El mundo de las pequeñas cosas

Hugo Caligaris
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18 de mayo de 2012  

Finalmente, el Nobel turco Orhan Pamuk hizo realidad el museo que describe en su última novela. Lo llenó de estatuillas y mapas, de tazas de té, de figuritas infantiles y también de zapatos, alhajas y perfumes que podrían haberle pertenecido a la protagonista de El Museo de la Inocencia , Füsun. En esa casa de Estambul que consiguió para cumplir su sueño montó un parque temático sobre su propio libro y, en cierta forma, dice, también sobre la historia de la ciudad que adora. Para los que lo admiran, es una idea original, sutil, también poética. Para los otros, una manera de promocionarse y de hacer negocio. Discusiones parecidas se producen cuando se plantea esta pregunta: ¿cuál es la trascendencia de este autor? Hace unos días, en uno de los pocos programas de TV dedicados a los libros, una joven comentarista dijo que Nieve , Me llamo Rojo y Estambul eran malas maneras de perder el tiempo. Tal vez fuera una joven sedienta de experiencias profundas y graves, y ésa no es la manera de abordar a Pamuk. Para apreciarlo bien se debe amar la levedad, la gracia, el humor y el color: el mundo de las pequeñas cosas.

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