El artista en dos mundos
Las pinturas, dibujos y grabados de Luis Seoane revelan su origen y sus nostalgias; las calles de Nueva York, por Enrique Burone Risso.
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A estas alturas, el juicio sobre Luis Seoane (1910-1979) está formado, pero el público se renueva y es bueno evocar a tan notable maestro con una exposición que se cuenta entre las más completas que se le dedicaron en el país. El panorama que desarrolla va desde 1932 hasta el año de su muerte. Se trata de la antología retrospectiva que exhibe el Museo de Arte Moderno y que ocupa la totalidad de sus salas (incluida la del piso superior). La integran óleos, dibujos, témperas, acuarelas, pasteles y grabados. Muchas de esas piezas provienen del Centro Gallego de Arte Contemporánea de Santiago de Compostela y otras de colecciones argentinas institucionales y particulares. En la sala Perspectivas (la de arriba) se exhibe la obra gráfica patrimonial del museo, que Seoane donó en 1971. El diseño de páginas, la ilustración de textos y el estudio de las posibilidades de impresión lo hicieron destacarse como grabador; practicó la xilografía, el collage, el uso del metal con retícula de fotograbado, la soldadura plástica y otros procedimientos. Pero la amplitud de sus registros no quedó separadamente en esas prácticas; él mismo señaló el enriquecimiento de las influencias interdisciplinarias al decir que tanto su actividad de muralista como la de grabador y gráfico incidieron en su pintura de caballete. El apego al grafismo provino de los hallazgos en el dibujo de ilustración o en el grabado, así como en los cuadros la experiencia la produjo la pintura plana, sin matices, que realizó en las paredes como lo habían hecho los muralistas románicos.
La idoneidad y el estilo que lo caracterizaron recorren el campo de trabajo en el que actuó, por lo general atento a una concepción figurativa abstractizante, ya desde sus primeras manifestaciones, cuando representaba figuras típicas de Galicia de corte expresionista. Allí habían nacido sus padres y allí transcurrió gran parte de su período formativo y de su existencia. Aunque nació en Buenos Aires, realizó sus estudios primarios, medios y se recibió de abogado en Santiago de Compostela. Murió en la tierra de sus mayores, donde había crecido y asimilado por igual los ejemplos del arte popular y los principios abstractos del arte moderno. Volvió a la Argentina después de la Guerra Civil española. Acá, además de ser miembro de número de la Academia Nacional mereció, entre otras distinciones, el Premio Palanza de 1962. Viajaba regularmente a Buenos Aires, aunque tenía una casa, en La Coruña, donde se radicó en 1971. Allí se hizo en 1989 una muestra antológica de sus obras y en 1996 se estableció la fundación que lleva su nombre.
Campesinos, pescadores, típicos trabajadores de pueblo con raíces costumbristas abundan en sus imágenes, aunque también realizó paisajes marinos o montañeses y naturalezas muertas. No se trata sin embargo de reconstrucciones de sus rasgos o características más salientes, sino de interpretaciones personalísimas en las que aflora la nacionalidad; su galleguismo era tan esencial como voluntario. La conciencia y la nostalgia de su origen pueden considerarse constantes de su obra, aunque haya tenido en los comienzos cierto acercamiento al expresionismo alemán.
Sin quebrar las relaciones espaciales entre figura y fondo que le eran propias, recibió la influencia de cierto Picasso, con quien tuvo un breve encuentro en París en 1949, poco después del cual visitó su taller; eso lo indujo a crear un sistema personal de despojamiento que prescindía de todo lo accesorio y culminó con una acentuada bidimensionalidad; abundaron los contornos geométricos y las líneas que a veces repetían, como un eco, las formas de las masas de colores planos para exaltar la función de la línea. Aldo Pellegrini habla de una especie de contrapunto entre el color y el dibujo, que señala esquemáticamente el tema. La complementación entre la línea y el color ayuda a configurar la plenitud a la imagen, que proviene de trabajar como si ambos fuesen autónomos.
( Hasta el 16 de julio, los grabados; el resto, pinturas, aguadas y dibujos, hasta el 20 de agosto. En el Museo de Arte Moderno, San Juan 350. )
Dinamismo y figuración
En los últimos años, Enrique Burone Risso, que nació en Buenos Aires, 1956, enriqueció notablemente sus antecedentes con distinciones y muestras que destacan su actuación. Hace una pintura de fuerte acento expresionista, que transmite el movimiento de la ciudad. Sus óleos sintetizan las formas con un trazo extenso y envolvente que las define y estructura de un modo algo grotesco, a menudo lindante con la caricatura. No es una objeción, sino un modo de señalar las peculiaridades de su pintura, siempre dinámica y sumaria, pero de gran poder caracterizador. Así lo prueba la muestra actual, en la que interpreta a su modo las calles de Nueva York. Lo hace con gracia, sin eludir el compromiso de opinar sobre lo que ve en la medida en que lo subjetivo encierra una opinión. Está el objeto externo, el paisaje urbano con sus casas, sus calles, sus automóviles, los paseantes, los vendedores ambulantes, los subterráneos..., pero las referencias inevitablemente delatan la impresión del autor tanto en la nostalgia de la paleta como en la definición a menudo esquemática de las formas.
No es ociosa una observación: Burone Risso es un pintor de ademanes amplios y desarrolla con más soltura su obra en los trabajos grandes. Las pequeñas cajas y trabajos que exhibe parecerían quitarle la libertad gestual que lo caracteriza, en tanto no le permiten extender el trazo.
( Hasta mañana, en Praxis, Arenales 1311. )




