El cine secreto de geishas y yakuzas
Crítica social, violencia y humor negro en un ciclo de películas japonesas nunca vistas aquí, en la sala Leopoldo Lugones
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Todo lo que no se sabía sobre la filmografía japonesa y que los amantes del cine siempre habían querido descubrir. Ni más ni menos que eso representa el ciclo Yakuzas, ronins, geishas y otros marginales que la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín presenta hasta el jueves 29 de este mes. Clásicos recuperados de los años 60 y 70, inolvidables retratos clase B de los barrios bajos de Tokio y épicas historias de traición y venganza integran la lista de películas, la mayoría, unidas por el operístico y nada metafórico espectáculo de la violencia "honorable".
El origen del cine de yakuzas, muy presente en la filmografía de Takeshi Kitano ( Zatoichi , Boiling point ) y Takashi Miike ( Audition , Ichi the killer ), entre muchos otros, aparece en el programa de la Lugones con obras de referencia, hasta ahora inéditas en nuestro país, como Hishakaku y Kiratsune: historia de dos yakuzas (1968), de Tomu Uchida, Yakuza japonesa (1964), de Masahiro Makino, El cementerio del honor (1975), de Kinji Fukasaku, Sangre de venganza (1965), Réquiem por una masacre (1968) y Por su rostro lo conocerás (1966), de Tai Kato, y Shabu (1996), de Tatsuoki Hosono. Cada una de estas películas supone un tratamiento muy particular de la violencia, y al mismo tiempo dibujan y transgreden las convenciones del género. En Yakuza japonesa , Makino (uno de los cineastas más prolíficos de su país, autor de más de 230 filmes) parece instalar las reglas del cine de mafiosos japoneses que Quentin Tarantino consagraría a escala global con Pulp Fiction (1994) y, sobre todo, con los dos "volúmenes" de la serie Kill Bill (2003 y 2004): estilización y refinamiento pop a la hora de mostrar la violencia, virilidad a ultranza y humor negro en la pintura del enfrentamiento entre modernidad y tradición. Dos años después, Tai Kato (tal vez el principal realizador de la Toei Company, la gran productora y distribuidora japonesa creada bajo el concepto studio-system , por entonces importado de Hollywood) planteaba una exquisita vuelta de tuerca a la estética yakuza en Por su rostro lo conocerás , donde la violencia gangsteril encuentra su correspondencia psicológica y racista en la difícil relación entre un médico japonés y un herido de ascendencia coreana. Una década más tarde, El cementerio del honor , de Kinji Fukasaku (célebre por haber dirigido la parte japonesa de Tora! Tora! Tora! y la película de culto Battle Royale ) incorpora elementos de falso documental a la representación del conflicto entre la sumisión a las leyes mafiosas y los deseos personales de un sicario amoral, anticipándose en al menos diez años a la temática que atravesará el mejor cine de Takeshi Kitano. Y ya en los años 90, Shabu , de Tatsuoki Hosono, desarrolla la ola de violencia expansiva que produce el tráfico de drogas, sin códigos éticos ni normas de ninguna clase, con un descaro estético apenas comparable a la crudeza presente en Oldboy, del surcoreano Chan-wook Park. La evolución de este género queda en evidencia en esta serie de películas, y sus distintas alternativas y apuestas definen la variedad de rumbos que el cine de yakuzas tomó hasta afincarse en el trabajo de Kitano y Miike, dos de sus mayores representantes actuales.
Por otro lado, el ciclo completa el mapa cinematográfico menos conocido de Japón con algunas otras películas de importante influencia en la filmografía posterior, especialmente algunas obras clave de Tomu Ochida, quien permaneció ocho años como prisionero de guerra en Manchuria antes de regresar a las cámaras con los clásicos Una lanza ensangrentada en el Monte Fuji (curiosa road movie de denuncia social, ambientada en el Japón del siglo XVIII) y la extraordinaria Muerte en Yoshiwara (1960). Esta producción de la Toei Company, con guión de Yoda Yoshikata -colaborador habitual de Kenji Mizoguchi, el gran director de La calle de la vergüenza - ubica en una casa de geishas la tragedia de un hombre enamorado de quien no debe, aun cuando ella sea la única mujer que no lo desprecia. Con este film, Ochida reúne crítica social, pesimismo metafísico y condensación estilística en un gesto emparentado con el que Kinji Fukasaku ensaya en Lobos, cerdos y hombres (1964). Allí, la historia de una familia sirve como excusa para oponer una brutal dosis de realismo al discurso político oficialista, que por esos años enaltecía el "milagro económico" japonés. Cada uno a su manera, Ochida y Fukasaku exhiben en estas obras una opción de cine a la vez popular y crítico, que en su momento se recibió con idénticas dosis de respeto y recelo. Hoy, transformados en los secretos mejor guardados de la filmografía de su país, llegan a Buenos Aires para demostrar que no todas las joyas japonesas se llaman Ozu, Kurosawa, Oshima o Mizoguchi.
© LA NACION
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