
El despertar de los héroes
En La historia argentina que no nos contaron (Editorial Sudamericana), de la que se ofrecen fragmentos, el autor brinda una miscelánea de la lucha por la independencia en el Alto Perú.
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San Martín , de José Gil de Castro
La Logia Lautaro
Ante la inminencia de la Asamblea del Año XIII había dos bandos: aquellos que opinaban que en la misma debía declararse la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata y aquellos que eran partidarios de postergar tal decisión para no irritar a Inglaterra, que privilegiaba su alianza con España.
En la logia Lautaro también existían estas dos facciones. A ella pertenecía la gran mayoría de los asambleístas elegidos, por lo que la posición que se resolviera en su interior sería la que primaría en dicha convocatoria.
Ya senil, el general Zapiola transgrede el secreto masónico y confiesa a Mitre que entonces hubo una profunda divergencia entre San Martín y Alvear, imponiéndose este último y obligando al primero a dejar de ser Venerable y a alejarse de la participación activa en la logia, abandonando los roces políticos y dedicándose exclusiva e intensamente a las tareas militares. Alvear lideraba, con el apoyo de los viejos masones, la posición antiindependentista, con la que se habrían solidarizado Posadas, Vieytes, Monteagudo, Azcuénaga, Rodríguez Peña, Valentín Gómez, Larrea, Agrelo y otros. A su vez los que se inclinaron por la declaración de la Independencia, de acuerdo con San Martín, fueron Zapiola, Manuel Moreno, Donado y pocos más.
Cabe señalar que la derrota de San Martín en el seno de la logia no determinó su renuncia a la misma por cuanto el juramento masónico es irrenunciable sino que, como se dice en las entidades secretas, se "durmió".
Según no pocos y significativos historiadores, fue "despertado" cruelmente cuando se le exigió obediencia masónica para retirarse de los campos de batalla americanos y ceder todo el espacio y la gloria sucesiva a Simón Bolívar.
Los dientes del prócer
"Es lo mejor que tenemos en la Patria", escribió al gobierno de Buenos Aires un San Martín indignado, luego de recibir órdenes para que el ex jefe del Ejército del Norte se reportase para ser juzgado por la derrota en Ayohúma. Porque don José siempre tuvo una gran estima por Belgrano. Por quien, hallándose en su campamento de Santa Rosa, recibió un chasque que le anunciaba que la Junta de Mayo lo había elevado al rango de Brigadier, grado recientemente creado. "Esto me puso en la mayor consternación, así porque nunca pensé en trabajar por interés en distinciones, como porque preví la multitud de enemigos que debía acarrearme, así que contesté a mis amigos que sentía más el título de Brigadier, que si me hubieran dado una puñalada", fue la reacción de don Manuel.
Es que la Junta había otorgado las tres primeras jerarquías a integrantes de la misma. Belgrano detestaba la inmoralidad.
También tenía sentido del humor: cierta vez el general realista Pío Tristán, arrogante, cuando aún no había sido vapuleado en la batalla de Tucumán, le envió una misiva que cerraba debajo de su firma con grandes letras: "Campamento del Ejército Grande, Septiembre 15 de 1812". El jefe del ejército patriota le respondió, mordaz, poniendo debajo de su firma: "Cuartel General del Ejército Chico, Septiembre 17 de 1812".
Tanto mérito y tanta virtud no bastaron para ganarle el reconocimiento de sus contemporáneos. Todo lo contrario. Desde Tucumán, enfermo ya de muerte, donde sólo recibió "escarnio e ingratitud", como él mismo lo puso en una carta a su amigo Redead, emprendió una fatigosa marcha hacia Buenos Aires en busca de algún apoyo que le permitiera sobrellevar la miseria en que transcurrieron sus últimos años. A pesar de la gruesa suma que el Estado le adeudaba por sus sueldos impagos. Al pasar por Santiago del Estero, el entonces coronel Dorrego, que no le perdonaba que San Martín lo hubiese sancionado por su culpa, hizo pasear por el centro de la ciudad y ante los ojos de don Manuel a un opa pueblerino disfrazado de Brigadier y gritando frases hirientes.
No fue ésa la única injuria sufrida por aquel hombre que apenas podía caminar por la hidropesía aguda y la debilidad progresiva. En Córdoba, cuyo gobernador, su ex subalterno Bustos, le denegó ayuda económica, igual que sus colegas de las otras provincias que atravesó en su calvario, don Manuel y su fiel ayudante Helguera se detuvieron en una posta. Convocaron entonces al encargado para solicitarle algo.
-Dígale usted al general Belgrano que si quiere hablar conmigo venga a mi cuarto que hay igual distancia- fue la réplica insolente. [...]
Quien había donado los veinte mil pesos que le correspondieron por su comandancia del Ejército del Norte, para la construcción de cuatro escuelas en zonas pobres de nuestro norte, debió conformarse con los avaros trescientos pesos que el gobernador de Buenos Aires, Idelfonso Ramos Mejía, le hiciera llegar a través de uno de sus edecanes. Don Manuel le agradeció con asombrosa magnanimidad [...].
Luego vendría la muerte, en soledad y olvido, tanto que un solo periódico en Buenos Aires ( El Despertador Filantrópico ) se hizo eco de la misma, y mezquinamente.
Pero no terminaron allí las afrentas. Ochenta y tres años después podía leerse en el matutino La Prensa a raíz de la exhumación de sus restos para ser trasladados al mausoleo donde hoy yacen, en la iglesia de Santo Domingo: "Llama la atención que el escribano del Gobierno de la Nación no haya precisado en este documento los huesos que fueron encontrados en el sepulcro; pero no es ésta la mayor irregularidad que he podido observar en este acto. Entre los restos del glorioso Belgrano que no habían sido transformados en polvo por la acción del tiempo, se encontraron varios dientes en buen estado de conservación y ¡admírese el público! ¡esos despojos sagrados se los repartieron buena, criollamente, el ministro del Interior y el ministro de Guerra! [...] Que devuelvan esos dientes al patriota que menos comió en su gloriosa vida con los dineros de la Nación y que el escribano labre un acta con el detalle que todos deseamos y que debe tener todo documento histórico..."
Por Pacho O`Donnell




