El periodismo gráfico
LA PATRIA PERIODISTICA Por Susana Carnevale (Colihue) - 272 páginas - ($18)
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El año 1962 marca, sin lugar a dudas, un antes y un después en la historia del periodismo escrito en la Argentina. La aparición del semanario Primera Plana , dirigido por Jacobo Timerman, inauguró un estilo periodístico cuyos rasgos más salientes perduran, en diarios y revistas, hasta el día de hoy. Pero no fue solamente una cuestión de estilo; en Primera Plana se conformó también una generación de periodistas que signó la trayectoria del periodismo argentino por más de veinte años. La patria periodística , de Susana Carnevale, se centra precisamente en la trayectoria de ese grupo de periodistas que colaboró en varios emprendimientos de Timerman, más que en un análisis textual o discursivo de las publicaciones en sí mismas. Si bien su mirada privilegia Primera Plana y La Opinión , se detiene también en Confirmado , Panorama , Tiempo Argentino y Convicción , entre otros órganos de prensa, para reconstruir, a través de anécdotas, versiones orales, testimonios y entrevistas, la compleja y generalmente turbia trastienda del periodismo en un período que se extiende desde 1962 hasta 1986.
De este modo, verifica la existencia de los acuerdos cívico-militares que facilitaron la apertura de algunos medios y echa luz sobre los orígenes políticos y financieros de muchos de los órganos de prensa, orígenes que fueron muchas veces ignorados aun por quienes integraron sus staff de redacción. Porque uno de los ejes que recorre el libro es el análisis de los estrechos lazos que vincularon al periodismo escrito con las clases dominantes, los grupos empresariales, algunos miembros de las Fuerzas Armadas y sectores gubernamentales, durante esos veinte años.
Carnevale comprueba una vez más que Primera Plana fue un proyecto periodístico vinculado al sector militar liderado por Juan Carlos Onganía y analiza sus diferentes posturas políticas: desde su campaña a favor del golpe de Estado que derrocó a Arturo Illia hasta su período peronista en manos de Jorge Antonio. Asimismo, examina la trayectoria política de La Opinión para comprobar no sólo su origen financiero en el sostén económico de David Graiver sino también su apoyo al Gran Acuerdo Nacional, sus posteriores vínculos con la juventud peronista y sus posiciones durante su intervención en los años de la última dictadura militar. El libro gana en intensidad cuando aborda Convicción , diario dirigido por el masserista Hugo Ezequiel Lezama, en el cual colaboraron _aunque hoy algunos pretendan negarlo_ muchos de los miembros de los staff de redacción de los órganos periodísticos de Timerman. Carnevale logra demostrar que ese diario exhibe, mejor que ningún otro, los vínculos entre periodismo y poder militar (ya presentes en Primera Plana o en Confirmado ) y la importancia política del periodismo en la construcción de una base real de poder.
A pesar de sus muchos aciertos, La patria periodística hace abuso de las características del material que describe al reproducir los recursos formales de Primera Plana en su propia narración de los acontecimientos. Tentada por los juegos de ficcionalización de su principal objeto de estudio, Carnevale incurre en formas retóricas que debilitan tanto sus hipótesis de lectura como sus conclusiones. Así, el texto queda tensionado entre el rigor de una investigación documental, un pretendido estilo novelístico (ficcionaliza diálogos, abunda en preguntas retóricas, se pierde en datos concretos y detalles de sus entrevistas) y cierto tono de manual que por momentos sobrevuela el análisis del corpus seleccionado.
Paradójicamente entonces, el libro de Carnevale demuestra la eficacia de un modo de escribir periodismo y exhibe, al mismo tiempo, los peligros que acechan la escritura de quienes abordan el análisis de los medios de comunicación.
© La Nación





