
El enigma de Henry Green
En el centenario del nacimiento de este gran escritor inglés, la edición argentina de la novela Viajando en grupo (Sudamericana) rescata a un autor admirado por Auden y Updike, pero poco conocido en lengua española
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Con cierta incredulidad me topo en una librería porteña con Viajando en grupo, traducción de Party Going de Henry Green. Mi sorpresa es explicable: en un momento de suma prudencia editorial (cuyo efecto, tan involuntario como frecuente, puede ser la miopía: siguen apareciendo libros periodísticos o de autoayuda que pasan rápidamente a las mesas de saldos de la calle Corrientes), una casa tradicional se anima a publicar a uno de los escritores más extraordinarios y menos populares del siglo pasado.
"Niebla tan densa que el pájaro que se había alborotado chocó de plano contra una balaustrada y cayó, muerto, a sus pies. Allí quedó y Miss Fellowes levantó la vista hacia donde estaba aquel manto de niebla seis metros más arriba y desde el cual, dando un giro, había caído. Se inclinó, levantó un ala caído. Se inclinó, levantó un ala y llevando su pájaro muerto entró en un túnel frente a ella, el que tenía encima un cartel luminoso de SALIDAS."
Así empieza la obra maestra de Henry Green. En una estación central de Londres, es la hora del atardecer en que los oficinistas vuelven a casa; en medio de ellos, cruzándose con ellos, va reuniéndose un grupo de jóvenes ricos y ociosos que se dispone a pasar unas vacaciones en el continente y espera el tren que ha de cruzar en barco el canal de la Mancha. Pero la niebla espesa impide la navegación en el Canal y el grupo deberá esperar una incierta partida en el hotel anexo a la estación.
Party Going (Viajando en grupo) es una novela serenamente misteriosa, donde la acción es mínima: parece reducida a una espera y a las menudas, apenas perceptibles oscilaciones en las relaciones entre un grupo de personajes cuya conducta parece ya inexplicable, ya meramente caprichosa. Cuando apareció, David Garnett escribió en su reseña que era "como si Groucho Marx hubiese caído bajo la fascinación de Virginia Woolf"; años más tarde, Sebastian Faulks intentaría definir la extrañeza del libro diciendo que parecía una pieza de Noel Coward reescrita por Samuel Beckett.
Algo de eso se percibe en los márgenes de la anécdota: el magnánimo personaje que ha invitado a ese grupo al sur de Francia tiene a último momento pereza de acompañar a sus invitados y sólo cuando el mucamo le dice que su equipaje está preparado se decide sin entusiasmo a viajar... Aunque la observación social es precisa e incisiva (todo indica que estos personajes viven en ese interminable ocaso de la clase alta británica que la Segunda Guerra Mundial iba a sacudir acaso definitivamente), nada sería menos pertinente que leer la novela como una sátira de la vida frívola de unos privilegiados.
Green no es un satirista, como Evelyn Waugh. Parte de la eficacia de Waugh, así como los límites evidentes de su ficción, residen en que el autor exige del lector que comparta su sentido del ridículo; en el centro de su humor palpita una determinada evaluación de la conducta social, y son esos valores los que implícitamente determinan personajes y situaciones del relato. En ningún momento Waugh deja al lector perplejo ante la incógnita de por qué sus personajes actúan como lo hacen.
Green, en cambio, puede escribir en un momento crucial de Viajando en grupo que al enfrentarse Max y Amabel, amantes que se han estado evitando y engañando durante toda la novela, ella saca un pañuelo y amenaza con llorar; casi de inmediato vacila: "él detestaba las lágrimas, nunca le parecían auténticas"; poco más tarde, ella "hace que los ojos se le nublen". ¿Siente algo? O más precisamente: ¿sabe qué siente? "Green está dentro del zoológico humano, interesado en él, y de vez en cuando echa una mirada triste y sorprendida a las rejas que momentáneamente había olvidado" (V. S. Pritchett).
Viajando en grupo fue escrito a lo largo de los años 30 y se publicó, tras muchas vacilaciones por parte de los editores, en el fatídico, tal vez apropiado año 1939. Después de la guerra, Green iba a obtener lo más cercano que conoció a un éxito de público, no sólo de estima, con Loving, cuya acción ocurre en Irlanda, en una mansión rural cuyos señores, ingleses, al mismo tiempo gozan de la neutralidad irlandesa durante la Segunda Guerra Mundial y viven bajo la sombra de las represalias que supondría una victoria alemana. Pero la acción se centra en los cuartos de servicio: si los amos, entrevistos y oídos pero siempre lejanos, aparecen como figuras semejantes a las de Viajando en grupo, los sirvientes, cuya astucia e intrigas sexuales celebra la novela, pertenecen al mundo de los empleados de la fábrica de Birmingham, escenario de Living, su novela menos apreciada. Caught, por su parte, tiene por personajes a los bomberos de Londres durante el primer año de la guerra.
En un contexto tan estricto, de compartimentos tan definidos en clases y subclases como el de la sociedad inglesa, la fascinación de Green con obreros y sirvientes, así como la felicidad conocida entre los compañeros de las brigadas de auxilio durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, nunca es paternalista. Como a Bioy Casares en la Argentina, los trabajadores le parecen a Green más interesantes que la gente de su propia clase, a quienes la familiaridad del autor limita irremediablemente en el momento de inventarles una ficción.
A su vez la observación de los matices de conducta que diferencian a esos compartimentos de la sociedad no tiene un propósito documental; alimenta, más bien, la extrañeza de situaciones y conductas. A poco de empezada Viajando en grupo, por ejemplo, aparecen "dos nannies vestidas de color granito, con sombreros de paja negros y pelo blanco" que observan a Miss Fellowes en la tarea más bien inquietante de lavar en el baño de damas el pájaro muerto que ha recogido. Green anota: "no se les ocurrió retirarse porque daría la impresión de que las turbaba lo que estaban viendo, tampoco podían hablar porque no se les había dirigido la palabra, ni podían hacer un comentario con la guardiana por lealtad a la casa donde servían y de la que Miss Fellowes era parte".
Green a menudo omite el artículo definido y practica una sintaxis elíptica. Estas particularidades de estilo, que en un primer momento suscitaron la desconfianza de sus editores y el reproche de amaneramiento por parte de la crítica, contribuyen a desprender sus novelas de todo realismo de superficie. Su uso cada vez más dominante del diálogo recuerda el de su ilustre contemporánea, Ivy Compton Burnett: una manera de abstenerse de explicar qué sienten o piensan los personajes, de evitar la introspección, de inocular cierta incertidumbre en el lector.
"La fascinación de las palabras reside en que, por sí solas, pueden significar casi cualquier cosa. [...] Es el contexto en que las palabras existen lo único que les da vida. [...] Y es lo que permanece no dicho lo que alimenta la imaginación. [...] Esa forma de acción que es el diálogo se detiene cuando el escritor, que es alguien ajeno a la historia que está escribiendo, se entromete como un coro griego para subrayar el sentido que quiere darle. ¿Acaso sabemos, en la vida, cómo son los demás? Lo dudo mucho. Por cierto que no sabemos lo que los demás piensan y sienten. ¿Cómo puede el novelista estar tan seguro?" (Green en una charla de 1950 en la BBC, recogida en Surviving, New York, Viking, 1993.)
A más de tres décadas de su muerte y del inevitable eclipse subsiguiente, la estatura de este escritor elusivo, que los mismos ingleses consideran un enigma literario, no deja de crecer. La aparición reciente de su biografía por Jeremy Treglown lo confirma. En el mundo anglosajón la individualidad de un escritor siempre ha importado más que grupos, escuelas y movimientos; fuera de él, no sorprende que haya sido Nathalie Sarraute quien leyó con más atención y aprecio las novelas de Green.
Lo intangible de sus argumentos, lo inaccesible de sus personajes son rasgos esenciales de una obra a la que, inesperadamente, parecen aproximarse las observaciones de José Bianco sobre El oscuro, novela de Daniel Moyano que espera reedición: "...esa admirable realidad literaria que nos permite vislumbrar como en un relámpago la verdad de un ser humano sin disipar por completo su misterio. [Moyano] no ahuyenta del todo las sombras protectoras gracias a las cuales el personaje de su novela es, simultáneamente, comprensible e impenetrable" ("Idealismo y orden" en Páginas de José Bianco seleccionadas por el autor, Buenos Aires, Celtía, 1984).
Una carcajada póstuma
Nació como Henry Vincent Yorke en 1905. Su familia pertenecía por el lado materno a la aristocracia; por el paterno, a la burguesía industrial. De la madre, Maud Wyndham, hija del segundo barón Leconfield, Maurice Bowra dijo que hablaba con un acento tan distinguido que omitía pronunciar las g aun en las palabras donde esa letra no aparece... El padre, además de poseer una importante propiedad rural en Gloucestershire, incursionó (en tanto amateur, como correspondía a un gentleman) en la arqueología y la exploración antes de instalarse en la vida real como uno de los directores de H. Pontifex & Sons, establecimiento del que el hijo iba a llegar a ser gerente general. Con su peculiar sentido del humor, Green solía declarar que fabricaba inodoros, cuando el producto principal de la firma eran máquinas embotelladoras de cerveza.
Green fue un estudiante poco distinguido. En Eton, entre condiscípulos tan imponentes como Eric Blair (que iba a escribir como George Orwell), Cyril Connolly y Anthony Powell, se afianzó su tendencia natural a borrarse, a no sobresalir. Prefería ir al cine dos veces por día en vez de leer lo que sus mentores le señalaban. Salió de Oxford después de tres años, sin un diploma pero con una primera novela ya publicada a los veintiún años: Blindness, 1926.
De la universidad pasó a trabajar en la empresa paterna, donde permaneció hasta el momento de retirarse. Durante el primer año, antes de incorporarse a la dirección de la firma, el escritor trabajó en los talleres, entre los obreros. Su biógrafo Jeremy Treglown sostiene que de ese trato nació la fascinación que iba a demostrar en su obra por las clases sociales (que en la Inglaterra anterior a la Segunda Guerra Mundial todavía se llamaban) "inferiores". Henry Yorke se aplicó a su trabajo sin distraerse; Henry Green dedicó a su obra literaria todo su tiempo libre.
Publicó en 1929 Living, su novela menos apreciada, y sólo diez años más tarde, Party Going (Viajando en grupo), considerada su obra mayor. Pack my Bag, volumen de memorias, apareció en 1940 y en 1943, la novela Caught. Fueron sus novelas publicadas en la posguerra las que llamaron la atención de escritores de ambos lados del Atlántico, entre los más prestigiosos del idioma inglés: Loving (1945), Back (1946), Concluding (1948), Nothing (1950) y Doting (1952).
Green se casó con Adelaide Mary Biddulph (conocida por el sobrenombre "Dig"), hija mayor del segundo barón Biddulph, una de dos hermanas a quienes cortejó indecisamente. "Dig" era mundana y veía la vocación literaria de su marido como una excentricidad tolerable. Tuvieron un hijo: Sebastian Yorke.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el escritor prestó servicio con los bomberos que socorrían a las víctimas de los bombardeos alemanes en Londres y se embarcó en una serie de aventuras sentimentales y sexuales de las que emergió una colección de amigas para su mujer.
El alcohol fue acaso el único hábito permanente de Green. Antes de 1952, fecha en que dejó de escribir ("se secó la fuente, no sale ni una gota"), trabajaba en sus novelas después de las 11 de la noche, hora en que hasta no hace mucho cerraban los pubs. Un buen día se descubrió en Pontifex & Sons que las botellas de agua mineral que llevaba a las reuniones de directorio contenían gin puro. Poco más tarde se le agradecieron los servicios prestados y fue reemplazado.
Los años finales fueron patéticos: Green no se lavaba ni cambiaba de ropa. Finalmente, se convirtió en una especie de vagabundo recluido dentro de su propia mansión: no salió de ella durante los últimos siete años de su vida. "Bebía porque no podía escribir y no podía escribir porque bebía" (Raymond Carr). Su mujer asistió a esa lenta degradación sin hacer nada para impedirla.
Green murió en diciembre de 1973 y fue enterrado en la iglesia de Forthhampton Court, la propiedad familiar en Gloucestershire. Su hijo cuenta que el sepulturero cavó una tumba demasiado chica para el ataúd y al bajarlo éste quedó atascado sin poder llegar al fondo. "Dig" comentó: "Me parece oír la carcajada de Henry".




