
El arte, una astucia contra la muerte
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RARA vez la obra de un escritor me ha hecho tan feliz como la de Claude Roy, que acaba de fallecer. Cuando salía un nuevo tomo de su diario, me precipitaba a comprarlo, y el terminarlo era como un corte en esa felicidad que él me otorgaba.
Entrar en su mundo maravilloso, lleno de poesía, de inteligencia y de sensibilidad, es un verdadero goce. Porque además de su gran talento, Claude Roy tenía un verdadero amor a la vida, que sabía contagiar.
Nadie como él para hablar de las cosas de la naturaleza, del olor de la primavera, del canto de un ruiseñor, del perfume de una flor, de un zorro que huye, del pasto cortado. Describe admirablemente los pájaros, las estrellas, los humores de la gata; reflexiona sobre la muerte de un amigo, la presencia de un ser querido, un libro, un espectáculo, en fin, todo lo que hace a la vida.
Además de hacernos compartir sus viajes por todo el mundo, ampliando así nuestros conocimientos, nos invita a sus "viajes inmóviles", es decir, a los que hacía a través de su yo interior.
En sus reflexiones serias, y no tan serias, mezcla las digresiones y los aforismos, la poesía y la prosa. Pasa de un tema a otro sin jamás perder al lector en el camino.
Todo eso me incitó a conocerlo.
Me recibió hace ya un tiempo en un pequeño despacho de la editorial Gallimard. Encontré un hombre sumamente afable. Sabía que había estado muy enfermo, pero igualmente me sorprendió su aspecto extremadamente frágil.
Conversamos de libros, de sus escritores admirados, de la vida, de la muerte...
-En sus libros, usted aborda varios géneros. ¿No piensa que eso puede perjudicar la unidad de su obra?
-¿Por qué exigir que el poeta sea sólo poeta; el novelista, sólo novelista; el pintor, sólo pintor? En la China antigua, un hombre era pintor, poeta, escritor, músico, sin temer por la unidad de su obra. De Musset a Vigny, de Lamartine a Hugo, todos han practicado diferentes géneros. Y los primeros maestros contemporáneos que me han formado y a los que debo tanto, Supervielle y Larbaud, para limitar mis citas, han sido poetas, prosistas, autores de teatro, novelistas, sin por eso dispersarse.
-¿Qué relación existe entre esos géneros diferentes?
-No establezco fronteras entre los géneros. Es la materia, el instante, las circunstancias lo que determina la forma que voy a emplear. Hay momentos en la vida en que los temas se ofrecen naturalmente en poema, o en prosa. Para mí no son géneros compartimentados. Los practico, paso de uno a otro como en la vida pasamos de un humor a otro. Sólo escribo poemas cuando he sentido una emoción. He tirado al canasto los poemas puramente formales.
-Usted ha escrito que el arte es una astucia contra la muerte...
-Lo volvería a escribir. Como dice Esquines refiriéndose a la muerte: "Vivimos en una ciudad desprovista de murallas". Buscamos, a través del trabajo, de la creación, del amor, de la amistad, de la vida cívica, mantener la muerte a distancia. Eso no significa que lo logremos. Aunque es cierto que, a veces, tenemos el efímero sentimiento de una pequeña victoria sobre el tiempo y la muerte. Pero se sabe que la muerte tendrá la última palabra.
-¿Siempre ha tenido la misma curiosidad por las cosas de la vida?
-El día en que ya no la tenga, en que me desinterese por lo que me rodea, estaré triste. Espero conservar la curiosidad hasta el último soplo de mi vida. Pero reconozco que uno de mis defectos es tener los ojos del espíritu más grandes que el vientre del tiempo. A menudo estoy desbordado por mis curiosidades, que no llego a dominar.
Cuando terminamos la entrevista, me propuso acompañarme al hotel, dado que vivía en el mismo barrio. Era una tarde muy fría. Me ofreció su sobretodo. Por supuesto, no lo acepté. Fuimos caminando despacito por el boulevard Saint-Germain. Había un viento helado. Claude Roy me contaba de su amistad con Octavio Paz, de los poetas chinos que admiraba y de mil otras cosas que yo trataba de adivinar, más que de escuchar, porque su voz era muy tenue. Al llegar al hotel nos despedimos. En el silencio de mi cuarto leí el poema que me había regalado, y que reproduzco aquí.
La magia de las palabras
Saber el nombre de las cosas, poder nombrar todo lo que existe es el séptimo día al alcance de todos.
Una paz modesta a la manera de Dios (si el haber creado todo y tanto no lo ha trastornado un poco, a pesar de todo).
Para qué poseer el pájaro, el árbol, la flor, el copo de nieve, la nube...
Basta con nombrarlos y llamarlos. Me regalan su amistad.
Y me hacen compañía con fidelidad.
Odile Baron Supervielle
(c)
La Nacion




