
El sabor de la diferencia
El gran sociólogo francés alerta sobre los peligros de la globalización. De acuerdo con el autor de La dominación masculina, si bien se tiene un acceso cada vez más fácil a los hechos culturales, los conocimientos están tamizados por un filtro que tiende a igualarlo todo. La economía de mercado atentaría, según él, contra la diversidad de tradiciones y la creación
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PARIS
"El éxito de las grandes obras culturales de la humanidad ha sido póstumo y es este tipo de obra la que hoy está especialmente amenazada." En esa frase que suena e impacta como una sirena de alarma solitaria podría resumirse el grito que ha lanzado y sostiene con enjundia el sociólogo francés Pierre Bourdieu, desvelado por la globalización.
A los 70 años el "intelectual más influyente de Francia", según lo define The New York Times , ocupa un lugar público con su voz como no lo había hecho antes, más allá de los claustros y de sus polémicos y debatidos trabajos de sociología. Y cuesta imaginar tal repercusión cuando se repara en ese hombre pequeño y amable, vestido de manera informal, asomado apenas entre los libros que desbordan su exiguo despacho en el ala nueva del prestigioso Colegio de Francia, catedral de los intelectuales franceses, donde recibió recientemente a La Nación .
Bourdieu está convencido de que la globalización y la concentración de la producción cultural en grandes grupos empresariales, guiados exclusivamente por la lógica de la rentabilidad, ponen en riesgo la cultura. Por eso ha decidido hacerse escuchar. "Hoy sólo se edita lo que, se supone, tendrá un gran mercado y eso destruye la diversidad de la producción cultural", denuncia.
Su postura, aunque son muchos los que no la comparten, se sostiene en razones que permiten comprender tanto énfasis, en especial después de escucharlo afirmar que "una civilización está en vías de extinción". Pero no es el apocalipsis lo que pregona e imagina. Desprecia que se le diga que puede sonar más cercano a un profeta que a un científico social. Por eso asegura que sólo transmite lo que aprendió de sus estudios sociológicos y que su pensamiento está forjado en minuciosos trabajos de campo. Y no lo detiene, sino que parece azuzarlo, que lo acusen de simplificar en exceso la realidad social o de universalizar conceptos a partir de situaciones particulares de Francia.
Las paradojas son parte de su vida. Es el intelectual cuyo bisturí hendió más impiadosa e incisivamente el corazón de la televisión ("fábrica de fast food cultural" la llamó) y de las grandes corporaciones mediáticas. Pero es también, paradójicamente, quien logra que su voz resuene y altere muchos conceptos asumidos como certezas casi universalmente y quien provoca reacciones que no hacen más que amplificar su voz menuda.
"La mayor parte de los intelectuales franceses y europeos está demasiado sometida a la visión dominante. Por eso lo que digo parece extraño. Pero cada día que pasa es un poquito menos extraño", argumenta convencido, sin ánimo aparente de buscar consuelo. "Poco a poco, yo he pasado de un lugar estrictamente profesional a otro de mayor presencia pública", admite. "Como sociólogo tengo más información que el común de la gente y puedo anticipar cosas que hoy no son visibles para la mayoría. Por eso, tengo el deber de decirlo, aunque temo que cuando la gente se despierte sea tarde, porque la toma de conciencia en cuestiones sociales es extremadamente lenta", explica.
Como hombre de la razón se toma el tiempo necesario para argumentar, para exhibir los hechos que sostienen sus afirmaciones y para que se las considere seriamente. No recurre a conceptos abstractos sino que vuelve al campo en el sentido literal, a sus orígenes de hijo de aparcero. "Hace ya muchos años me criticaron y dijeron que exageraba porque, en una conferencia, afirmé que si se seguían practicando los modos actuales de la agricultura, desaparecerían las diferencias y sería igual un vino de Bordeaux que uno de Borgogna, o que las manzanas tendrían todas el mismo sabor. Ahora, debido a la destrucción de la capa fértil de la tierra, está pasando eso y mucha gente pregunta qué puede hacer. Yo les contesto: reconstruyamos el suelo, porque en la diferencia está el gusto", relata con entusiasmo francés.
El caso es ejemplo y es metáfora. Del cultivo y de la cultura. La globalización, insiste, sólo brinda "un acceso aparente a distintas expresiones de cultura". Esa es su respuesta a la opinión generalizada acerca de que la gente tiene ahora, gracias a Internet y a la televisión satelital, más posibilidades que nunca de conocer manifestaciones culturales diversas. Se conocen más cosas, admite, pero todas pasan por un filtro que las asemeja: "El gusto y el sabor están amenazados, porque todo se limita a producciones de gran escala: la producción de masas mejora la rentabilidad, pero no asegura la calidad ni la diversidad".
"Hace poco me invitaron a dar una conferencia sobre los problemas de la globalización ante productores y dueños de grandes multimedios. Muchos de ellos pensaban de buena fe que la concentración de empresas conformaría conglomerados poderosos y que ese poder contribuiría a difundir la cultura. Yo les dije que estaban equivocados y que si se dieran cuentan de los efectos que causarían probablemente no seguirían en ese camino", afirma sin dejo de ironía alguno, como podría suponerse de este hombre de planteos radicales.
"En el cine está pasando lo mismo, ya no hay más cine italiano, no hay cine húngaro, y el cine francés sólo permanece por la ayuda del Estado. En las películas las diferencias se están borrando igual que entre Borgoña y Bordeaux", continúa siempre sin elevar la voz.
El ejemplo le sirve a Bourdieu para adentrarse en lo que entiende como la problemática central de la producción editorial. "Cada vez las casas editoras están más concentradas, como la casa alemana Bertelsman, que ha acaparado gran parte del mercado y, además, impuso un mínimo de ganancias previstas para editar. Así, habrá muchas obras que no se publicarán y otras serán publicadas, pero no tendrán difusión. Es un regreso al pasado, cuando las obras tenían un éxito póstumo y sus autores no lo podían disfrutar", se queja.
Desdeña y critica el neoliberalismo y juzga peligroso que la producción cultural quede sujeta a la lógica excluyente de los mercados. Por eso, sostiene: "Antes en los Estados Unidos se decía que lo que era bueno para Ford era bueno para los norteamericanos. Ahora todo el mundo dice que lo que es bueno para la economía es bueno para todos, pero no es así. No hay beneficio para todos".
Sus conceptos son contundentes, terminantes. Sin embargo, su tono moderado, de registro de tenor que sucumbió al tabaco, los expresa morosamente. Hace cierta y suya la frase que encontró el argentino Santiago Kovadloff para definirse como intelectual: "Soy un ensayista, un hombre que tartamudea". Sí, Bourdieu tartamudea, pero no es que le cueste pronunciar, no es un problema con las palabras. Son las frases que avanzan y retroceden como si fueran el fruto complejo de una lucha febril de ideas y conceptos en pos de la precisión. Bourdieu se demora en la búsqueda del concepto exacto y no es una cuestión de idiomas, aunque al principio de la entrevista, en un gesto de singular cortesía, empezó respondiendo en un aceptable castellano. Luego, su obsesión por la precisión lo hizo deslizarse, casi sin darse cuenta, hacia su lengua materna. Entonces no dejó dudas: en él la profusión de ideas se debate para transformarse en palabra. Cuando encuentra el tono dispara como un tirador experto, hace centro en lo que quiere decir y sabe que habrá deflagración y que las esquirlas llegarán lejos.
Así, sostiene que el sistema educativo francés está en colapso. "Es un efecto no querido de la escolarización secundaria masiva." Quien lo dice es el mismo hombre que luchó por la educación popular y que realizó enormes trabajos de investigación y recolección de datos para demostrar que la educación pública francesa no era equitativa sino que favorecía a las clases más acomodadas. "El sistema educativo - dice ahora- está debilitado porque las políticas neoliberales no permiten fortalecer el sistema público y eso lleva a bajar las exigencias para reducir gastos. Como la enseñanza de calidad es muy costosa -10 veces más cara por alumno que la enseñanza común- sólo es para las elites. Lo más grave es que ya hay enseñanza de elite de dos escalas: una de nivel internacional, para muy pocos, dominada por las grandes instituciones de los Estados Unidos, que forma a los ejecutivos de las multinacionales, y otra nacional, para las elites nacionales". Su ojos grisáceos, entonces, se vuelven más sombríos y afirma que "los políticos se apoyan en ese sistema elitista, en lugar de combatirlo".
A eso agrega que "en Francia, el universo de científicos y pensadores es pequeño y el sistema favorece la homogeneización, el surgimiento de un pensamiento único. Y para peor, son menos los que se dedican a investigar que los que van hacia el poder. Y los que buscan el poder, para peor, no son los mejores". De allí a la homogeneización de ideas y del discurso, para Bourdieu, hay menos que un paso.
Entonces vuelve al comienzo y al eje de su pensamiento actual: "Los artistas están amenazados por los lobbies y por los grandes grupos internacionales".
Bourdieu reconoce, sin embargo, que la globalización no tiene sólo desventajas, aunque lo resuelve de una manera elíptica y por la negación, muy a la francesa: "En todo caso, la mundialización no tiene sólo ventajas y no hay que olvidarse de que yo hablo en contra del discurso dominante y el discurso dominante no dice lo que yo digo".
Su repuesta es una explicación no sólo de su posición, de sus ideas, sino también de cómo suele presentarlas, del énfasis que pone para expresarlas, de la mirada sesgada con que para muchos analiza el fenómeno de la globalización. "Me acusan de parcialidad y es una paradoja. Quedo como un loco, como un excéntrico porque el discurso opuesto aparece como universal. Según ese criterio, entonces, no sólo soy excéntrico, sino también exagerado".
Y no parece sentirse incómodo en ese papel. Tampoco se muestra tan desesperanzado, aunque a veces suene apocalíptico. Tal vez, porque asume que su función de intelectual consiste en despertar conciencias. A juzgar por la influencia que sigue ejerciendo y la ampliación constante de su auditorio, los resultados no son desdeñables.
Perfil
Actividades: Pierre Bourdieu, nacido en 1930, es catedrático en el Colegio de Francia y en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Dirige la revista Actes de la recherche en sciences sociales .
Obras: EL oficio de sociólogo, Argelia entra en la historia, Los estudiantes y la cultura, Mitosociología, La reproducción, Campo del poder y campo intelectual, Sobre la televisión, Meditaciones pascalianas y Contrafuegos .

