El escritor y la dama
LA ULTIMA FIESTA Por Adele Mailer-(Circe)-Trad.: B. López Buisán-353 páginas-($ 24)
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En 1960, mientras se postulaba como candidato a alcalde de Nueva York, Norman Mailer casi mató a su segunda esposa, Adele Morales, de dos puñaladas. Mucho se ha escrito sobre el episodio, pero ésta es la primera vez que la víctima da su versión. La última fiesta intenta reconstruir el camino que condujo a ese trágico desenlace. El novelista se salvó por un pelo de ir a la cárcel por quince años y de ser sometido a un tratamiento de electroshock, aconsejado por un psiquiatra que lo diagnosticó como "un esquizofrénico paranoico".
Adele y Mailer se hicieron amantes en 1951, se casaron en 1955, tuvieron dos hijas y se divorciaron en 1962. La suya fue una relación autodestructiva y sadomasoquista, marcada por el progresivo abuso del alcohol y las drogas. De las memorias de Adele -generosas en intimidades sexuales y mezquinas en testimonios literarios-, se desprende un monstruoso retrato de Mailer: un hombre de innegable carisma, poseído por un insaciable afán de figuración; un seductor patológico que se complacía en humillar a su esposa flirteando en público con otras mujeres y que pronto pasó de las agresiones verbales al maltrato físico. Adele habla del desmedido culto al machismo que profesaba Mailer -algo que, a juicio de la esposa, escondía inseguridades sobre su virilidad- y del afecto edípico que sentía por su madre ("probablemente la única mujer a la que ha amado en su vida"). También le señala unos puntos a favor: diestro plomero y carpintero, disciplinado escritor que, sin importar cuán demoledora fuera la resaca de la borrachera de la noche anterior, todos los días trabajaba siete horas en su estudio.
Mailer era considerado el novelista norteamericano más importante de la posguerra, gracias al éxito de Los desnudos y los muertos (1948), que publicó a los veinticinco años. Sus siguientes novelas, La costa de Berbería y El parque de los ciervos , en cambio, resultaron un fracaso de venta y de crítica, lo que sin duda estimuló un comportamiento cada vez más descontrolado y violento. Sin embargo, Adele, una mujer apasionada, narcisista y terriblemente insegura, no se decidió a terminar con el matrimonio que la iba destrozando. A pesar de su interés en la pintura y la actuación, ella explica que en esa época carecía de identidad propia y vivía a la sombra de su dominante marido. En su relato abundan las anécdotas patéticas, como la ocasión en que Mailer le tiró al piso unos huevos revueltos que ella había cocinado porque estaban un poco crudos para su gusto. O la oportunidad en que insistió en que hicieran el amor en la cama de su madre.
En el libro se describe el ambiente bohemio e intelectual neoyorquino de los años 50 y el título alude a la adicción de Mailer por las fiestas, a las cuales, según el relato de su ex mujer, usaba como interminables vidrieras para exhibir su ego. A lo largo de las páginas desfilan celebridades como Jack Kerouac (fugaz amante de Adele), John Cheever, James Jones (autor de De aquí a la eternidad ), Arthur Miller, el pintor Mark Rothko, Marlon Brando, Montgomery Clift, Truman Capote, Alberto Moravia (que trató en vano de seducir a Adele) o Lenny Bruce. Pero no hay que esperar conversaciones brillantes: la mayoría de estas personalidades casi siempre están tan pasadas de copas o de "porros" como los Mailer y, por lo tanto, se muestran incapaces de decir algo coherente.




