El antiguo Oriente en Constantinopla hoy
21 de septiembre de 1960
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ESTAMBUL.– De repente aquellas mágicas palabras de la adolescencia que parecían cubiertas de encendidos diamantes –Bizancio, Constantinopla, Estambul, mezquita, gran bazar, serrallo, Bósforo, Cuerno de Oro– han dejado caer sus vestiduras irreales y se han transformado en esencias vivas que palpitan alrededor del viajero. Estoy en Estambul, en Estambul, en Estambul (tengo que repetir la palabra para convencerme de ello). He visto el Bósforo nocturno, a lo largo del cual se alinean los palacios de las embajadas enormes, sobrevivientes de la época en que cada una de ellas representaba una verdadera concesión imperial; he visto el Cuerno de Oro, estremecido de buques y de barcas, he visto las mezquitas fabulosas, Santa Sofía, la Mezquita Azul del sultán Ahmet, la de Solimán el Magnífico; he descendido a la subterránea cisterna de Constantino y Justiniano, que hunde en la penumbra acuática un bosque simétrico de columnas sin fin; he andado por el Hipódromo, que decoran la serpiente de bronce traida de Delfos y el obelisco egipcio de Teodosio; me he internado en los laberintos del bazar techado, ciudad dentro de la ciudad, rumorosa de lenguas múltiples (hasta se oye, aquí y allá, un español arcaico, de judíos sefaradíes, que ofrece tapices, narguiles y babuchas); he trapado por las escaleras peligrosas del castillo medieval de Rumeli, entre jardines, y en el Museo Arqueológico, me he detenido delante del sepulcro impresionante de Alejandro Magno, ornado con relieves de sus batallas y cacerías.
Y en el palacio del Serrallo antiguo, he admirado la colección de porcelanas orientales de los señores de la Sublime Puerta, más rica que la que conocí, hace veinte años, en el Palacio de Verano de Pekín, con vajillas deslumbrantes de piedras preciosas engarzadas en jofainas y en platos (...).
Las sorpresas que Estambul reserva a quien se decide a llegar a sus mares y a sus calles son tantas, que los inconvenientes se olvidan pronto. Imagine el lector lo que es subir por un camino tortuoso hasta el café que amaba Pierre Loti; imagine lo que es abarcar desde allí la extraordinaria silueta de los minaretes, al crepúsculo, en un lugar que circundan tumbas extrañas como hongos, tumbas coronadas con turbantes y con gorros de piedra blanquísima, al tiempo en que pasa un caballo con un collar de piedras azules y un hombre acaricia con las yemas un rosario que no se destina a rezar sino a afinar los dedos y a aguzar la meditación, y comprenderá que la antigua Constantinopla conserva, en el mundo cambiante, un nostálgico encanto peregrino.




