilidoso malabarista, infinidad de tareas, y todas las hacía bien.
En pocos años ascendió a prosecretario general; no mucho más tarde, llegó a la cima: secretario general.
El destino quiso que Germán viajara en el Cessna Caravan (LV-WSC), que había partido del aeropuerto de San Fernando, con el más grande montañista argentino de la época, José Luis Fonrouge, y con Agostino Rocca, número uno de Techint, hermano de Paolo. Agostino había escalado una vez el Aconcagua.
El estilo de Germán destilaba un tipo clásico de aristócrata. La compañía de Fonrouge y de Rocca estaban en un sentido a tono con ese rasgo de la vida atareada de quien, al ascender sin cesar en sus 54 años en este mundo, dejaba atrás, sin proponérselo, a quienes empinaban la cuesta común de la existencia con otro ritmo, con otra determinación, con menores destrezas.
Carlos Roberts observó en una aguda semblanza de Germán que cuando este entró con seis años en la Escuela Antonio Devoto hubo que anotarlo en primero superior, el actual segundo grado.
A esa edad, Germán ya sabía leer, escribir, sumar y restar, y había escrito en un cuaderno: “No me gusta el bife, por eso no lo como”. Con buen criterio, Roberts infirió que “allí estaba el Germán definitivo: libertad de espíritu, firmeza absoluta, determinación, economía de palabras”.
Alberto Gerchunoff fue quien escribió la necrología de Becher en LA NACION. Volcó allí el desconcierto que le producía la versación de “este extraordinario cerebro, tan incomparablemente nutrido y tan maravillosamente dotado para las más opuestas tareas de la actividad intelectual”. Después de la muerte, la incipiente calva en el pelo rubio y la cara algo aniñada, de barba rala, asomaron por casi cien años de un retrato con marco grueso de madera a la entrada del Archivo de LA NACION. Era una presencia familiar tanto en San Martín como lo sería en la siguiente sede del diario, en Bouchard.
Una mudanza más y se perdió el rastro último visible de Becher; mermaron también en las tertulias de los más viejos el sinfín de retazos verbales enjundiosos de una de las personalidades más notables por su complejidad que hayan integrado la Redacción de LA NACION. El tiempo ha terminado por difuminar la ahora lejana, extraña figura de Becher, asociada en la juventud al espiritismo y al anarquismo individualista, y más tarde a un vago socialismo.
En la Redacción de LA NACION, en Vicente López, cuelga de una de las paredes la fotografía de Germán que está ante los ojos del lector, emergiendo de la grisura de las líneas de composición de este texto. Una fotografía que pareciera hablarnos y decirnos todo lo que imaginamos de ese hombre joven y delgado, de anteojos, camisa blanca arremangada en los brazos, y corbata suelta.

Es la imagen del periodista en un alto en el trabajo. Inteligente, ascético, de hábitos frugales, mirada incisiva y medida sonrisa.
Un disenso nos acercó más todavía. Cierta noche, mientras comíamos en uno de los restaurantes de Posadas, bajo la recova, Germán confesó que hacía años que prescindía de la ficción narrativa. Había resuelto concentrase en la lectura estricta de ensayos sobre ciencia teórica o aplicada, cualquiera que fuera la disciplina.
Defendí esa noche las obras de ficción. Dije que abrían puertas al conocimiento por la imaginación y la fantasía. Umberto Eco, semiólogo, erudito en Medioevo y autor de El nombre de la rosa, se hacía tiempo para leer novelas detectivescas. En una entrevista le preguntaron por qué lo hacía, y contestó que esas novelas planteaban una de las preguntas centrales de la filosofía: “¿Quién ha sido?”. Y otras preguntas: qué, cómo, dónde, cuándo y por qué ha sido, sin las cuales no hay periodismo.
En la agonía del contrapunto amistoso cabía proponerle a Germán que al menos leyera de tanto en tanto a científicos lunáticos. Pero cuando con los años reflexioné sobre la conversación de aquella noche, me dije que el soñador que había muerto sin otro propósito que plantar una bandera sobre glaciares argentinos, volaba ya desde hacía tiempo lo suficientemente alto como para observar desde arriba los frutos más gratificantes de la imaginación que se daban abajo. Había llegado al mundo con la condición innata de controlar ese virtuoso instrumento humano.
Germán dejó cuatro libros esencialmente impulsados por su amor por la Patagonia y los hielos continentales hacia cuyo encuentro iba en el vuelo fatal, y uno que se editó de forma póstuma. Era sobre la vida del cura salesiano Alberto De Agosti, otro amante del sur. Con sus compañeros en aquel Cessna Caravan que se precipitó a tierra por una acumulación de hielo en las alas, que anuló las leyes inviolables de la aerodinámica e hizo que perdiera sustentación, habían convenido una cita en el Glaciar Perito Moreno.
Confiemos en que su imagen perdure como fuerza inspiradora de los redactores de LA NACION e invite a la emulación de lo que él fue. Es tan actual su pensamiento que elegiré de su vasto repertorio de comentarios de signo liberal apenas uno, suficiente para condensar muchas de sus ideas sobre el país: “En la Argentina, los intentos de emprender una actividad legítima y en franca competencia suelen encontrar trabas enormes por parte de los intereses creados y, al revés, actividades y prácticas que son ilícitas no sufren penalización alguna y hasta suelen encontrar influyentes protectores en diversos niveles públicos”.

Las tres primeras líneas de ese juicio me remitieron enseguida a la formidable columna política del domingo último de Joaquín Morales Solá y su crítica demoledora del viejo lobby de los laboratorios medicinales argentinos.
Tanto Patricia Morgan, la mujer de Germán, como sus dos hijas, Mariana y Julieta, lo honrarán pasado mañana en el sur patagónico, junto con otros familiares y parientes de demás víctimas del accidente del 28 de abril de 2001.
Al sumarnos a ese homenaje, en nombre de LA NACION, decimos hoy que sería casi inhumano pretender que en una sola frase quepa la plena personalidad de Germán con mayor grado de exactitud y belleza del que expuso Silvia Pisani, corresponsal en aquellos días del diario en España.
Silvia escribió en uno de los párrafos de su responso laico, en las páginas de El País de Madrid: “De 54 años, extraordinariamente multifacético, Germán era una de esas personas que aman con locura: la vida, la música, las ideas, la búsqueda de la verdad, los viajes, la historia. Habría necesitado más de una vida. Corría en coche, tocaba jazz, conocía como nadie la geografía del sur argentino, viajaba, escribía libros, daba conferencias en una pequeña escuela rural o en un foro empresarial. En español, inglés, francés o italiano”.
Como sucedió con otros de sus hombres eminentes, hubo un desfile de ciudadanos en las salas que LA NACION habilitó para velar los restos mortales de Enrique Becher y de Germán Sopeña.
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