El patrimonio irrecuperable

El lamentable hecho obliga a revisar sistemas de prevención
Alicia de Arteaga
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31 de mayo de 2003  

Gravísimo. El robo de la escultura de Rodin de las salas del Museo Nacional de Bellas Artes es un hecho gravísimo, lamentable e irreparable por muchos motivos. En primer lugar, obliga a revisar el sistema de seguridad interno y externo, y tira por el suelo la intención de cualquier donante, que ve el triste fin que tienen muchas obras cedidas al patrimonio.

El Rodin robado pertenecía a la colección de Mercedes Santamarina, que al morir donó sus colecciones al Museo Nacional de Bellas Artes y al Municipal de Tandil, cerca de su campo. Mercedes era sobrina de Antonio Santamarina, el mayor coleccionista que dio nuestro país a comienzos del siglo XX. Donó parte de su colección al MNBA y vendió también parte de ella en Londres.

Uno de los atractivos de Buenos Aires, dicho por turistas, es su patrimonio cultural. Los museos, la arquitectura de inspiración francesa, española e italiana, los edificios racionalistas y los conjuntos escultóricos ubicados en sus plazas y calles convierten a Buenos Aires en un destino valorado como pocos.

En este patrimonio, el patrimonio del MNBA es fundamental. Es la colección de arte europeo más importante que tiene nuestro país y probablemente toda América latina. Se formó con donaciones de González Garaño, Guerrico y Santamarina.

Eran de la colección Santamarina los cuadros robados una Navidad de 1980 que nunca se recuperaron. ¿Qué pasa con las obras robadas? Es la pregunta que todos se hacen. La velocidad de la información -ya tiene Interpol los datos de "Estudio para manos", de Rodin- impide que sean comercializadas, pero existe siempre la posibilidad de un mercado negro, los llamados "reducidores", como también persiste el robo por encargo.

La entrada gratuita

Algunas voces sostienen que el lamentable episodio de Rodin exige repensar medidas como la gratuidad de la entrada, instrumentada cuando asumió Glusberg como director.

El ticket, cualquiera que sea su precio, obliga a pasar por una ventanilla, detenerse y ser observado por una cámara de video. Se puede argumentar que robos ocurren en todas partes del mundo; de hecho, pocos meses atrás, dos trasnochados entraron en el Museo Guggenheim de Bilbao y colgaron un mamarracho pintado por ellos sin que nadie se diera cuenta hasta horas después.

En el caso de la escultura de Rodin, no se explica por qué la pieza fue cambiada de lugar y ubicada cerca del baño, según se dijo, y no en la sala Rodin, entre el pastel de Degas y los muebles que pertenecieron a Mercedes Santamarina, su lugar habitual.

Otro tema para revisar es la organización de muestras temporarias con la intención de dinamizar la oferta y atraer público. Esta política convierte en ocasiones al museo en un centro de arte contemporáneo y condena a los depósitos, por falta de espacio, a un gran número de obras, muchas de las cuales fueron donadas con cargo de exhibición. Por no cumplir con esta norma, el museo ha perdido importantes colecciones, como la de pintura española de los hermanos Piñeiro.

Otro tanto puede decirse de la exquisita colección de arte rioplatense donada por la desaparecida cineasta María Luisa Bemberg. Los cuadros de Barradas, Torres García, Figari y Pettoruri se vieron juntos sólo durante el homenaje hecho a propósito de la donación. La propia María Luisa Bemberg donó a Bellas Artes en los años 80 uno de los cuadros de Sisley más lindos que hay en el mundo, y tuvo que pelear para que le recibieran su donación. Esta parece la peor de las ficciones.

Ayer, un funcionario indiscreto admitió que hasta hace unos días "había una cuenta pendiente con las empresas de seguridad de los museos", pero que esa deuda fue saldada esta semana. Sin palabras.

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