
El sonriente atleta del horror
En Si esto es un hombre , Primo Levi retrata a Henri, un muchacho judío poco escrupuloso, que medra en el infierno de Auschwitz gracias a sus artimañas. Ahora Henri, con su verdadero nombre Paul Steinberg, traza en sus memorias, Crónicas del mundo oscuro , el autorretrato del joven que fue, dispuesto a todo para salvar su vida
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Dos miradas sobre un mismo objeto. La primera es la que Primo Levi, en su ya clásica obra Si esto es un hombre , proyecta sobre un muchacho que ha conocido en Auschwitz y a quien llama Henri. La segunda es la que se desprende de un libro titulado Crónicas del mundo oscuro , escrito por Paul Steinberg, el Henri de Primo Levi.
Dotado de un andamiaje cultural importante y de un conocimiento de idiomas que le permiten circular de un lado a otro, el Henri retratado por Levi obtiene privilegios, suscita compasión aun en los más endurecidos, actúa, en fin, como una especie de atleta social, que interpreta con destreza las lógicas de comportamiento propias del campo de concentración. El observador está lo suficientemente fascinado por ese joven, a quien le calcula unos veintidós años, como para atribuirle un hiperbólico poder de seducción psicológica, en un medio en el cual todos parecen haber sido reducidos a sus cuerpos.
Henri le interesa a Primo Levi por el poder que ha logrado acumular. Su presencia, a la vez nítida y enigmática, atrae al italiano que admite haber considerado su compañía agradable y su conversación interesante, aun cuando el muchacho tendiera a irse apresuradamente, con alusiones a encuentros u obligaciones pendientes, en un medio en el que los demás no tenían su capacidad de manipulación, sus oportunidades de contrabando, el acceso a bienes e información.
A pesar de su interés por Henri, el escritor asegura en su testimonio que, si bien le interesaría saber qué se hizo de su vida después de Auschwitz, no desea volver a verlo. Entendemos a Levi: mejor no enterarse de qué triunfos o fracasos aguardaban a una vida después del horror, cuáles fueron las encarnaciones que la normalidad impuso al contorsionista moral que él veía en Henri.
En Crónicas del mundo oscuro , Paul Steinberg despliega su mirada sobre su propia historia, a lo largo de unas doscientas páginas. Ha esperado a jubilarse, para preparar su memoria y emprender la escritura en el momento justo: ese momento en que las imágenes ya han sido decantadas por el tiempo y el testimonio es aún posible porque -como dice- las neuronas no juegan todavía en contra del recuerdo y su transmisión. Steinberg ha leído a Primo Levi y a otros, ha visto las películas de Lanzman y de Spielberg y, sobre todo, está al tanto de algo importante: el destino de Primo Levi después de Auschwitz, porque escribe en conocimiento del suicidio del italiano, otra muerte -dice- para cargar en el continuo de esa náusea, de ese malestar instalado sobre todo lo vivido después de esa experiencia.
¿Y quién fue, en opinión de Steinberg, Henri, ese ser fascinante y amoral, ese hombre de veintidós años según Levi? Ante todo, cuando llegó al campo de concentración, Paul Steinberg tenía diecisiete años, era un adolescente francés con conocimiento de idiomas que, gracias a la casualidad, decidió aprenderse de memoria en Drancy, la primera estación de su cautiverio, un libro de química que más tarde le permitiría hacerse pasar por químico y salvarse así del destino que sufrieron quienes carecían de aptitudes canjeables por tiempo de vida, desde el punto de vista de los nazis. Aunque le sorprende que se le adjudiquen una cultura tan vasta y una red tan extensa de contactos, Steinberg, que sólo recuerda a posteriori haber estado en compañía de Primo Levi, cree que es posible que el escritor haya tenido algo de razón en el retrato que hace de Henri.
Para Steinberg adolescente, Auschwitz era una suerte de escuela. Al recordarlo en sus Crónicas... , su tono es frecuentemente irónico, se refiere al campo de concentración como a un pensionado y evalúa los conocimientos adquiridos, entre los cuales sobresale un desentendimiento de la finalidad de la muerte.
A menudo existe, en los libros de memorias, el recuerdo de un instante, un momento que sobresale con la fuerza de una autorrevelación. En la obra de otro adolescente prisionero en Auschwitz, Eli Wiesel, ese momento se presenta cuando relata cómo, a sabiendas de que la disentería de su padre sería fatalmente agravada al beber agua, se la da. Wiesel presenta ese acto en su desnudez y el lector puede decidir si se trata de una confesión de culpa o de un último gesto de compasión ante el pedido de alguien que, de todos modos, estaba condenado a muerte. En las memorias de Steinberg, el gesto incriminatorio que flotará en su vida, como una herida similar a la que evoca Wiesel, contradice la percepción que los lectores de Primo Levi tendrían de Henri. Se trata de una cachetada.
Gracias a las maniobras que le habían valido un ascenso en la escala del campo de concentración, el joven Paul estaba encargado de vigilar que las camas fueran hechas por los prisioneros. Quien no tuviera la energía para acatar la disciplina impuesta corría peligros extremos, desde el castigo corporal hasta la muerte. Cierta vez, un viejo judío polaco, enfermo y aparentemente indiferente ya a su destino, no se bajó de la cama cuando la orden fue emitida. Steinberg levantó la mano y le dio una cachetada. Su recuerdo se detiene ahí. No sabe si el viejo se levantó, si obedeció o no finalmente la orden. Pero tiene en claro que ese acto de violencia cifra el triunfo en él del mundo de la brutalidad. El privilegio del campo de concentración había operado la transformación buscada: había sido educado. Y -nos asegura- el campo de concentración sobrevive en él como un embrión. Esa imagen, aunque no se repite explícitamente, circula en sus memorias como una clave para su vida posterior.
Steinberg organiza el relato de su internación señalando su progreso en la jerarquía de Auschwitz, casi como lo haría un buen alumno o un empleado de una corporación. Cuando, hacia el fin de la guerra, fue transportado a otro campo, temió volver a ser parte de lo que, en términos del campo de concentración y del Partido Comunista -dice con un guiño-, se denominaba "las bases". El embrión del campo de concentración no sólo imanta su propia experiencia sino que, y de esto está seguro, da sentido a la muerte de Primo Levi. La cachetada que vuelve como un boomerang en el recuerdo cercenado (y que fue parte de un libro anterior jamás publicado) es el sentido último de la pedagogía del campo de concentración, su diploma.
Y aun así, Crónicas del mundo oscuro es un libro extrañamente optimista, narrado con el suspenso de una novela picaresca: hambre, frío, desamparo, encuentro de un protector, el joven que finalmente vence los peligros y sale victorioso y transformado de sus aventuras. La voracidad de aprendizaje de Steinberg persiste incluso en las peores condiciones físicas: habla de reuniones de "concierto", en las cuales se silbaban y tarareaban sinfonías enteras cuya evocación lo llevaría, años más tarde, a comprar grabaciones de esas obras.
Pero el vuelco más revelador acaso sea otro. Pienso en el destino de un afrancesado judío alemán que, celoso de sus manuscritos, logró salvarse de esas miserias. No conoció Auschwitz, no fue sometido a las decisivas humillaciones de los campos de concentración y no obstante, cuando habría podido cruzar la frontera y afirmar su condición de ser libre, con todas sus dudas y certidumbres, el pensador Walter Benjamin, se suicida.
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