
El caso Rucci y la lógica del apriete
En Operación Traviata (Sudamericana), Ceferino Reato investiga el asesinato del líder sindical, ocurrido hace 35 años. El autor analiza en esta entrevista el hecho atribuido a Montoneros y traza sugestivas analogías con el presente
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Hace tres años, el historiador Pacho O Donnell desarrollaba dos claves en el prólogo al libro anterior del periodista Ceferino Reato (Entre Ríos, 1961), Lula, la izquierda al diván . Una aludía al verdadero alcance del texto: "Al ocuparse de Luiz Inácio Lula da Silva, Reato traza un lúcido y fundamentado mapa del mundo, de Sudamérica, del Brasil y de sus relaciones con la Argentina". Otra ampliaba su vigencia temporal: "Me atrevo a pronosticar que será por mucho tiempo un libro indispensable para todo político, intelectual o empresario que desee conocer a fondo al presidente Lula da Silva y a través de sus aciertos y errores, de sus lealtades y de sus pragmatismos, llegar a la médula de ese país fascinante que es Brasil".
Tres años después, esas claves se repiten en el nuevo libro de Reato, Operación Traviata (Sudamericana). Mediante el estudio del asesinato del sindicalista José Ignacio Rucci, perpetrado el 25 de septiembre de 1973 por la organización Montoneros (el autor así lo afirma, despejando toda duda, desde sus primeras páginas), Reato busca modificar el paradigma de los libros sobre los años 70 en la Argentina y al mismo tiempo analizar, tres décadas y media más tarde, el discurso kirchnerista, que el periodista señala como heredero de aquella militancia.
En Operación Traviata aparecen como personajes de aquellos años funcionarios de los gobiernos de Néstor Kirchner o de Cristina Fernández: Carlos Kunkel, Julio Bárbaro, Nilda Garré y hasta el ex presidente y la actual presidenta, entre otros. En el kirchnerismo puede verse la huella del contexto en que se dio el asesinato de Rucci, señala Reato. "Ellos son símbolos de una generación. Y mucho de su activo político es haber pertenecido a esa generación. No es una crítica, sino una ubicación de los personajes de entonces que aún permanecen en escena", dice.
Claro, toda ubicación conlleva una valoración política. Mucho más en el caso de un licenciado en Ciencias Políticas como Reato, editor de Perfil (antes fue redactor de Política Nacional de Clarín y corresponsal de ANSA en Brasil) y crítico severo desde sus páginas de muchas de las posiciones asumidas por los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández.
Pero, como en algunas de las buenas novelas de suspenso, es mejor arrancar por el crimen del entonces secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), que recibió más de veinte balazos cuando salía de una casa en el barrio de Flores.
-Pasaron 35 años del hecho. ¿Por qué no hubo ninguna investigación seria sobre el crimen?
-La causa se murió rápidamente hasta que apareció, allá por los años 80, Juan Carlos Juncos, un preso en una cárcel de Neuquén que, a cambio de que lo trasladaran a Devoto, quería confesar una serie de crímenes, entre ellos, el de Rucci. Juncos dijo que desde la secretaría privada de López Rega había participado en los asesinatos de Rucci y de Carlos Mugica. Contó que por órdenes de López Rega había conducido el auto que transportaba a los asesinos hasta la esquina del crimen. Así nació la teoría de que la encargada de asesinar a Rucci había sido la Triple A. Entre los nombres que proporcionó Juncos había una persona que declaró (y pudo comprobarse) que en el momento del asesinato estaba presa en una cárcel de Uruguay. Cuando se empezó a profundizar en la investigación, Juncos dijo que había mentido para estar cerca de su madre, recién operada. Eso se comprobó. Es decir, no hubo un gran esfuerzo investigativo por parte de la Justicia. Hay que hacer notar que el peronismo y el sindicalismo tampoco hicieron demasiados esfuerzos por conocer la verdad. Si bien hay un montón de salones en homenaje a Rucci, su muerte es molesta para el sindicalismo.
-¿Por qué?
-Porque el sindicalismo de los años 70, con mucho más poder que ahora, no era un movimiento totalmente homogéneo. Había fuertes tensiones entre las dos partes: Rucci por un lado, que impulsaba un peronismo sólo con Perón, y por el otro Lorenzo Miguel, que era el gran sucesor de Vandor y propiciaba desde las 62 Organizaciones un peronismo sin Perón. Después del golpe del 76, tampoco se investigó mucho. Convengamos en que no era un gobierno dedicado a investigar crímenes.
-Pero le hubiera servido para limpiar el nombre de la Triple A.
-Quizá sí. Pero la Triple A es otro tema pendiente de investigación. A mí me interesó que un asesinato tan significativo como el de Rucci no haya merecido una investigación judicial o periodística. En el 73, la CGT tenía mucho poder: Perón había ganado las elecciones de manera incuestionable y Rucci, líder de la central obrera, era una pieza fundamental del Pacto Social y un aliado fundamental para Perón.
-¿Cuándo empezó a interesarse por el tema?
-Viví en Brasil cuatro años, hasta 2005. Cuando volví, comprendí que el país, después de la crisis de 2001, había cambiado mucho. Que había un discurso público que recuperaba los años 70 en clave distinta. Y Rucci me servía para entender el discurso de los Kirchner y por qué hablaban de la manera en que hablaban.
-¿Recuperó esos años en función de un discurso presidencial, 35 años después?
-Yo había leído mucho sobre la década del 70, pero en una clave distinta. Volví a leer esos trabajos y tuve la sensación de que siempre estaba leyendo el mismo libro. Era la misma antinomia, como dicen Eliseo Verón y Silvia Sigal en Perón o muerte : una forma de hacer historia en la que siempre se repite el mismo partido entre buenos y malos. Una discusión en la que sólo cambian las fechas: el pueblo contra la oligarquía, la solidaridad latinoamericana contra la alianza con Estados Unidos. Siempre lo mismo. Allí había un libro fundamental, Ezeiza , de Horacio Verbitsky. Ese libro contiene las claves de todo lo que pasa luego: la Triple A, el gobierno de Isabel Perón, la dictadura, el pacto sindical-militar, la defección de Alfonsín con los militares. Verbitsky dice que al entender la masacre de Ezeiza se entiende todo lo que vino después.
-Muchos de los sucesos de los años 70 se plantean como fundacionales de lo que vendría: el Gran Acuerdo Nacional de Lanusse, Trelew, el gobierno de Cámpora, el triunfo electoral de Perón, la retirada de Montoneros de la Plaza de Mayo. ¿El asesinato de Rucci también puede ser visto así?
-No. El asesinato de Rucci no se proyecta al futuro nacional. Lo que tiene de interesante ese crimen es que representa la cristalización de una fusión, la de Montoneros y FAR [Fuerzas Armadas Revolucionarias], que dio origen a la mayor guerrilla argentina y la más poderosa en su momento en la región. Rucci es la prueba de fuego: un atentado hecho por Montoneros pero inducido por miembros de las FAR, que eran quienes tenían en carpeta al líder sindical. Rucci estaba en el listado de las FAR, no en el de Montoneros. Y en Montoneros había una lucha entre tendencias militaristas y tendencias políticas. El asesinato de Rucci fue la victoria de las tendencias militaristas. Al considerarse la vanguardia armada del proletariado, explicitan la gran contradicción con Perón, que era, como dijo Firmenich, ser partidarios del socialismo. Allí se da la gran división entre Montoneros y Perón.
-¿Y allí también está la clave con la que usted busca evitar el paradigma más instalado?
-Claro. Salir del partido entre buenos y malos, y saber quiénes eran los actores. Verbitsky, un gran periodista, tiene una visión muy pasteurizada. Montoneros no era una ONG que propiciaba la democracia, sino que era un proyecto de poder. Un grupo que se autonomiza de Perón, como lo había hecho Vandor. Eso es lo que trato de contar en el libro. Es muy interesante esa década, pero si seguimos con el relato tradicional de Verbitsky, nos perderemos varias cosas.
-Y al cambiar el paradigma sobre un asesinato cometido en 1973, ¿cambia la forma de ver los 35 años posteriores?
-No. Es sólo una interpretación de los años 70. Los Kirchner toman los 70 como algo fundamental en su discurso. Dicen ser los herederos de esa generación, la voluntad virtuosa que va a concretar lo que esa generación no pudo o no le dejaron hacer. Pero sería interesante ver la complejidad de la generación y de la época. Más allá de que se debe seguir juzgando a los responsables y que se debe seguir buscando a los chicos nacidos en cautiverio, me parece que hay otra parte que se debe rever.
-¿Por ejemplo?
-El estilo de los Kirchner, que es la lógica del apriete. Por ejemplo, la confección de la resolución 125 como instrumento ministerial, sin consultar a nadie sobre el cambio de la rentabilidad de un sector que es la columna vertebral del país. Es la consumación de la voluntad virtuosa. En algunos momentos, para salir de la crisis, para reconstruir la autoridad presidencial o para tratar con los acreedores fue bastante útil. La gente lo entendió así: eligió a Cristina por los méritos de Néstor, como una suerte de reelección velada. Pero cuando se trata de mostrar un juego más democrático de consenso, más institucional, no es tan funcional. Es molesto: activa protestas. Y esa lógica viene de la voluntad virtuosa de la guerrilla peronista, la lógica del apriete. El asesinato de Rucci fue un apriete.
-¿Usted dice que el gobierno de Cristina Fernández o el anterior de Néstor Kirchner reivindican la violencia o una cierta capacidad de lucha ideológica?
-Ellos se reivindican como herederos de una generación, de la Tendencia Revolucionaria peronista. Lo han dicho. Dijeron que en ese momento había un pequeño grupo que optó por la acción militar y que el grueso era democrático. Pero Montoneros no era una organización destinada a respetar las instituciones. En esa época, la democracia tenía poco rating. Extrapolar y decir que eran grupos democráticos es falso. En esta época necesitamos más instituciones, más consenso, más respeto al adversario. Una visión crítica ayuda. Mucho más que una visión edulcorada que no es real. Sabemos que ni Néstor ni Cristina fueron montoneros, pero la lógica del apriete que emplean los kirchneristas es muy similar a la de aquellos tiempos.
-Usted mencionó la resolución 125 y el conflicto campo-gobierno. ¿La actitud del campo podría considerarse también un apriete?
-Seguro. La sociedad tiene un estilo de confrontación muy grande, de falta de legitimidad. De no haber existido el voto negativo de Cobos, el campo hubiera seguido apretando. No estaba muy preparado para aceptar una derrota. Pero el Gobierno tiene una mayor responsabilidad, debe marcar la agenda. Y con su estilo potencia ciertas características de la sociedad. Pero hay que fijarse en que después del voto de Cobos, todo se calmó, y hay una voluntad mayoritaria de que al gobierno de Cristina le vaya bien. Hubo una gran demostración de madurez democrática.




