
El poeta del amor y la inteligencia
La aparición de las Poesías completas de Pedro Salinas (Lumen) rescata la figura de uno de los líricos españoles más destacados del siglo XX cuya obra formó parte de la educación sentimental de varias generaciones
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Regresar a los grandes amores de la adolescencia es, como todos lo sabemos, una experiencia riesgosa. Acaso la aparición de las Poesías completas (Barcelona, Lumen) -título poco feliz- de Pedro Salinas, a cargo de la hija del poeta, Solita Marichal, no escape a este duro imperativo. Para empezar, digamos ante todo que es cierto que, para quienes éramos jóvenes en los sesenta, Salinas fue uno de los grandes maestros, no sólo de una nueva poética, sino de una cierta educación sentimental, de la que inclusive hoy no renegaríamos. Los poemas que entonces aprendimos de memoria lo merecían y lo siguen mereciendo: "Serás, amor, un largo adiós que no se acaba?// Ni en el llegar ni en el abrazo/ tiene el amor su cima/ Es en la resistencia a separarse/ en donde se lo siente/ desnudo, altísimo, temblando/ Y la separación no es el momento/ en que brazos y manos se despiden/ con señas materiales:/ es de antes, de después/ Si se estrechan las manos, si se abraza/ es porque el alma siente, ciegamente/ que la forma posible de estar juntos/es una despedida larga, clara/ y que lo más seguro es el adiós". O aquel otro, indeleble: "Qué alegría, vivir, sintiéndose vivido", que termina con aquellas inolvidables líneas: "Morirse/en la alta confianza/ de que este vivir mío no era sólo/ mi vivir: era el nuestro. Y que me vive/ otro ser, por detrás de la no-muerte".
Lo que Salinas nos ofrecía entonces era una cierta intimidad existencial con la experiencia amorosa que no había encontrado su curso hasta entonces en la poesía española: una sutileza psicológica, una apertura al diálogo de la pareja, con la pareja, que escapaba finalmente, felizmente, a los charros inventarios de la poesía erótica tradicional. Su lenguaje era novedosamente abstracto y se movía en una suerte de amortiguada paleta lunar que nos consolaba, asimismo, de los coloridos folclorismos involuntariamente desatados por García Lorca. También se alejaba de los modernismos empalagosos o cándidos en los que a veces caían poetas en otras ocasiones tan insignes como Juan Ramón Jiménez. Salinas era Juan Ramón despojado de los rosas y los celestes, de los signos de admiración o suspensión derramados por doquier. Su poética era un ejercicio refrescante de sobriedad, de limpidez, de hondura: un agua de la que habíamos estado largamente sedientos, una lírica ferviente y sostenida que no desdecía de la lucidez crítica de una inteligencia nueva. Su pasión era recatada sin falso pudor; su musicalidad, retenida, subterránea y en cierto modo infalible. En una palabra, Salinas venía a desmontar el fatigante aparataje de la retórica poética hispánica y nos daba y enseñaba un lenguaje contenido, agudo y luminoso, que era como una nueva forma de vivir, de sentir y de actuar el amor, su tópico más insistente y logrado. Como lo dijo Cortázar en el prólogo de su antología, "en Salinas la inteligencia también hace el amor, y su don poético que es, como siempre, el de establecer las relaciones más hondas y vertiginosas posibles aquí abajo entre las formas del ser, para poseer ontológicamente la realidad huyente, procede desde y en el amor".
Desterrado por la Guerra Civil Española, Salinas conoció el exilio, que en su caso fue particularmente fértil, ya que no sólo le permitió acrecentar su obra poética, sino que lo impulsó a desplegar su capacidad para actuar como mensajero privilegiado de la cultura española en América.Al mismo tiempo, en ese período afinó su calidad de crítico en estudios tan trascendentales como los consagrados a Manrique y a Darío. Pero el destierro provocó, asimismo, cierto enrarecimiento en las tensiones del grupo del que formaba parte Salinas, acompañado muy de cerca por Jorge Guillén -también refugiado en los Estados Unidos-, ya que ambos se vieron hostigados por el ultrasusceptible Juan Ramón Jiménez, otro peregrino en tierras nórdicas. El laureado Premio Nobel solía decir que La voz a ti debida -uno de los más famosos poemarios de Salinas- hubo de llamarse en verdad "La voz a mí debida", por la cuantiosa deuda que el poeta andaluz adjudicaba -sin fundamento- a su influjo en la obra del madrileño. En la correspondencia de Juan Ramón aparecen ciertas inquietantes acusaciones acerca de la irrupción de enviados de Salinas y Guillén en su departamento en España, con fines de rapiña: prueba de la exasperación a la que pueden llegar a veces contactos que se habían iniciado en la amistad poética más paternal, ya que Jiménez había abierto para Salinas el camino de la publicación en las revistas más calificadas de la España anterior a la guerra.
Estos y otros contratiempos no aminoraron la creatividad de Salinas. Los críticos han señalado, con abundancia de pruebas, su talento en fundir la delicadeza de las cantigas medievales, los refinamientos del mundo lírico árabe, el despliegue cristalino de los clásicos renacentistas, la claridad melancólica de Garcilaso, todo ello en un solo movimiento conjugado, además, con una ironía muy moderna, un muy especial sentido del humor, una suerte de leve velocidad que no puede ser sino contemporánea. De esto habla, sin niguna duda, la obra compilada en cerca de mil páginas en esta edición, que incluye inéditos y traducciones de poetas franceses, más afinadas, en tono y en estilo -como cabía esperar- que las que suelen llegarnos de España. Un extenso prólogo de Jorge Guillén, más enjundioso acaso que iluminador, la acompaña.
A lo largo de su lectura, se afianza el convencimiento: muy pocos poetas logran alcanzar y sostener el tono de recogimiento lírico de Salinas, que consuena, sin embargo, con una suerte de gran radar crítico receptor de las ondas más subterráneas de la sensibilidad de su tiempo. Y sin embargo, Salinas es un poeta que gana más al ser antologado, cuando se nos aparece en rápidas picadas de lucidez, cuando su talento se exhibe en la concentración más que en la extensión. La misma densidad de su estética se ve mejor representada en el escorzo que en la totalidad. Algo de sus luminosas aristas pierde impulso en esta exposición exhaustiva de sus potencialidades: algunos poemas parecen convertirse enmeros borradores de los que luego vendrán, y otros resultan como esguinces, gestos de rescate de otro poema anterior, una joya recordada sólo en su relámpago fugaz.
De la vasta empresa abarcada aquí, brillan indeclinablemente esos dos grandes poemarios, La voz a ti debida y Razón de amor , que Salinas compuso al promediar los cuarenta años de edad, cuando comenzaba su exilio, cuando en el gran terremoto de su existencia adquiría conciencia de haber salvado lo más importante: su poesía, y en particular, su poesía de amor, en la que, junto con Cernuda, descuella singularmente en la literatura española del siglo XX. A nuestro modo de ver, ése es su momento cenital, la cumbre de su talento y su originalidad, la riqueza mayor que él pudo entregar a la lírica española.
En cuanto al resto, acaso él mismo repetiría lo que dice la última línea de uno de sus poemas, dedicado a la poesía: "El sino de la vida es lo incompleto".



