El poeta que espera quien lo lea

Nacido en La Pampa en 1929 y muerto hace casi dos años, el autor de Elegías de la piedra que canta es un artista inclasificable cuya lectura depara el goce de lo nuevo
María Negroni
(0)
6 de abril de 2012  

A casi dos años de su muerte, la pregunta suena, si se quiere, más desamparada. ¿Qué sabemos de él? Apenas que nació en La Pampa en 1929. Que estuvo internado en un hospital psiquiátrico durante un lustro a comienzos de los años 90. Que entre sus libros publicados, todos en pequeñas tiradas locales, figuran: Elegías de la piedra que canta (1969), Aura del estilo (1970), Unca bermeja (1984), Los poemas puelches y Quetrales (1991), el Libro del Ghenpín (2004), y una cuidadísima antología, Herejía bermeja (2008), a cargo de Cristián Aliaga, que editó el sello Ediciones en Danza en Buenos Aires.

Juan Carlos Bustriazo Ortiz (1929-2010), hay que decirlo enseguida, es un poeta imprescindible, inclasificable, que todavía espera a sus lectores. Pertenece a esa línea de alquimistas que, como el Vallejo de Trilce o Lorenzo García Vega, escriben en una lengua desconocida, hecha de destellos. Su escritura no está sola, tampoco, en la Argentina. Nicolás Peyceré, Néstor Sánchez, Juan Gelman o Susana Thénon son, como él, francotiradores, vale decir, niños que se impacientan ante el lenguaje como sistema coercitivo y limitante, y prefieren jugar, desmarcarse, desmontar, a veces con violencia, frases y palabras como si fueran cubos de madera.

No exagero si afirmo que, en Bustriazo, ese trabajo de zapa da lugar a un cisma escabroso. En su caso, la gramática enloquece del todo. Ninguna normativa queda en pie. Dice un poema del libro Los decimientos (1972-73):

ay mi ave azafrana bajo la siesta calcinada mi corazón humeante la esquina achicharrada bajo el hervor del mundo con tu carruaje entretostado mi obsidiana aguileña bajo el florear del mundo ay mi ave azafrana bajo el azul hambre del mundo vámonos a la gruta que más quieras a la más cueva verde y más furtiva bajo el sacudimiento de los nidos ay mi ave azafrana!

Así escribe Bustriazo: tergiversando todo, apostando a un verdadero aquelarre semántico donde la palabra queda liberada de su deber de eficacia para entregarse a una complicidad con el vacío, que es otro nombre de la imaginación. Nada hay que no participe aquí de la revuelta. Adverbios, adjetivos, sustantivos, verbos, prefijos y sufijos: todo se insubordina. Sin contar la variedad de registros lingüísticos que, al combinar las resonancias telúricas con cierta jerga popular y tanguera, y lo castizo más recalcitrante, aumenta la sensación de cataclismo. El resultado es un texto que pareciera calcar, como los geógrafos de Borges, lo incomprensible a fin de ser, puntualmente, la intemperie.

Necesito insistir. No es que estemos, tan sólo, ante una experiencia absoluta del lenguaje, estamos ante una manera absoluta de ver las cosas. Un manifiesto, si se quiere, contra el arte realista que confía en los valores inteligibles. Una confianza en que la escritura no es un instrumento de comunicación sino, más bien, un desorden ostensiblemente enraizado en un más allá del lenguaje. La virtud poética estaría, en este sentido, ligada a la no transparencia, al uso antisintáctico de la sintaxis, al enrarecimiento del sentido y a ese arte de la antirrepresentación que se llama música.

Se recordará que en Contre Sainte-Beuve , Marcel Proust dijo sin ambages que "la única manera de defender la lengua es atacándola". Bustriazo, se me ocurre, refrendaría ese sarcasmo. De hecho, toda su producción es un ataque a la lengua utilitaria y una apuesta a favor de la polisemia y la inestabilidad de los significados. En ese ablandamiento de la materia verbal, que no es otra cosa que una disolución de las formas rígidas, encuentra el poeta pampeano su expresión más propia. Desgravadas al fin de literatura, las palabras se afiebran, retornan a la argamasa embrionaria, ese fondo impaciente donde reside desde siempre "la noche del sentido", vale decir, la presencia de la ausencia.

Macedonio Fernández opinaba que los mejores textos son aquellos en que el lector se va. Se va a escribir, agregaba. La regla es válida en este caso. Dispuestos en largas tiradas encantatorias, inspiradísimos, sin comienzo ni fin, como si un insecto pasara "bordoneando" algunos mantras que nos dejan en un estado de trance o mareo, estos poemas constituyen una verdadera invitación al viaje, al viaje que podría llevarnos al origen. Uno entra en el poema sin saber a qué se expone y una vez allí queda prendado, a merced de una fascinación que va más allá de lo explicable. Lectura venturosa que regala incluso lo que no tiene, con una sensualidad cosida a las ruinas del edén perdido.

Para un niño que juega a inventar palabras, la riqueza es infinita. También aquí el don es generoso y opera afuera de toda contención (convención), acaso porque la totalidad del universo halla su casa en la inminencia de lo decible, no en lo dicho. De ahí la fuerza vital arrolladora de esta poesía, su energía matricial. Y eso, más allá del tono de elegía del sur que a veces contamina sus paisajes y de esa autorreferencialidad curiosa que el personaje autor "Juan" establece a menudo, como si conversara consigo mismo, sin testigos.

En este idiolecto, podríamos repetir con Bustriazo: "qué alegrura de labios no florece". Impecables endecasílabos los suyos, no por escondidos menos altos. Y así lo que leemos -seudonarraciones o monólogos con estribillos o muletillas rítmicas- adquiere un aire de plegaria, de salmo. He aquí el diálogo del mundo. Inocente y dolorido donde "lujea la noche en las orillas enlunadas del plato y del cacharro". Y también cierto aire a después de la muerte, una mirada retrospectiva sobre lo que está siendo sin el sujeto que lo mira: algo así como un Comala pampeano, en llamas y alucinante, abierto a las series de la voz más desgarrada. Oigamos, por ejemplo, esto que leo como autorretrato del poeta como puma:

Por qué canta este puma, cómo canta, si se llora, se miente, se endesierta, Juan, el puma que canta con sonrisas, payador de la piedra, se ensangrenta, payador de la llaga de su boca, por qué paya este puma, por qué tañe, el puma se tañe para adentro, el puma de música volada, él se queda escuchándose las venas, él se canta la sombra, no regresa [...]

Algo se duele, se agranda aquí, por todos lados, se diría que se "sale de madre" para dar cabida a la otredad, como si cayera sobre la llanura, de pronto, una lluvia erotizada:

puma suelta, cachorrita del monte, la niebla sueltísima de nuncas, nieblor ensusurrando, yo le adoro la vida, siento pasos [?] y tu rosa lunluna quién te crece subyugado de sal ella me llueva seducido de sal ella me bese [?]

Y después, como siempre, es el ritmo que manda y las palabras se acoplan, retuercen y desnudan, para que surja el universo "enentreabrido", allí donde "llovía Dios en la noche resplandosa". Y nosotros agradecemos ese dibujo sonoro, que atiende sólo a la forma de su propia música y se bifurca, infinitamente se bifurca para tornarse acontecimiento verbal, "habla lozana" plena de melodía y de rezo, si ambas cosas no son lo mismo.

I Tan huesolita que te ibas

tan envidiada de qué sombras la tierra ardía huesolita

la siesta ardía melodiosa tan como ibas tu sonrisa era

una piedra arrobadora y era otra piedra mi costilla

dulcequeamarga solasola cuajada de alta pedrería eran

tus voces tan palomas eran tus manos piedras finas

guitarra tan azuladiosa eras la piedra que acaricia

piedra te ibas quién te roba última brisa de la brisa o

flauta mía o leja y rota tan huesolita que te ibas tan

de la gracia mucha y poca si cuando vuelvas ves mis

días oh piedra llena llaga

hermosa!

V Te regalé unas cuentas indias

y había un color de aroma hereje tan sobre mí caía el

cielo amarilleaba su piel verde yo sé que labro joya

oscura sólo por vos que me la entiendes porque a vos

te hablo en esta piedra enrumorada de caldenes quién

sino vos me la naciste y en quién sin vos ellas se mecen

te di en la tierra qué colores sonorositos magamente

remotas gemas de collares ascuas de piedras de otras

gentes besos de piedras recobradas entre tus manos

vieja fiebre alegría vieja o amoríos de aquella aquel que

están sin frente te regalé gualicheríos piedras de dulces

redondeles

VI Guardo tus ramas en mi casa

y tan del monte o hijas del árbol entenaditas de la

noche hijas de diablo hijas de santo día me dan su

mancha de oro en madrugadas pencos largos yo me las

traje de tu ausencia son un adiós ensortijado yo me

las tengo creo y creo supersticioso las ensalzo sus

pequeñeces son un mundo terrible y fino desangrado y se

están quietas como piedra briznal piedra de pájaro

quiero decir pájaro seco crucificado en cal y clavos

rama del pájaro bebido corazón del dulcevaciado están

están pena de leña tan piedrosita en mi

costado!

Poemas de Herejía bermeja Ediciones en Danza

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.