
El alma rusa visita el museo
En el Museo Nacional de Arte Decorativo se exhibe una imperdible muestra de colecciones rusas en la Argentina; pinturas, objetos de arte, trajes y documentos reflejan la relación entre ambos pueblos
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Mucho más que un conjunto de obras de arte, objetos, manuscritos, fotografías, íconos y recuerdos, la muestra inaugurada el martes en el Museo Nacional de Arte Decorativo es un testimonio de los fuertes lazos que unen desde siempre a rusos y argentinos.
De este entrañable vínculo da cuenta el embajador Evgheny Asthakov en el prólogo del estupendo catálogo presentado por el arquitecto Alberto Bellucci, director del museo. Este catálogo incluye la investigación realizada por la historiadora Elena Astakhova, esposa del embajador, sobre la inmigración rusa y la presencia de la cultura de Rusia en la Argentina.
Al recorrerla se descubre cuántos son los vasos comunicantes entre ambas naciones y de qué manera el alma rusa, el espíritu y la poderosa vitalidad de su música influyeron en nuestros artistas.
Quiso el destino que por razones muy diversas rusos y argentinos se encontraran en París en las primeras décadas del siglo XX. Los emigrados rusos, pobres y exquisitos, compartieron el último tramo de la belle époque con los argentinos millonarios, que, como el Barnabooth de Valéry Larbaud -el escritor francés gran amigo de Güiraldes-, vivían arriba de los paquebotes de lujo, viajando de la pampa a Europa, como si París quedara a la vuelta de la esquina.
Hombre particularmente sensible y encantador en su trato, el embajador Evgueny Astakhov descubrió de entrada su afinidad con los argentinos, cuando recien llegado a Buenos Aires celebró en su casa el cumpleaños de Rostropovich con música de tango. Le tocó llegar en medio de la peor crisis de la historia y supo descubrir los extraños vericuetos de nuestra idiosincrasia antes de recibir ninguna explicación.
La exposición del MNAD es el resultado de un esfuerzo compartido por los embajadores y por Alberto Bellucci, una "persona de talento y corazón apasionado". Los objetos y obras de arte exhibidos pertenecen a descendientes de familias rusas y a coleccionistas argentinos, sin contar el importantísimo aporte que hace el propio museo con la colección donada por Rosario Schiffner de Larrechea, condesa de Zubov, en memoria de su hija Tatiana. El conjunto reúne 232 piezas de los siglos XVI al XX, entre pinturas, muebles, porcelanas y 160 miniaturas, que son el corazón de la colección, que podrá ser visitada diariamente en compañía de guías especializadas mientras dure la exposicion.
Desde 1961 no se exhibe en el MNDA una muestra de esta magnitud consagrada al arte ruso. Hay que admitir, como lo hace el director Bellucci, que esto no hubiera sido posible sin la tenacidad, acompañada siempre de una sonrisa seductora, de la embajadora Elena Astakhova.
Ella misma buceó en los archivos del Hotel de Inmigrantes hasta encontrar los datos, las caras y los rastros de los rusos que llegaron a la argentina desde fines del siglo XIX. La primera camada, que procedía de la zona del Volga, aprovechó la promoción inmigratoria aprobada en 1876. Al llegar, los rusos fundaron colonias en Entre Ríos y en la provincia de Buenos Aires, famosas por su prosperidad.
A partir de 1890 se profundizó la inmigración de polacos, lituanos y judíos impulsada por el barón Mauricio de Hirsch, que compró más de 3 millones de hectáreas para que se establecieran los "gauchos judíos".
La tercera ola se concretó hacia 1913, cuando la riqueza del "granero argentino" atrajo al campesinado empobrecido. En ese año, los inmigrantes rusos siguieron en cantidad a españoles e italianos. Muchos de ellos se establecieron en Misiones y conservan costumbres y tradiciones religiosas. Después de la revolución del 17, emigraron los llamados "rusos blancos", aristócratas sin fortuna como María Romanova (firmaba María R.) que se ganaba la vida pintando acuarelas de los grandes salones porteños. La última ola rusa llegó en los años 50, procedente de Yugoslavia y Checoslovaquia.
Un capítulo aparte de las relaciones entre ambos pueblos la escribieron artistas de la talla de Stephan Erzia, Ana Paulova y Nijinsky. Escuchar el relato de la boda de Nijinsky en la iglesia de San Miguel, de boca de Elena Astrakova, ayuda a entender la fascinación que sobre nosotros ejerce el apasionado espíritu ruso. En el subsuelo del museo se exhibe una valiosa colección de iconos y trajes del Teatro Colón lucidos en las óperas rusas, incluido el casquete que Nijinsky usó para la interpretación de "La siesta del Fauno".
(Hasta el 26 de octubre en Libertador 1902)




