
El tiempo mesiánico
EL TIEMPO QUE RESTA Por Giorgio Agamben-(Trotta)-Trad.: Antonio Piñero-183 páginas-($ 70,27) LO ABIERTO Por Giorgio Agamben-(Adriana Hidalgo)-Trad.: Flavia Costa y Edgardo Castro-179 páginas-($ 29)
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¿Podría decirse que una de las claves de comprensión de la época moderna occidental es el mesianismo? Desde el punto de vista religioso, sí. Para la mayor parte del judaísmo, el Mesías aún no llegó y estamos a su espera. Para el cristianismo, el Mesías llegó hace tiempo: fue Cristo, de quien los fieles esperan una segunda venida para dar comienzo al reino de la salvación. Pero desde el punto de vista secular también: nuestras sociedades modernas quizá no estén regidas tan directamente por la religión como en otros tiempos, pero siguen contando el tiempo a partir de la llegada del Mesías. Hacer que cada año que pase sea "después de Cristo" es un conteo que no sólo marca el comienzo de la historia en un episodio religioso, sino que también sugiere algo que vendrá. La Revolución Francesa fue tan consciente de esta larga sombra religiosa sobre lo moderno que intentó cambiar el calendario y recomenzar de cero: en lugar de 1793 se ubicaba el año 1, en lugar del mes de enero, o de febrero, se ubicaba el mes de Germinal o de Termidor.
En Lo abierto y El tiempo que resta , el filósofo italiano Giorgio Agamben desglosa la compleja trama de lo mesiánico en el pensamiento occidental y se sirve de ella para exponer algunos de sus temas recurrentes: la preeminencia del estado de excepción como lógica jurídico-política, la posibilidad de una acción humana que consista paradójicamente en la "inoperancia", la variación en torno del tema de la biopolítica desplegado originalmente por Michel Foucault. La unidad de estos textos está en su dispersión de estilos. Lo abierto se presenta como viñetas que a lo largo de varios momentos de la historia occidental construye la particular relación entre el mesianismo y la animalidad. El tiempo que resta. Comentario a la Carta a los romanos despliega, a lo largo de 140 páginas escritas a partir de cuatro cursos diferentes y divididos en siete religiosos días -ni seis ni ocho- una minuciosa hermenéutica de las primeras palabras de la Epístola a los Romanos de San Pablo: "Pablo, siervo de Jesús mesías, llamado apóstol, separado para el evangelio de Dios".
Lo abierto comienza con el Mesías judío. Una Biblia hebrea del siglo XIII contiene escenas que representan el banquete de los justos -aquellos que siguieron las prescripciones de la Torá- en los tiempos del Mesías. Pero los justos no parecen hombres, sino que tienen rostros de águila, buey, león, asno, pantera. Es como si en el último día de este, nuestro reino, lo que cambiara fueran las relaciones entre los animales y los hombres, hasta hacerlos indistinguibles. Agamben, al contemplar estas escenas, encuentra el modo en que lo mesiánico señala una de las obsesiones del mundo político de Occidente, que es la diferenciación entre el hombre y el animal, y que está en la base del problema de la biopolítica: qué significa percibir lo animal en el hombre y qué se puede deducir de ello a lo largo de la historia. En las viñetas de Lo abierto encontramos a filósofos (Aristóteles, Alexandre Kojève), pensadores inclasificables (Pico della Mirandola, Georges Bataille), teólogos (Tomás de Aquino) y biólogos y naturalistas (Linneo, Ernst Haeckel, Jakob von Uexhüll) jugando al equilibrio en el interior de lo que Agamben llama la máquina antropológica, "un dispositivo irónico que verifica la ausencia para Homo de una naturaleza propia, manteniéndolo suspendido entre una naturaleza celeste y una terrena, entre lo animal y lo humano; y por ello, siendo siempre menos y más que sí mismo".
Sin embargo, la máquina antropológica también tiene su comienzo en el Mesías cristiano. Pablo hace alusión a "la impaciente espera de la criatura en pos de la redención", y en esa criatura cabe tanto el animal como el hombre. ¿En qué consiste esa espera, y por qué es impaciente? Quizá sea necesario apartarse por un momento de los textos religiosos que analiza Agamben para volver al sentido común, allí donde hablar de algo o alguien "mesiánico" supone algún tipo de desdén hacia algo imposible de cumplir, cuando no es directamente un insulto en el terreno político. O tal vez se pueda hablar de uno de los sentidos del término "mesías" para la Real Academia Española: "sujeto real o imaginario en cuyo advenimiento hay puesta confianza inmotivada o desmedida". Una espera impaciente, una esperanza desmedida: lo mesiánico definitivamente no goza de prestigio.
Agamben ve en Pablo una definición y una vivencia del Mesías que permite iluminar de otro modo todo lo mesiánico que hay en lo moderno a pesar de que éste quiera conjurarlo. Quizás el mejor ejemplo sea la etimología de la diferencia entre lo mesiánico y la ley. El verbo paulino para referirse a esta cuestión es katargeín , "hacer inoperante, desactivar, suspender la eficacia". Pero, en su Biblia, Lutero traduce este verbo por Aufheben , que significa tanto abolir como conservar. Aufhebung será en la dialéctica hegeliana nada menos que la superación de la tesis y la antítesis en una instancia superior, de manera que "no sólo el pensamiento hegeliano -escribe Agamben- sino toda la Modernidad está empeñada en un cuerpo a cuerpo hermenéutico con lo mesiánico, en el sentido en que todos sus conceptos decisivos son interpretaciones y secularizaciones más o menos conscientes de un tema mesiánico".
Es fundamental el sentido de este "cuerpo a cuerpo" pues implica la torsión en el tiempo mesiánico que soporta esas impaciencias y desmesuras. El tiempo mesiánico de Pablo es el tiempo en el que el Mesías ya llegó; un tiempo no cronológico, suspendido, en el que se vive "como si" en el mundo ese tiempo continuara, aunque se sabe que no es así. El tiempo mesiánico de Pablo "no es el final del tiempo, sino el tiempo del final", "una porción del tiempo profano que sufre la contracción que lo transforma íntegramente". Se trata del tiempo que resta a ese tiempo que ya no pasa. A través de la deriva por Lutero y por Hegel, Agamben muestra de qué modo esa contracción del tiempo se pliega sobre sí misma para volver a desplegarse bajo el tiempo cronológico. Abundan las referencias al marxismo porque constituyó, en la estela de la Revolución Francesa, el intento de recomenzar el tiempo para despegarlo de la suspensión mesiánica. Allí donde había redención habrá revolución, y allí donde había un apóstol -que vive en el presente mesiánico- habrá un profeta, quien sitúa lo mesiánico en el futuro.
El fin de la historia sobre el que tanto se habló en la década del 90 estaba basado en el supuesto fin de la intensidad revolucionaria, y estaba previsto por Kojève, intérprete de esta imagen hegeliana, como el momento en que el hombre retornaba a la animalidad. Así, poshistoria y biopolítica coinciden en el mismo plano. Con la obra de Heidegger como telón de fondo y con la de Benjamin como inspiración y destino, Agamben quiso abrir este plano para preguntarse si aquel Mesías que iba a llegar ya llegó, nunca llegará o ya había, desde siempre, llegado; si hay por delante otro tiempo mesiánico o si nunca hubo alguno. Quizá todos los caminos conduzcan a Friedrich Nietzsche: no por nada su Zaratustra invierte a Jesucristo, no por nada dedicó tantas diatribas contra San Pablo, y no por nada su evangelio se saca de encima la sombra mesiánica para alumbrar al Superhombre.
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