"El ocaso de Menem es el despertar del país",dice Tomás E. Martínez

Presentó "Réquiem por un país perdido"
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23 de mayo de 2003  

"Acaso lo esencial de la vida argentina es ser promesa... cada cual vive desde sus ilusiones como si ellas fuesen ya la realidad (...) En el argentino predomina, como en ningún otro tipo de hombre, esa sensación de una vida evaporada sin que se advierta." Quien reflexionó con esta agudeza, en 1930, fue el prestigioso filósofo español José Ortega y Gasset.

Y en estos días, el rescate de aquella mirada viene de la pluma del escritor argentino Tomás Eloy Martínez, quien recoge esas palabras en su libro "Réquiem por un país perdido" (Aguilar), que vino a presentar al país. Hoy, a las 19, firmará ejemplares en la Librería Cúspide, del Village Recoleta.

Durante un almuerzo con LA NACION, el autor contó que una parte de los artículos seleccionados fue editada en el ensayo "El sueño argentino", en 1998. La otra mitad está compuesta por nuevos artículos, algunos publicados en la prensa europea y en LA NACION. El libro es una invitación a explorar el llamado ser nacional, con los infortunios de su destino y sus profundas contradicciones.

Dice Martínez que la revisión de varios artículos le produjo "una cierta sorpresa, como quien se pregunta: ¿es posible que haya ocurrido esto? Y también por la tolerancia del pueblo argentino en relación con situaciones claramente grotescas. Lo más grave es la constante sensación de que las peores catástrofes quedaron sin sanción. Hay una sensación de impunidad muy poderosa".

Cita el escritor el caso del "extranjero que fue director de la Aduana y no hablaba castellano" y el de "la secretaria privada del presidente que entraba al país con valijas llenas de dinero". Lo peor, dice, es "que todo ocurría junto con el discurso oficial de que estábamos entrando en el primer mundo".

Cómo somos

Martínez tiene la impresión de que la Argentina hubiera vivido dentro de esa "figura literaria tan clara que es el oxímoron. A la vez sentí incredulidad. Tuve la sensación de que, durante mucho tiempo, tuvimos un presidente que jugó con el país, sintiéndose como un chico en una juguetería".

-¿Por qué, si no ocurre en otros países, los argentinos tenemos tantos libros que intentan explicar quiénes somos y qué nos pasó?

-Creo que la razón central es que los argentinos somos muy egocéntricos. Nos miramos el ombligo todo el tiempo. Somos también un tanto narcisistas y un poco megalómanos. Si bien uno puede encontrar las grandes reflexiones sobre la Argentina, por ejemplo, allá por los años 30, en el libro "Historia de una pasión argentina", de Eduardo Mallea, que sigue vigente, o en "Radiografía de la pampa", de Martínez Estrada. Como no acierta a explicarse a sí mismo, el país tiene la necesidad de escribirse para explicarse. Del mismo modo que los novelistas escriben para entender el mundo y su lugar en él, los argentinos escribimos persistentemente sobre el país para entender qué somos y, sobre todo, por qué hemos llegado hasta aquí.

-¿Es entender el país para entendernos?

-Es como la famosa pregunta de Erdosain, el personaje creado por Roberto Arlt en "Los siete locos": "¿Qué he hecho de mi vida?" La pregunta ¿qué hemos hecho de la Argentina? necesita respuestas constantes. Hay una obsesión permanente en los argentinos, y es la de preguntar qué piensan de nosotros afuera. Una vez, a su regreso de un viaje por Japón, le preguntaron a Borges, ¿qué piensan allá de nosotros? Y Borges respondió: "No nos piensan". Cuando uno vive afuera, la obsesión es siempre la misma: ¿Qué piensan de la Argentina en el exterior? Y la respuesta es: no piensan nada. Somos muy insignificantes en el concierto de las naciones.

-En un artículo del libro, "País sin Nación", alude usted a la ausencia de un proyecto común como sociedad. ¿Cómo se reconstruye ese contenido?

-La Argentina tuvo sucesivos gobiernos que trataron de eliminar algo que suponían nocivo para la nación, sin sustituirlo por un proyecto global. La revolución del 55 se proponía eliminar al peronismo. La dictadura del 76 se proponía eliminar lo que suponía una amenaza comunista para el país. Así se plantean proyectos sustitutivos sin consenso nacional, que responden a intereses de sector y que no expresan un interés colectivo. Eso es lo que llamo un país sin nación o sin proyecto comunitario. Podríamos llamarlo un país sin mística nacional, porque ese país aglutinado alrededor de un modelo deseado no se presenta hace muchísimo tiempo. Creo que de Marcelo T. de Alvear en adelante. El proyecto del peronismo tampoco es comunitario, porque divide las aguas en dos y es muy vago, sin soporte ideológico. Ahí está la pérdida de todas las energías argentinas, que son enormes y que nunca son capitalizadas por ningún proyecto comunitario de nación. Hemos regresado al país de los caudillos de la época de Rosas. Pero sin Rosas.

-¿Qué reflexión hace del ocaso de Menem y el incipiente amanecer de Kirchner en la política nacional?

-Aunque no se sabe muy bien qué pueda hacer, por lo que expresa Kirchner parece bienintencionado. Por lo pronto, la voluntad de transparencia y la incorporación de algunas figuras más o menos novedosas implican una voluntad de cambio. Por otra parte, hay cosas muy importantes para decidir, como el futuro de la errática política exterior de la Argentina, cómo va a encontrar un lugar para el país en el concierto latinoamericano. El ocaso de Menem es el despertar del país, después de vender por más de 10 años espejos de colores. Me parece improbable que pueda recuperar fuerza. Justamente, por una frase de Perón que él citaba mucho: "En política se regresa de todo, menos del ridículo". Y Menem cayó en el ridículo.

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