El discurso de Saccomanno “desde el bosque de la vergüenza”
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Por motivos personales, recuerdo aquella Feria del Libro cuando un grupo de intelectuales kirchneristas pretendió “cancelar” a Mario Vargas Llosa y desinvitarlo del discurso inaugural. Estaba grabando una entrevista con Horacio González y de pronto le sonó el teléfono. Se puso pálido. Paramos el programa y salió a atender; cuando volvió, era otro hombre. Sospeché que la que había hablado, del otro lado, era Cristina Kirchner, y que le había dicho que tenía que frenar la embestida contra Vargas Llosa para evitar un papelón internacional. Ella detesta a Vargas Llosa tanto como aquellos intelectuales de Carta Abierta, pero al menos exhibía un miligramo de tino cuando se acercaba al abismo. Es raro, pero el fanatismo y la soberbia disipa toda prudencia en los intelectuales kirchneristas.
Prueba de ello fue el discurso de Guillermo Saccomanno en la inauguración de este año, después del hiato de silencio impuesto por la pandemia. Que haya solicitado que le pagaran honorarios para hablar me resulta indiferente; lo que me parece de un mal gusto insuperable es que haya destinado un nutrido tramo de su discurso a detallar esa peripecia crematística: pedía honorarios para contar que pedía honorarios.
Se esperaba que Saccomanno hablara de literatura. Desilusión. Las ferias del libro son lugares para vender libros. Al que no le gustan las ferias puede ir a una biblioteca. ¿Se puede aceptar la invitación a una degustación de vinos para luego declarar odio al alcohol? De Adolfo Bioy Casares a Manuel Mujica Láinez (con su enorme Mont Blanc), de Jorge Luis Borges a Carlos Fuentes, la feria fue eso, todos lo sabemos. Es asimismo un ámbito de resonancia de la cultura y por eso se hacen actos en las salas, pero esencialmente es un ámbito comercial. Pero al disertante el comercio (a salvo queda el servicio profesional por hacer discursos, claro) parece no gustarle, habría que recordarle que desde que se inventó la división del trabajo el intercambio de bienes disminuyó la pobreza. Tiene su derecho a vivir en el bosque equipado tan solo de una birome y papel, pero que no nos obligue a todos a vivir en esa condición, elevando al buen salvaje de Rousseau (siglo XVIII, vale aclararlo) a la categoría de héroe único y al resto de los individuos urbanos, que escribimos en computadora, a la condición de idiotas.
Pero la prosopopeya saccomanniana adquirió ya ribetes dantescos cuando se deslizó en la política más ramplona y menudearon los lugares comunes, como la crítica al sitio donde se celebraba la feria, porque según él la Sociedad Rural está asociada a los golpes de Estado, como si el populismo que defiende no hubiera nacido con un golpe, el del 43, y prohijado varios más, como el de Onganía, con la CGT a la cabeza.
No vaciló tampoco en llamar “chupasangres” a los editores, como si no hubiera muchas editoriales, grandes y chicas, y estuviera obligado a contratar exclusivamente con un monopolio. Tal vez debería tener más humildad y preguntarse por qué Murakami o Harari ganan más que él.
Dijo que se limitaba a describir. Es el modo curioso que tienen algunos populistas de reclamar para sí la objetividad, le llaman “científico” a lo que no es más que una opinión permeada por la ideología. Peor: no pareció muy consistente, entonces, cuando, contrariando las conclusiones de la investigación judicial, habló del “asesinato de Santiago Maldonado”, o cuando llamó “fascista” a la Ministra de Educación porteña. Más bien parecen bravatas destinadas a una tribuna específica.
Exclamó incluso que la literatura que a él le gusta “no baja línea”. Una pena que no haya aplicado esa premisa para escribir su discurso. Dijo también que de chico robaba libros y que había trabajado en una agencia de publicidad, lástima que no haya seguido por aquellos senderos: le habrían caído como anillo al dedo.
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