El esteta socialista
Con un físico imponente y un ingenio cáustico, con la publicación de poemas y cuentos, con un esnobismo rampante, pronto Oscar fue ese personaje que está en todas partes
1 minuto de lectura'

En las primeras horas de la tarde del 30 de noviembre de 1900, Oscar Wilde murió en París, en el Hôtel d´Alsace, 13 rue des Beaux Arts. En el inminente centenario de su muerte se le rendirán, sin duda, homenajes en el mundo entero y se evocará una vez más la consabida historia de apogeo y decadencia. Tal vez convenga, entonces, para comprender mejor ese trágico destino, intentar un esbozo del tiempo y el lugar en que le tocó vivir, la atmósfera cultural, social, política y económica de la ciudad que le sirvió de escenario: Londres a fines del siglo XIX, cuando algunas grietas asomaban ya en la formidable, maciza estructura del poderío británico durante la era en que reinó, menuda y autoritaria, Victoria, entre 1837 y 1902.
La alusión al teatro es deliberada. La existencia de Wilde fue un perpetuo, consciente ponerse en escena, a modo de un personaje creado por él mismo: el esteta refinado, ingenioso, mordaz, cultor obsesivo del Arte (con mayúscula) como religión laica, director de conciencia -a su manera- del grupo de artistas y aspirantes a serlo aglomerados en el movimiento Estético (también con mayúscula).
Esa fue su persona pública. Recordemos que persona, en griego, significa máscara. La obra de Wilde cita a menudo a la máscara como recurso imprescindible para facilitar -más: para hacer viable- la ardua convivencia humana. En su caso, como en muchos otros y hasta hoy en día, esa persona pública terminó por ocupar todo su espacio vital, inclusive -y ésa fue la causa, al menos formal, de su derrumbe- el privado.
La ciudad imperial
Ante todo, el escenario. Que es grandioso, verdaderamente imperial. Londres, capital del Imperio Británico, el mayor de la historia, en su hora solar, en su apogeo. Apenas dos años después de la desolada muerte de Wilde, su colega Henry James (que, dicho sea de paso, lo detestaba), en la página inicial de The Golden Bowl , describía así la ciudad, vista por uno de los protagonistas de la novela, un príncipe italiano: "Al príncipe siempre le había gustado su Londres, desde que se instaló en ella; era uno de esos romanos modernos que encuentran junto al Támesis una imagen más convincente de la verdad del antiguo Imperio que cualquiera que haya quedado a orillas del Tíber. Criado en la leyenda de la Ciudad a la que el mundo rendía tributo, reconocía en la Londres actual, mucho más que en la Roma contemporánea, las verdaderas dimensiones de esa situación. Si era cuestión de un Imperium, se decía, y si uno como romano deseaba recuperar algo de aquel sentimiento, el sitio adecuado era el Puente de Londres o, en una hermosa tarde de mayo, Hyde Park Corner".
Londres era, realmente, el centro del mundo moderno. Las clases altas, navegando en la cresta de una ola de oro puro, comenzaban a aburrirse de la austeridad victoriana, emanada de la diminuta e irascible soberana, envuelta en luto perpetuo por la muerte de su adorado Alberto, el príncipe consorte, y en una aureola de virtud -léase castidad- de la que no pocos, en esos círculos dorados, desconfiaban.
Pero estas indiscreciones no trascendían al pueblo en general, que adoraba a su reina y la consideraba el espejo de una femineidad ejemplar, rectora de la conducta ideal de la mujer: reina del hogar, recatada (se llegó a enfundar las patas de los pianos, por su presunta analogía con las piernas del bello sexo), insospechada de gozar del débito conyugal.
Veintitrés años antes del jubileo de diamante de la reina, en 1874, un irlandés, nacido en Dublin el 16 de octubre de 1854, llegaba a Oxford con una beca, obtenida por concurso, para estudiar en el prestigioso Magdalen College. Se llamaba Oscar Fingal O´Flaherty Wills Wilde; y en el no menos famoso Trinity College de su ciudad natal, del que también fue becario, se había destacado por el singular talento para traducir y analizar a los clásicos griegos y latinos, por la elegancia y originalidad de su escritura, y por el atildamiento y la ocasional audacia de su vestimenta.
Su compatriota y célebre poeta, el premio Nobel William Butler Yeats (1865-1939), sostuvo siempre que toda la actitud de poseur de Wilde, su desfachatada arrogancia, su esnobismo y el sarcasmo con que criticó a los ingleses fueron, sencillamente, la estrategia de un irlandés exiliado en tierra extraña, que debía imponerse en un medio hostil. Si se revisan algunos textos de Oscar, salta a la vista la exactitud del aserto. En carta a Edmond de Goncourt, del 17 de diciembre de 1891, escribe: "Soy un irlandés de raza, condenado por los ingleses a hablar en la lengua de Shakespeare". Y en una conferencia en San Francisco, en su célebre gira "estética" por los Estados Unidos, durante todo el año 1882, dice: "Los sajones se apoderaron de nuestras tierras y las agotaron; pero nosotros, los celtas, nos apoderamos de su lengua y la embellecimos". Porque "el celta es el guía del arte" (en el ensayo "El crítico como artista").
En ese ensayo y en su gemelo, La decadencia de la mentira , en su novela El retrato de Dorian Gray , en sus maravillosas comedias, aún hoy vigentes, y en otro texto (sobre el cual se volverá), El alma del hombre bajo el socialismo , Wilde multiplica las observaciones punzantes acerca de "los ingleses", una comunidad de la que él se excluye para juzgarla críticamente. Tal vez la más conocida de esas diatribas sea la referida a la cerrazón de la atmósfera londinense: "No se sabe si la niebla ha producido a los ingleses, o viceversa". Lo pagaría caro.
Otro compatriota genial, George Bernard Shaw, expresó: "Siempre mantuve que Oscar era un gigante, en el sentido patológico de la palabra, y esto explica ampliamente sus debilidades". No es casual, entonces, que en una de sus libretas de estudiante en Oxford, Wilde anotase estos versos finales de "Un viaje a Citerea" de uno de sus ídolos, Baudelaire, en Las flores del mal : "¡Ah, Señor! Dame la fuerza y el coraje/de contemplar sin asco mi corazón y mi cuerpo". De su madre, Jane Francesca Elgee, la enérgica luchadora por la libertad de Irlanda, que firmaba encendidas estrofas patrióticas con el seudónimo de Speranza, le venía ese cuerpo enorme e ingrato. Oscar medía casi un metro noventa y en la madurez, a fuerza de comidas refinadas y vinos deliciosos, había adquirido amplias caderas y un embonpoint notorio. Ese corpachón era blando, manos y pies pequeños, como de mujer; con el tiempo se le abotargaron las facciones y su apretón de manos resultaba, al parecer, algo viscoso. Todo lo cual llevó a lady Campbell, una anfitriona londinense que lo detestaba, a definirlo como "ese gran gusano blanco". Wilde la retrató, implacablemente y reconocible con facilidad, en la feroz lady Bracknell de La importancia de llamarse Ernesto . Tampoco le sería perdonado.
La trampa de la fama
En la primavera de 1876 murió en Dublín el padre de Wilde, médico famoso a quien la reina Victoria había otorgado el rango de baronet . Sir William Wilde fue también célebre por dos razones, en apariencia contradictorias pero que acaso se complementan: el aspecto simiesco, que llevó a sus detractores a declararlo "el mayor testimonio sobre la Tierra a favor de la teoría de Darwin", y un sonado juicio por haber abusado de una paciente muy joven mientras se hallaba anestesiada.
Siempre en primavera, pero al año siguiente, Oscar viaja a Grecia con su profesor de historia e idioma griegos en Oxford, al que admiraba profundamente, John Mahaffy, cuyas enseñanzas dejarían huella perdurable en la sensibilidad de Wilde, así como los libros y las conferencias de John Ruskin y, sobre todo, de Walter Pater ( El Renacimiento ). De ahí, con unos amigos, va a Roma, donde es recibido en audiencia por el papa Pío IX, y rinde luego conmovido homenaje a su amado poeta, John Keats, en su tumba del cementerio de los Disidentes, junto a la pirámide de Cestio.
Es al volver a Londres cuando comienza a mostrar su extravagante imagen "estética": cabellera dividida en bandós, larga hasta los hombros; calzón corto de terciopelo, medias de seda, zapatos de charol con hebilla, camisa abierta con un pañuelo al cuello, chaleco bordado, casaca de corte dieciochesco, y un sobretodo de piel. Así vestido viaja a los Estados Unidos y pronuncia ciento y pico de conferencias, con éxito delirante, ante públicos tan variados como las millonarias neoyorquinas, los cowboys del Oeste legendario y los mineros de las Rocallosas. Los temas fueron: "El renacimiento de las artes en Inglaterra" (referida a las artes decorativas) y "Cómo decorar una casa hermosa". Y todos quedaban fascinados por su encanto personal, su magnífica voz (elogiada por cuantos lo conocieron) y sus innegables dotes de actor. De paso, ganó muchísimo dinero.
El actor no podía estar lejos de los escenarios. Oscar comenzó a rondar por los camarines, era infaltable en los estrenos y llevaba bajo el brazo varias piezas que ansiaba estrenar, la primera de ellas, Vera o los nihilistas , sobre los anarquistas rusos por entonces de moda, a fuerza de asesinar a grandes duques. Se hizo amigo de la bella Lillie Langtry, amante notoria del príncipe de Gales, a quien fue presentado por ella; de Sarah Bernhardt, que llevó Fedra de Racine a Londres, de Ellen Terry.
Con un físico imponente, un ingenio cáustico y veloz (aunque se dice que no pocas de sus ocurrencias estuvieron antes en boca de su amigo/enemigo, el pintor norteamericano James McNeill Whistler), con la publicación de poemas y cuentos en las revistas, un prodigioso talento de narrador oral y un esnobismo rampante, pronto Oscar fue ese personaje que está en todas partes y cuyo nombre se reitera en toda clase de crónicas, la del estreno, la del vernissage y la del baile de la duquesa de tal. Su figura se presta como ninguna para la caricatura; y este medio afianza la fama de Wilde, quien percibe que importa menos el ridículo que la notoriedad. El primero que lo dibuja satíricamente es Max Beerbohm, nada menos. Pero sería Patience , la opereta de los célebres Gilbert y Sullivan (los autores de El Mikado ), la que le otorgaría la definitiva gloria mundana, al transformarlo en el cómico personaje del esteta a la moda. Oscar no reaccionó con ira, todo lo contrario: prendió en la solapa de sus impecables chaquetas un clavel teñido de verde, que le valdría una caricatura, esta sí demoledora, en la novela homónima ( The Green Carnation ) del joven Robert Hichens.
Sociedad y política
Casado, padre de dos hijos, comediógrafo ovacionado noche tras noche en los tres teatros londinenses donde simultáneamente se representan otras tantas de sus comedias ( El abanico de lady Windermere , Un marido ideal y Una mujer sin importancia ), rico, reconocido también en París, donde frecuenta a los aristócratas y a los intelectuales más encumbrados y donde escribe, en impecable francés, Salomé , para Sarah Bernhardt, dispuesta a estrenarla en Londres, en enero de 1891 Oscar Wilde publica, en The Fortnightly Review , editada por su amigo Frank Harris, un opúsculo que causa estupefacción: El alma del hombre bajo el socialismo .
¿Cómo es que el dandy, el esteta, el "amoralista" (para usar la expresión de otro apreciado amigo y colega francés, André Gide), notorio por su desprecio de la vulgaridad, su horror a la pobreza y su elegancia algo outrée , se declara socialista? La culpa, por así decirlo, parece tenerla George Bernard Shaw, quien, en carta a Frank Harris, le escribe: "Robert Ross (un fiel amigo de Wilde, de toda la vida) me asombró al decirme, mucho tiempo después de la muerte de Oscar, que fue un discurso que pronuncié en 1890 el que lo impulsó a escribir ese texto".
A primera vista, se trataría de una provocación más del sarcástico observador de la sociedad. Pero, "a riesgo de simplificar -dice Jean Gattégno, uno de los estudiosos más importantes de la obra del irlandés-, casi podría decirse que Wilde inaugura aquí una tentativa de conciliación entre Marx y Jesucristo, una problemática que lo preocupaba al punto de reiterarla en De Profundis ". Conviene recordar que Marx (1818-1873) estableció su hogar en Inglaterra y murió allí.
Las libretas de apuntes de Oscar estudiante en Oxford, muestran bien a las claras el interés con que estudiaba a Platón y Aristóteles, pero también a Kant, a Locke, a Hume, a Berkeley y a Hegel. En una de esas libretas, rotulada "Commonplace Book", que abarca notas de 1876 a 1879, describe la doctrina de Hegel como "una síntesis de la ciencia reubicada en una esfera superior, en el éter del pensamiento puro". Es un eco de su adhesión a la tesis defendida por el filósofo alemán en su Estética , según la cual la belleza es una emanación del espíritu y no una copia de la naturaleza.
Por otra parte, a su aguda sensibilidad no escapaban la terribles consecuencias de la Revolución Industrial que, al terminar con las artesanías e imponer la producción mecánica, arrastró a cientos de miles de personas a la miseria y la desesperación. En tanto la ciencia y la técnica modificaban para siempre la vida del hombre, mejorándola y ampliándola en no pocos aspectos -el teléfono, el cine, el telégrafo sin hilos, la fotografía, el fonógrafo, el automóvil-, la mecanización puso punto final al predominio de las tareas rurales, llevando multitudes a la ciudad, el nuevo centro de actividad y de manejo del dinero.
El ferrocarril, creado en Inglaterra por Stephenson en 1825, fue el heraldo de la nueva era. Por un lado, proporcionó un transporte veloz y, tras algunos tropiezos iniciales, mucho más seguro y cómodo que el vehículo tradicional, de tracción a sangre. Pero, por el otro, trastornó el mercado de la propiedad, altamente especulativo, provocó contiendas acerca de los derechos del suelo y de las terminales urbanas, y una feroz competencia entre las diversas líneas. Surgieron gigantescas ciudades industriales, Manchester la primera entre ellas: "Sólo el filósofo puede concebir la grandeza de Manchester y la inmensidad de su futuro", proclamó Disraeli, el hombre que daría a Victoria la corona imperial de la India, en su novela Coningsby , de 1844.
Manchester fue precisamente la ciudad que el filósofo alemán Friedrich Engels (1820-1895) señaló como "el prototipo de la ciudad industrial moderna", identificándola como "potencial centro revolucionario". La concentración humana en estas urbes proclives al hollín (Inglaterra abundaba en riquísimos yacimientos de carbón) y al hacinamiento creó problemas de salud, de disciplina, de convivencia. La gigantesca, dilatada Londres era el turbio espejo del horror mecanizado. Un periodista, Henry Mayhew, al prologar su libro sobre la pobreza en la capital británica a mitad del siglo XIX ("¡Oh, triste siglo XIX!", diría Stendhal), escribe: "Al abordar este tema percibo profundamente la desdicha, el vicio, la ignorancia y la necesidad que nos cercan por todos los costados". Charles Dickens pintó como nadie ese infierno urbano, y nadie como el francés Gustavo Doré reflejó el caos del centro londinense en sus grabados de 1870.
En El alma del hombre bajo el socialismo , Wilde, con su habitual cultivo de la paradoja, proclama la inutilidad de la beneficencia: "La mayoría de los hombres echan a perder sus vidas con un insano y exagerado altruísmo; se ven obligados, realmente, a echarlas a perder. Rodeados de una pobreza odiosa, de una odiosa fealdad y de una miseria repugnante, no pueden menos de sentirse conmovidos por todo ello. Las emociones del hombre son mucho más fáciles de excitar que la inteligencia del hombre; y como ya indiqué hace poco en un artículo, ÔEl crítico como artista´, es mucho menos difícil simpatizar con el sufrimiento que simpatizar con el pensamiento". Bajo el socialismo, o lo que él entiende por tal (también a veces lo llama comunismo), sin que proponga cómo llegar a ese estado ideal, Oscar supone que por fin el hombre podrá desarrollar plenamente el único destino para el que fue hecho: su realización individual, equivalente a la felicidad.
Pero he aquí que, en un párrafo sobrecogedor, lanza esta profecía: "Si el socialismo fuese despótico, si los gobiernos llegasen a estar armados con el poder económico como hoy lo están con el poder político; si fuésemos, en una palabra, a tener que sufrir una Tiranía Industrial, en ese caso el estado final del hombre sería peor aún que el primitivo". Frente a estas palabras, se evoca hoy, no sin un estremecimiento, la definitiva sentencia de Borges en Otras inquisiciones : "Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón".
Claves
Formación: Oscar Wilde nace el 16 de octubre de 1854 en Dublín. En 1874 gana una beca para seguir estudios clásicos en el Magdalen College, en Oxford.
Matrimonio: el escritor contrae matrimonio con Constance Lloyd en mayo de 1884. En 1885, nace Cyrill, el primer hijo de la pareja. Se dice que ese año Wilde empieza una vida escandalosa.
Lord Alfred Douglas: conoce en 1891 a Wilde, con quien mantiene una relación íntima denunciada en una carta en 1895 por el padre de Alfred.
Obras de Wilde: El retrato de Dorian Gray, El abanico de Lady Windermere, La importancia de llamarse Ernesto, La esfinge, La balada de la cárcel de Reading.





