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En la madrugada del 1° de enero de 1872, Tandil amaneció con un episodio que marcaría su historia: la matanza conocida como la masacre de Tata Dios. Liderados por un curandero y predicador popular, un grupo de hombres asesinó a 36 inmigrantes -en su mayoría vascos e italianos, incluyendo a bebés y niños- en una ola de violencia que, según los relatos, se justificaba con un mensaje “divino” sobre el fin del mundo. Detrás del discurso místico, sin embargo, se escondían otras tensiones: el temor de ciertos sectores criollos ante el creciente poder económico y político de los recién llegados, que traían nuevas formas de trabajar la tierra y competían por los espacios de influencia y de decisión.



