El amor de un músico en tiempos soviéticos
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En un punto me recuerda a Los Puentes de Madison, hoy en la víspera de San Valentín. No al idilio fugaz de Robert y Francesca, sino al comienzo de la historia cuando a la muerte de ella, los hijos descubren las cartas de su amor prohibido. De aquel apacible condado en Iowa al terror en la Rusia soviética, el romance de Dmitri Shostakovich y Nina Ivanova (uno de los compositores más importantes del siglo XX con una solista del Bolshoi) se asemeja en la revelación, en esa suerte de testamento que la mujer resguardó toda su vida.
En 1933, Shostakovich trabajaba en el final de su icónica ópera Lady Macbeth de Mtsensk (obra maestra que dedicó a su esposa) y en los preparativos para su estreno al año siguiente. Para ese entonces estaba casado con Nina Varzar, una científica destacada con quien vivía en San Petersburgo, su ciudad natal, Leningrado a la sazón. Cuenta, en la carta a un destinatario desconocido que, tras mostrar fragmentos de su Lady Macbeth a la orquesta que estudiaba la partitura, recibió comentarios a modo de preguntas. “Díganos maestro, ¿no le parece indecente en estos tiempos heroicos —el tiempo bolchevique— poner a un hombre y una mujer en la misma cama? ¿Vale la pena componer una ópera que hable de sexo (y adulterio)?” Al compositor le sorprendió la ignorancia de los músicos de aquel teatro que consideraba de provincia (el Maly de Leningrado, diminutivo del Mijáilovsky que dio la première del título). “¡Son horribles! —escribió—. Esa vida provinciana y su falta total de cultura son horribles. Al menos me prometieron que aprenderán la ópera. Sueño fervientemente con subirme al tren de mañana sabiendo que en cincuenta horas estaré en Moscú…”. Y viajó a Moscú, conoció a la bailarina y se enamoró de ella.
Mantuvieron esa pasión oculta hasta el final de la década, durante los años sombríos del “Gran Terror”, la persecución, la censura, las muertes y desapariciones cercanas. Mientras, en las idas y vueltas de un matrimonio tormentoso, el músico se divorciaba y casi de inmediato (ante la llegada del primer hijo), volvía a casarse con su esposa, la físico-matemática Nina Varzar. El prestigio del que había gozado desde los años veinte, desde el estreno de las primeras obras que ya de estudiante lo encumbraron como el talento más extraordinario del orden nuevo, se derrumbó de la noche a la mañana, cuando en 1935 Stalin asistió a la representación de su Lady Macbeth y todo el peso del régimen cayó sobre su espalda. Había que desmentirlo a Shostakovich. Corregirlo, enderezarlo, volverlo un hijo ejemplar del realismo socialista, del ideal soviético, marxista-leninista, ateo y proletario. Alejarlo de la vanguardia intelectual que respiraba el arte de Occidente. Y en ese tiempo oscuro en que su obra era prohibida por caótica, moderna, burguesa y vulgar, un tiempo en que veía desaparecer con espanto a colegas, parientes y amigos, ejecutados todos en la hoguera de la “Gran Purga”, el amor de Ivanova era un remanso de felicidad. “¿Pero por qué el destino que me da esta felicidad —se preguntaba—, nunca me la da completa?” Soltera todavía, Ivanova dio por terminado el vínculo con el hombre genial, casado y padre de dos hijos.
Dmitri Shostakovich murió en 1975 y Nina, su primera esposa, madre de sus hijos y figura fundamental en su carrera, veinte años antes. Como en Los Puentes de Madison, la hija de Ivanova descubrió, tras la muerte de la bailarina, la relación secreta de su madre con el compositor. Pero a diferencia de los hijos de Francesca que arrojaron sus cenizas al río Middle, la hija de Ivanova ofreció las páginas de los amantes a una casa de subastas rusa que en 2019 vendió, a un postor anónimo, el lote de dos telegramas y diez cartas de amor firmadas por el músico de quien, el sábado 28 se escuchará su descomunal Sinfonía Leningrado. Por la Filarmónica de Buenos Aires con dirección de James Conlon inaugurando la temporada del Teatro Colón.
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