El pueblo es el que confiere la autoridad
En el Cabildo Abierto se formó una coalición para lograr lo que la mayoría deseaba: un cambio de autoridades y el comienzo de una nueva etapa
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Los principales sitios en la Sala Capitular del Cabildo Abierto del martes 22 de mayo de 1810 estaban ocupados por las autoridades del Cabildo y por el obispo Benito de Lué y Riega, antiguo militar, que conservaba de su anterior estado un carácter enérgico y autoritario. Un conjunto de voces entremezcladas, expresaban entusiasmo o desconcierto. De pronto, se llamó a silencio y el prelado tomó la palabra. Dijo que aunque quedase un solo vocal de la Junta Central y llegase a América debía ser recibido como la Soberanía. Sus palabras fueron recibidas con desagrado y desaprobación.
Varios intentaron contestarle. Vencida la inseguridad inicial, Juan José Castelli formuló en estos argumentos la síntesis de la idea revolucionaria: desde que el infante Antonio, hermano de Fernando VII, salió de Madrid, caducó el gobierno soberano de España. También, y con mayor razón, había caducado con la disolución de la Junta Central, pues sus poderes eran personales e indelegables. De ello se deducía la ilegitimidad del Consejo de Regencia y la reversión de la soberanía en el pueblo de Buenos Aires, quien estaba facultado para proceder a la instalación de un nuevo gobierno.
El fiscal de la Real Audiencia, Genaro Villota, contestó que sólo la Junta Central tenía los votos de todas las provincias y facultad para elegir la Regencia; que los defectos de esa elección habían quedado subsanados por el reconocimiento posterior de los pueblos, y que el de Buenos Aires, por sí solo, no tenía derecho alguno a decidir sobre la cuestión sin la participación de las demás ciudades. Menos aún de elegir un gobierno soberano, pues ello hubiera importado lo mismo que establecer tantas soberanías como pueblos.
Entre los patriotas se notó cierta vacilación, pero en ese momento se adelantó Juan José Paso, quien, con gran serenidad, comenzó por dar la razón a Villota con respecto a la necesidad de una consulta general a los pueblos del Virreinato, pero agregó que la situación era suficientemente crítica y cualquier retardo podía tornarla peligrosa. Buenos Aires, "la hermana mayor", debía constituir un gobierno provisional a nombre del rey, y luego invitar a los demás para que concurrieran a la formación de un gobierno definitivo.
Según Vicente Fidel López, que oyó de labios de su padre y partícipe en el Cabildo Abierto, Vicente López y Planes, "una prolongada y frenética salva de aplausos ahogó las últimas palabras del orador: y al retirarse a su asiento, con la frente iluminada por el fuego sagrado que hacía circular su sangre, fue rodeado y festejado por todos. "¡Que se vote ¡que se vote!, gritaban" en la asamblea, y en la plaza respondían "¡Abajo Cisneros...!"
En la votación coincidieron por la deposición del virrey representantes de grupos y mentalidades diversas, como el general de marina Pascual Ruiz Huidobro, el jefe de los Patricios, Cornelio Saavedra, Vicente López y Planes y Mariano Moreno, entre muchos otros. El jefe de los Patricios subrayó que no debía quedar duda de que "el pueblo es el que confiere la autoridad o mando". Se había producido una especie de coalición para alcanzar lo que la mayoría deseaba: un cambio de autoridades que despejase el todavía confuso panorama.
Cuando finalizó la asamblea, las galerías del Cabildo se poblaron de exaltadas voces: españoles y criollos, funcionarios y ciudadanos, sabían que lo ocurrido era el anuncio de un próximo e irreversible desenlace.




