El Dios del siglo XXI
Desde hace pocos años algunos de los más importantes científicos posdarwinianos están desplegando teorías sólidas sobre la imposibilidad de que exista una fuerza creadora sobrenatural. El debate ha cruzado todos los círculos académicos de Europa y de los Estados Unidos y ha llegado a la portada de los grandes diarios. Imposible cerrar los ojos
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Casi todos los seres humanos han nacido y crecido dentro de una comunidad regida por la idea de un Ser Supremo, todopoderoso e infinitamente justo. Quien escribe estas líneas no es una excepción. Los agnósticos y los ateos que conocí en la adolescencia me parecían rarezas que se situaban al margen del mundo. A mitad del camino de la vida, las luces de la razón introdujeron en mí una suma de preguntas para las que no tenía respuesta: ¿debía aceptar a Dios -el Dios de los católicos en mi caso- solo por un acto de fe, sin entender su misterio? O, yendo más allá: ¿Dios existe? Y también: ¿cómo se sabe que Dios existe?
El tema es tan íntimo, tan intrincado, que solo puedo hablar de él en primera persona. No soy versado en teología, no puedo tomar distancia.
Desde hace pocos años, algunos de los mejores científicos posdarwinianos están desplegando teorías sólidas sobre la imposibilidad de la existencia de Dios. El debate ha cruzado todos los círculos académicos de Europa y Estados Unidos y ha llegado ya a la portada de los grandes diarios. Imposible cerrar los ojos. La mayoría de esos teóricos fundamenta sus ideas no solo en los males creados por la intolerancia religiosa (crueldades sin nombre, falaces promesas de eternidad como premio a la matanza de infieles) sino, sobre todo, en los últimos hallazgos de la biología y de la física y en las revelaciones sorprendentes que deparan las mudanzas de la naturaleza cuando se las estudia a la luz de la evolución de las especies.
Dos grandes libros que niegan a Dios han alcanzado rápida repercusión durante los últimos veinte meses. Ambos continúan la línea de investigación de Stephen Jay Gould, un biólogo de Harvard que murió en mayo de 2002 a los 61 años, luego de recopilar sus ideas en un tratado monumental, todavía no traducido, Estructura de la teoría de la evolución. El más notable de esos nuevos aportes es El espejismo de Dios ("The God Delusion"), escrito por un eminente catedrático de Oxford, Richard Dawkins, quien hace ya treinta años demostró en El gen egoísta que la vida es creación de genes capaces de cualquier hazaña para sobrevivir y prevalecer. Otra obra memorable es Dios no es grande ("God is not Great. How Religion Poison Everything"), de Christopher Hitchens, un intelectual famoso por la pasión con que abraza las causas que cree justas y las defiende sin medir las consecuencias. Si bien Hitchens comparte el ateísmo de Dawkins, su ensayo es más político que científico. Trata de entender hacia qué extremos de idiotez y crueldad puede conducir la fe ciega en un Dios al que se invocó para alzar las hogueras de la Inquisición, asesinar a millones de seres humanos en Ruanda y cambiar el rumbo de la historia al destruir las Torres Gemelas.
En la otra orilla del ancho río de Dios hay un mundo de obras que procuran descifrar y deconstruir un concepto que la razón no abarca y que los creyentes entienden solo mediante la fe.
Ni aun en los tiempos en que defendía mi religión como la única verdad he cerrado los oídos a los argumentos de quienes no creen en Dios. Siempre me dije que no había razones para hacerlo. A un creyente férreo no lo convencen los argumentos que cuestionan su fe. Cuando la fe es débil, en cambio, cualquier duda puede derrotarla.
La Iglesia de los no creyentes
Hace apenas décadas, a la vuelta de la esquina de la historia, no habría sido posible escribir nada de esto. Dudar de la existencia de Dios se castigaba con la mutilación, con la hoguera, con la esclavitud, con el destierro. Dios era el Poder supremo, tanto en el orden espiritual como en el temporal, y los guardianes de Dios se erguían como los cruzados de una verdad fuera de la cual nada era posible. Aun hoy, existen regiones en las que impera la intolerancia religiosa y donde los no creyentes son no seres, criaturas sin voz y sin derechos, a los que se puede maltratar como a los animales. Y sin embargo, ignorar lo mucho que se está pensando ahora sobre Dios y negar los argumentos que la biología y la física enarbolan para demostrar que Dios no existe equivaldría a cerrar los ojos ante el nudo del que nacen los fanatismos, las crueldades, las torturas y los terrores de este comienzo de milenio.
En los manuales de teología, Dios aparece henchido de atributos abstractos: Alfa y Omega, el Verbo, la Esencia, la paradoja, el laberinto, el misterio, el círculo. En lenguaje cotidiano se nombra a Dios con abrumadora frecuencia, sin pensar en por qué se dice lo que se dice: "Si Dios quiere", "¡Por Dios!", "Dios no lo permita", "Gracias a Dios". Se supone que él (o ...l) está siempre al alcance de los reclamos humanos. De Dios provienen la compasión, el consuelo, la salud, el amor y, cuando nada de eso llega, cuando la vida es un infierno de sufrimientos, la responsabilidad nunca se atribuye a Dios sino a la fatalidad. Dios es todopoderoso, pero los males que suceden son obra del demonio o están allí para poner a prueba la fe de los hombres y hacerlos dignos de la vida eterna.
¿Existe, entonces? ¿Es una metáfora de las pasiones y los deseos? ¿La especie humana es un sueño de Dios o Dios es el sueño más antiguo de la especie? Solo los hombres imaginan a Dios. No hay dioses en los horizontes de la zoología ni de la botánica. Los gatos, los halcones y las montañas sagradas fueron imágenes de Dios para algunas culturas, pero carecen de Dios. Así, Dios es todo, pero no es para todos.
Jorge Luis Borges, que se definía como agnóstico, dijo que la teología era una rama de la literatura fantástica. Einstein hizo célebre el sarcasmo de que ser experto en Dios equivalía a ser experto en hadas. En el otro extremo, hay una lista impresionante de doctores en teología a los que vale la pena leer por la elegancia de la expresión y por la inteligencia de los argumentos. En el siglo XX son ineludibles los grandes filósofos judíos como Martin Buber, Gershom Scholem y Leon Roth, quien sostuvo que el judaísmo crea a los judíos, y no a la inversa. Hay pensadores islámicos de altísimo nivel como el sufí Muhammad Abdul Ansari y teólogos valiosos en cada una de las ramas que despliega ahora el árbol frondoso del islam. Solo entre los cristianos del siglo XX se podría nombrar a Raimon Panikkar, ...tienne Gilson, Garrigou-Lagrange y al último pontífice, Joseph Ratzinger. Quienes mejor iluminan la idea de Dios, sin embargo, son los poetas místicos. San Juan de la Cruz, por ejemplo, ya anticipa en su poesía algunas de las concepciones modernas sobre la Trinidad: "¡Oh noche que juntaste/ Amado con Amada,/ Amada en el Amado transformada!". Tanto para los místicos como para los teólogos, discutir a Dios está fuera de cuestión. Sin Dios -afirman ellos- hay solo vacío y soledad.
Algunas respuestas cristianas y judías
Un extraordinario manual de teología católica, escrito por un argentino, Ricardo Ferrara, me pareció al principio la herramienta más apropiada para responder a las ideas de Dawkins y de Hitchens. Tardé varios días en leer con atención sus 700 páginas, algunas de las cuales me convencieron de que no hay mejor tema que Dios para la poesía, y acaso para cualquiera de las artes. Ciertos párrafos del imponente libro del padre Ferrara -cuyo título es El misterio de Dios - eran inalcanzables para mi precaria inteligencia. Por ejemplo: "Si es Mente la que concibe al Principio, es tan impotente como Abismo para emitirlo, y no se vuelve fecunda sino por la potencia del masculino Querer adventicio". (página 383 de la edición de Sígueme, Salamanca, 2005).
Mis lecturas de Dawkins y de Hitchens no habían tenido tropiezos. Enfrentar sus polémicas y cristalinas afirmaciones con las nada fáciles reflexiones del padre Ferrara podía prestarse a la confusión. Encontré una buena réplica a Dawkins en una reseña de Terry Eagleton sobre The God Delusion , publicada en London Review of Books , el excelente semanario inglés. Pero, contra lo que podía esperarse del académico Eagleton, era demasiado apasionada. Descalificaba de entrada a Dawkins llamándolo "teológicamente analfabeto", suponía que sus reflexiones eran solo las de "un ateo enojado" y lo acusaba -no sin razón- de que, por atribuir todos los males a las religiones, no advertía el vínculo entre los fundamentalismos y el capitalismo global que "genera odios, ansiedad, inseguridad y sentimientos de humillación".
Busqué entonces a pensadores que mantenían contactos cotidianos con las experiencias religiosas de la gente. Así di con los nombres de Carmelo Juan Giaquinta, ex arzobispo de Resistencia, y del rabino Daniel Goldman. Tuve un diálogo más impersonal con Omar Abboud, representante del Centro Islámico de Argentina, que se situó en un registro más político y al que, por eso mismo, incluyo en un aparte. A monseñor Giaquinta lo visité en el seminario mayor de Villa Devoto, donde es uno de los directores espirituales de los estudiantes. Se ha recluido allí desde que se retiró, hace un par de años. El rabino Goldman tuvo la generosidad de visitarme un mediodía en mi departamento de Buenos Aires. Las coincidencias entre sus respuestas y las de Giaquinta fueron tantas que no creo haberlos traicionado entretejiéndolas en un mismo texto. Goldman es joven y elocuente. Giaquinta tiene 77 años, pero la firmeza de su voz y la energía que exhala los desmienten.
Aunque hablé con ellos en días distintos, me pareció una extraña coincidencia que la misma frase de Dostoyevski me zumbara en la memoria cuando fui a encontrarlos. Se trata de una línea luminosa que está en la segunda mitad de Los hermanos Karamazov : "Si Dios no existe, todo está permitido". Si no existe, ¿eso haría del hombre, entonces, la única fuente de los valores?
Ya en 1850, el antropólogo inglés Charles Darwin probó que las especies -entre ellas, la humana- son consecuencia de una cadena de transformaciones naturales. Su libro El origen de las especies planteó un desafío tan radical a las creencias religiosas como el de Copérnico tres siglos antes, cuando demostró que la Tierra giraba alrededor del Sol. A pesar de que esa hipótesis no ha sido refutada por la ciencia, en 1996 el bioquímico Michael Behe, defensor de la teoría del diseño inteligente -versión contemporánea del creacionismo bíblico-, objetó las conclusiones de Darwin con su idea de la "complejidad irreductible", que habla de órganos cuya perfección no se podría explicar sino por la obra de un creador superior, capaz de imprimir su propia perfección en todo lo que hace. La idea del diseño inteligente fue rápidamente adoptada por el gobierno de George W. Bush, quien trató de imponer en algunos estados de la Unión la enseñanza de esa teoría, suprimiendo a Darwin. La mayoría de los científicos se preguntó entonces quién creó al diseñador. ¿Cómo empezó todo? Para ellos, todo empezó con un acontecimiento extremadamente improbable en un planeta acogedor, donde se daban condiciones que no pueden encontrarse en billones de planetas semejantes. Si la Tierra girara alrededor del Sol cien kilómetros más lejos o cien más cerca, nada habría sucedido. Su inexistencia pasaría inadvertida, porque lo que no existe es invisible. Los primeros signos de vida simple fueron evolucionando de manera similar, pero independiente en millones y millones de especies, a lo largo de larguísimas eras geológicas. La evolución es eficaz y a la vez cruel: 98 por ciento de las especies que existieron en el planeta ya se han extinguido. Otras tantas nacen en el silencio de una eternidad que no vemos.
El Pikaia y el azar
El seminario mayor de Villa Devoto es una mole gris envuelta en una nube de árboles, junto a la orilla noroeste de la ciudad de Buenos Aires. Las oficinas de monseñor Giaquinta están en el segundo piso. Son austeras: un escritorio, un sillón, algunos retratos, un centenar de libros. Hay una taza de té esperándome. He leído su biografía. Fue obispo de Posadas y, antes, auxiliar en Viedma. Sus cartas pastorales han hecho historia. Es alto y erguido. Mientras le cuento mi viaje a Jerusalén durante la primera peregrinación de Pablo VI y le detallo las impresiones de mi larga conversación con Martin Buber, Giaquinta me muestra la majestuosa biblioteca del seminario: dos pisos de anaqueles distribuidos en dos salones inmensos. Es menos lujosa pero no menos rica que la mitológica biblioteca de J. P. Morgan, en la avenida Madison de Nueva York.
Cuando nos sentamos, le repito el mismo argumento de Dawkins que le di un día antes a Daniel Goldman. Aunque es extenso, resulta necesario repetirlo aquí.
Todo individuo sabe que es único y que existe gracias a una suma infinita de azares. Sin tal padre y sin tal madre, concebidos a otra hora u otro día, seríamos parecidos pero seríamos otros. De la misma manera, los biólogos modernos sostienen que el universo también es hijo de un azar infinito, y que la vida tal como la conocemos no es imaginable en este mundo ni en otros, porque las condiciones que permiten la creación de algo se dan solo una vez. Gould ha explicado el probable origen de este mundo de una manera transparente. Desde 1979 empezó a observar con atención una criatura de cinco centímetros encontrada décadas antes en una fosa del monte Pika, al sur del territorio de Yukon, en Canadá. El fósil se mantenía intacto desde el período cámbrico, hace 520 millones de años, y había sido clasificado como un gusano. El Pikaia gracilens -así se lo llamó- es la primera criatura conocida que tiene algo semejante a una columna vertebral -una especie de frágil encordado- y que se desplazaba como una anguila con la ayuda de una aleta. Su estructura era primitiva y, sin embargo, Gould la vislumbró como la Eva-Adán de la humanidad futura. Así lo escribió: "La supervivencia de Pikaia fue un azar, una contingencia. Pero sin su evolución misteriosa, todos quedaríamos borrados de la historia, todos nosotros, desde el tiburón al orangután. No puedo imaginar una respuesta superior a esa para explicar la vida, ninguna resolución tan maravillosa. Somos, pues, descendientes de la historia".
-El Talmud -me había dicho Goldman- afirma que Dios crea a cada ser humano único e irrepetible, a diferencia del acuñador de monedas, que con un solo molde fabrica infinidad de objetos iguales. El trabajo de Dios es ir dando vida a muchos mundos y destruyéndolos permanentemente.
Y, en efecto, quizás haya varios mundos funcionando en los mismos espacios.
Monseñor Giaquinta me ha advertido que él nunca refuta. "No es necesario", dice. "No hay mejor respuesta para las dudas que el amor." ¿Y entonces?
-Ciertamente hay seres inteligentes en otras galaxias. Pero a este ser que es el hombre, Dios no lo creó dos veces. Lo creó tan solo aquí, entre nosotros. Solo el hombre cree en Dios. Dios es el gran invento humano. No es que lo invente. Lo descubre. A mi edad, fíjese usted, estoy deslumbrándome por la belleza del Antiguo Testamento. Su lenguaje es con frecuencia sublime y a menudo es brutal. Muchos de esos grandes libros fueron escritos por nómades, que enunciaban los mitos y las creencias profundas de su lugar y de su época. Así hay que leerlo. Tome, por ejemplo, los sufrimientos de Job, sobre quien el Señor deja caer un torrente de males. Pero no por eso Job deja de confiar. No solo cree en Dios, le cree a Dios en la peor de las circunstancias, como Cristo le cree al Padre en la cruz.
Un día antes, Daniel Goldman situó el judaísmo no como una religión sino como una cultura.
-Puede definírselo como una búsqueda -dijo-: no de certezas. Una búsqueda. No por creer en Dios se pertenece, no por dejar de creer se deja de pertenecer. La tradición rabínica insiste en que creer o no creer es irrelevante. Lo que importa son las creencias que cobijan, aquellas con las cuales uno se siente seguro, cómodo. La idea del mesías, por ejemplo. Esa idea representa una búsqueda, una aspiración del ser humano, un ideal al que se trata de acceder.
-¿Y con qué idea de Dios se siente cómodo?
-Maimónides resolvió el problema de modo muy inteligente. A Dios se lo define por vías negativas: Dios no es esto o aquello. No es sujeto sino predicado. Hay Dios cuando se ama, cuando hay justicia, cuando hay solidaridad. Si Dios fuera amor, entonces sería sujeto, lo que abriría las puertas para la visión antropomórfica que se tiene de él.
Sin conocer la respuesta del rabino, al día siguiente monseñor Giaquinta coincidirá en la idea del amor. Está cayendo la tarde y la niebla de Buenos Aires se mueve, pesada, por las galerías del seminario. El té se ha helado en las tazas.
-Dios nos ama, pero ese amor se manifiesta como una luz cuando se ama -dice con una voz sin flaquezas, encendida por la convicción-. Dios existe, pero no me hacen falta las evidencias racionales. La fe es un regalo que me ilumina, me hace feliz. Es tan bello que no puede ser mentira. ¿Para qué demostrar al otro lo que siento? A Cristo no le preocupan los ateos ni los agnósticos. Le preocupan los que se dicen creyentes y no creen. Los que profesan un credo y viven de espaldas a ese credo. Todo está sometido a él, tanto la autoridad como mi libertad.
Sobre santos y ángeles
He llevado conmigo los libros de Dawkins y de Hitchens. Me atrevo a leerle las acusaciones del primero sobre el supuesto politeísmo de la doctrina católica, con un Dios que es uno y trino, la Virgen María, los arcángeles y los más de cinco mil santos, la mayoría de ellos creados por Juan Pablo II. Monseñor Giaquinta no se arredra.
-Pongamos aparte a la Santísima Trinidad y a la Madre de Dios, que son dogmas de la fe -responde-. En cuanto a los santos, recordemos que ese era el nombre que se daba a los primeros cristianos: los creyentes, los hermanos, los santos. El apóstol Pablo llama santos a los corintios, que eran unos hijos de buena madre, ¿no? En los comienzos de la Iglesia no había procesos. Los santos eran consagrados por la veneración popular. Después, se establecen normas cada vez más exigentes. Yo no esperaba esta floración reciente de santos, pero no me parece mal. Al contrario. Quizás a la gente le hace bien ver en los altares a un hermano de carne y hueso. Eso es lo que quiso Juan Pablo II, canonizar a gente con la que todos pudiéramos identificarnos: hombres de camisa y pantalón, mujeres de pollera. La santidad anda ahora por la calle. No veo qué mal puede hacer en esta época de la televisión proponerles a los cristianos modelos como Teresa de Calcuta, que recorría los hogares de pobres y desamparados consolando a los enfermos en nombre del Señor.
-¿Y los ángeles, monseñor? Hay al menos nueve jerarquías de ángeles: serafines, querubines, tronos, dominios, virtudes, poderes, principalidades, arcángeles, y los simples y viejos ángeles cotidianos, como el ángel de la guarda.
Giaquinta parece a punto de perder la paciencia. Va a su biblioteca, toma el Catecismo de la Iglesia Católica -un volumen amarillo de casi 900 páginas- y repasa los cuatro o cinco parágrafos que se dedican al tema.
-¿Ve? -me dice-. Los ángeles son solo el soplo de un minuto en los largos siglos de la teología. Tienen que ver con las especulaciones judías de los primeros tiempos. No hay que olvidar que aquella Iglesia naciente era judía. Y sobre el ángel de la guarda, ¿qué decirle? Es una creencia popular, pero no forma parte de la fe. ¿Quién soy yo para negarlo, sin embargo, cuando sé que a muchos ese ángel les sirve de consuelo.
-La poesía, sin embargo, tiene deudas con los ángeles. Hay un bello libro de Rafael Alberti, una espléndida elegía de Rilke.
-¿Ve? Son poesía. Pero también son pretexto para los negocios de algunos inescrupulosos.
A monseñor Giaquinta no le interesa la polémica sobre la existencia de Dios. Le importa la luz que Dios deja caer sobre los hombres, le basta con el amor que recibe, con el don de su fe. Me dice que, cuando era estudiante, le apasionaba leer y releer en la Summa Teologica las cinco vías de conocimiento de las que habla santo Tomás de Aquino. Pero en la vida pastoral tuvo que recurrir a saberes más concretos.
Para no llevar el diálogo por otros caminos distintos a los que había elegido esa tarde, no le leí los silogismos de Victor Stenger que había repasado, un día antes, con el rabino Goldman.
Stenger, un físico y astrónomo que enseña en las universidades de Hawaii y Colorado, publicó a mediados de 2007 un libro que ha lanzado torrentes de leña al ya crecido fuego de la polémica. El título es God: The Failed Hypothesis. How Science Shows That God Does Not Exist ("Dios: la hipótesis fallida. Cómo la ciencia muestra que Dios no existe"). Apoyándose sobre conclusiones de la ciencia y la filosofía, Stenger elabora dos juegos de paradojas que intentan negar la omnipotencia y la omnipresencia de Dios. Los dos son largos y le hablé al rabino Goldman solo del segundo. Es este: 1) si Dios existe, entonces es trascendente; es decir, ajeno al espacio y al tiempo. 2) Si Dios existe, es omnipresente. 3) Para ser trascendente, un ser no puede existir en lugar alguno del espacio. 4) Para ser omnipresente, un ser debe existir en todos los lugares del espacio. 5) Por lo tanto, es imposible que un ser trascendente sea omnipresente. 6) Es imposible, entonces, que Dios exista.
Apenas terminé la lectura, advertí que los argumentos de Stenger no habían impresionado a Goldman. Era poco después de mediodía y el sol del invierno caía como una sombra.
-Veamos -dijo-. La religión pretende eternidad, pero hay un cambio constante en el universo, y lo que cambia no es eterno. No hay fijeza. No se puede pretender que todo permanezca en su ser.
-¿Le parece que Dios es todopoderoso y a la vez infinitamente justo?
-Hay desde hace mucho una discusión rabínica importante sobre los atributos divinos. Se coincide en que los atributos necesarios para que Dios pueda ser Dios son básicamente tres: todo lo sabe, todo lo puede y es todo bondad. En resumen: Dios es bueno, todopoderoso y justo. Pero hay atributos de Dios que se contradicen. Si Dios es bueno y todopoderoso, no es justo; si es todopoderoso, no es bueno -ya que entonces, ¿cómo explicar la muerte, por qué el mal?-. Y si es bueno y justo, no es todopoderoso. ¿Cuál es entonces el atributo que dejamos fuera? Preferimos decir que Dios es justo y bueno y que, a lo sumo, es poderoso. Al haberle otorgado al hombre el libre albedrío, reduce su poder. Nos permite elegir. Esa libertad define al judaísmo.
-Usted, que es libre, ¿cree a ciegas? ¿Le basta con la fe?
-Hay días en que creo más y días en que creo menos -contestó con una franqueza que agradecí-. Hay días en que me siento incrédulo, desolado. Lo he dicho en mi comunidad: soy un agnóstico reverente. Me siento bien con la idea de que Dios es predicado, que Dios no es un Quién o un Qué sino un Cuándo, algo que no puede ser definido con palabras sino con experiencias. Decir que Dios existe es darle una entidad en la categoría del ser. No me siento cómodo con las personas que nunca se permiten la duda. Ya se lo he dicho, ¿no? Mi cultura no está construida con certezas sino con búsquedas.
Este relato no termina aquí, porque no hay lenguaje para terminarlo. Las razones de Dawkins, de Hitchens y de Stenger, el azar que empezó -tal vez- con el pikaia gracilens del Ártico y evolucionó hasta dibujar la naturaleza del presente van a seguir en pie. Es probable que haya otros hallazgos, otras conjeturas, otras refutaciones a la fe. Estas páginas son finitas y en ellas solo puede leerse un pálido resumen de la polémica sobre Dios. Ni siquiera pueden incluirse muchas de las reflexiones de monseñor Giaquinta y del rabino Goldman. Sobre todo, no hay lugar para el énfasis y la pasión con que fueron enunciadas. El tema es inagotable, como lo es la necesidad de la especie humana de imaginar un ser supremo y de buscar consuelo en su poder y su eternidad. Así ha sido desde el principio de la historia, así será hasta el fin.
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