El delicado arte de la ineptitud
La atmósfera opresiva y nocturna de la novela Jakob von Gunten , publicada hace cien años, ilumina la escritura y las preocupaciones existenciales de su autor, el novelista suizo Robert Walser
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"Se aprende muy poco aquí. Hay escasez de maestros y ninguno de nosotros, en el Instituto Benjamenta, será nada en el futuro, o más bien, seremos todos poca cosa y seres subordinados." Así empieza Jakob von Gunten (Siruela) , novela del escritor suizo Robert Walser publicada a comienzos del siglo XX, que los hermanos Quay llevaron a un cine delirante bajo el título Institute Benjamenta .
El punto de partida es simple: una escuela secundaria que es también un internado, un grupo de adolescentes, un régimen disciplinario atroz, un director ( Herr Benjamenta) y su hermana por todo cuerpo docente. Y sin embargo, la promesa de un relato vinculado al pasaje traumático entre infancia y vida adulta queda frustrada enseguida. La imagen se distorsiona, se tergiversan las perspectivas, los planos, el punto de vista del narrador. Y al lector inadvertido no le queda más remedio que rendirse a la incómoda evidencia: estos chicos están arrasados por un afán insólito. Su pasión ansía el sometimiento; su sed, la sujeción más absoluta.
Dice el estudiante de Walser: "Admito que amo ser reprimido", "Sólo puedo respirar en las regiones inferiores", "Lágrimas de realeza y dependencia, ¡qué felicidad tan grande!". Y después se interna por los corredores del instituto, tan intrincados como los pasadizos de un castillo desencantado, y se entrega al sueño de transformarse en un misterio -"un cero esférico"- y ser él mismo un paisaje abstracto.
A Poe le habría encantado esta novela. Los aires de gloria y pequeñez que rodean a William Wilson hallan un eco aquí, también el sonambulismo empecinado de las obsesiones, la esgrima meditativa y febril de los personajes, la escenografía simultánea de morgue y morada pseudocelestial, y sobre todo, el leitmotiv de la orfandad, real y metafísica, del lugar. Con todo eso, Walser prepara una valija y se va. Se va de paseo por una conciencia atribulada por deseos tan urgentes como inasibles y así emprende, como quien mide una tierra baldía o traza el cordón de una espera, un monólogo consigo mismo en torno a nada.
"La mirada del vacío -escribió alguna vez- es lo que llamamos la pregunta." No se necesita mucho más para enfrentar ese ejercicio sin modelo que es la escritura. Tampoco para escarbar el sentido último de la existencia entre los escombros de algo. La caminata -literal o no- le sirve de coartada: lo que parece un detalle o una mera observación ambulatoria es, en verdad, un pequeño fuego deslumbrante. Es también un producto de la perseverancia.
¿Qué hay, en concreto, en el Instituto Benjamenta? Sombras, no muchas, apenas algunos perfiles toscos como para servir de andamios a una trama más bien débil. Está, ante todo, la figura paterna, omnipotente y un poco patética, del director, Herr Benjamenta. Está su hermana, Fräulein Benjamenta, una madona de cabellos de cuervo y ojos entornados que tendrá a su cargo iniciar sexualmente al narrador, enseñándole -según la fórmula walseriana- que voluptuosidad e insatisfacción son una misma cosa. Está, por fin, Krauss, el compañero de escuela, ese ser ilegítimo, monótono, monosilábico y sin ambigüedad que aparece como modelo por imitar, como alguien que ha alcanzado, al fin y sin fisuras, el anhelado estatus de sirviente, es decir, de genuino trabajo de Dios.
Poco más. Apenas algunos episodios para insistir en las "bondades" de esta pedagogía, algunos métodos para mostrar cómo a los alumnos se los entrena y malea como a robots o enanos dependientes, se les pule el alma y el cuerpo en el acatamiento, se les inocula el virus de la sumisión por medio de consignas precisas: "La libertad es fría y hermosa, no puede tolerarse por mucho tiempo; nunca te enamores de ella; sólo te serviría para entristecerte después", "A mayor restricción, mayor felicidad", "No hay dioses, sólo uno, y es demasiado sublime para ayudar".
Con estos elementos, Walser compone su novela como retrato de artista en traje de saltimbanqui. También compone su poética, su particular manera de pararse ante el lenguaje y el mundo. Y de ese modo, deja una marca en la literatura, una marca mínima y única y profunda, que contiene un enigma: los vericuetos de su propia ambivalencia existencial, escindida entre una conciencia alerta y el deseo, igualmente alerta, de abolirla.
Tengo que insistir: no se trata aquí -o no tan sólo- de esperar, de la mansedumbre y la derrota, el premio de lo que no se puede detectar; ni siquiera de incitar a un compromiso vitalicio con la capitulación (al estilo extremista de Simone Weil) sino más bien de indagar qué placeres turbios anidan en la experiencia misma de la sumisión. Un entusiasmo frío corroe este internado: cierta atmósfera de convalecencia, de noche y de locura, por debajo de la cual circulan unas corrientes malignas, una ironía que cancela de antemano toda posible salida espiritual. Por eso, quizá, la escritura de Walser se parece a una danza, bella y horrenda a la vez, que sólo logra hacer equilibrio si se balancea entre el mysterium y el arte delicado de la ineptitud.
Vanguardismo solitario, tironeo entre la vida y el arte sin que aparezcan, por ningún lado, sustitutos del hogar, personajes que persisten en cantar himnos de alabanza a todo aquello que los disminuye: he aquí el teatro ambulante de Robert Walser, con sus marionetas sombrías y sus anti-cuentos de hadas, sus contratonos y sus recursos un poco estrafalarios.
Se dirá que tales preferencias por el infortunio, lo negativo y la picaresca negra no le son privativas. Es cierto pero, en cambio, le es absolutamente propio el sutil deslizamiento que se produce en su obra entre humanidad, humildad y humillación. Sólo Kafka, después, será capaz de espantos similares.
Pensemos, por un instante, en "La colonia penitenciaria". Toda su tensión está prefigurada en el Instituto Benjamenta: la atmósfera irrespirable, el cinismo inflamatorio, la Ley con sus parajes blindados, la divinidad como presencia impenetrable, el desplazamiento constante de un sueño incomprensible a otro sueño incomprensible. Y, sobre todo, el deleite del estudiante Jakob al ceder a su pulsión servil, tan parecido al gozo del oficial kafkiano, cuando ve impresa en su cuerpo la consigna "Honra a tus superiores". Otras similitudes abundan. Bastaría revestir la figura del director de la escuela ( Herr Benjamenta) de un uniforme militar o bien, lo que es igual, desenmascarar la maquinaria educativa como aparato represor: la omnipotencia, la arbitrariedad, la crueldad del poder son comunes a las dos instituciones. También el esfuerzo de los personajes por liberarse, al fin, de la condena del libre albedrío y la autodeterminación.
Robert Walser (1878-1956) quería ser actor. Vivió un tiempo en Berlín, donde su obra pasó inadvertida, a pesar de que Max Brod lo admiraba y se sabe que Kafka lo leyó. De regreso a Suiza, fue razonablemente infeliz, trató de suicidarse y fue internado en un manicomio -ese "monasterio de la modernidad", según Canetti- donde pasó más de dos décadas entre alucinaciones y escasísimas visitas que le reclamaban que escribiera y a las que respondía: "No estoy aquí para escribir sino para estar loco". A su muerte, se descubrieron doce volúmenes de textos redactados a lápiz, con una caligrafía puntillista, que contienen poemas, minirrelatos, escenas dialogadas, presuntos segmentos de un journal intime y evocaciones de una errancia geográfica, afectiva, material y profesional. A esa letra minúscula de maniático e iluminado que lo caracterizaba, siempre alerta a lo más incidental, lo más interesante, se le deben algunas de las páginas literarias más escalofriantemente lúcidas del siglo XX.
Robert Walser publicó Jakob von Gunten en 1909. Kafka, "La colonia penitenciaria" en 1919. Ambos textos son de una belleza infernal.
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