
Emmanuel Carrère y Leila Guerriero, un intercambio virtuoso en la Facultad de Derecho
Más de 800 personas asistieron al encuentro “Emmanuel Carrère en primera persona” realizado en el marco del Filba
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Más de 800 personas colmaron ayer, desde las 20, el imponente salón de actos de la Facultad de Derecho de Buenos Aires para recibir a Emmanuel Carrère, el autor francés que desde hace dos días tiene revolucionado al mundo cultural porteño. Emmanuel Carrère en primera persona fue el nombre del encuentro que el autor de libros como El adversario, De vidas ajenas, Limónov y su más reciente obra, Koljóz, mantuvo con Leila Guerriero en el marco de la 18ª edición del Filba (Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires). Se sabe: Carrère despierta devoción entre sus lectores, dispuestos a aplaudir su presentación como si se tratara de una estrella de rock que, fiel a su estilo, respondió a la ovación filmando al auditorio con su celular.

Lo cierto es que, a lo largo de los años, Carrère construyó una obra nutrida de vidas ajenas, historias familiares, tragedias y obsesiones políticas. Y cada libro, de una u otra forma, parece volver sobre la misma pregunta: ¿puede un escritor apropiarse de la experiencia de los demás y convertirla en literatura? “Su prosa es contagiosa, sus textos están repletos de una electricidad que demuestra deseo por el mundo”, lo presentó Guerriero, quien destacó especialmente su singularidad: esa mirada narrativa atravesada por la ambivalencia de acercarse a los demás para comprenderlos y, al mismo tiempo, desconfiar de sí mismo.
“Es cierto, tengo una tendencia a desconfiar de mí mismo”, destacó el escritor, que se tomó su tiempo para pensar las respuestas, respaldado por el mecanismo de traducción simultánea al que también accedieron los asistentes mediante dispositivos entregados para la ocasión. “Hay dos tipos de cronistas: están quienes quieren dar su opinión, hacer análisis, editorializar su trabajo, y están quienes ven las cosas, lo concreto de las personas. Yo me ubico en este segundo grupo; desconfío siempre de dar mi opinión”, dijo Carrère.
Podría decirse que el escritor hizo de ese movimiento una poética, pero también un campo de batalla moral. En este sentido, uno de sus libros más representativos es El adversario, donde reconstruye la historia de Jean-Claude Romand, un hombre que durante años fingió ser médico hasta que su mentira quedó al descubierto y asesinó a toda su familia (mujer, padres e hijos). Carrère lo contactó en la cárcel a través de una carta y mantuvo con él varias conversaciones. Durante la charla, Guerriero retomó ese intercambio epistolar, incluido en el libro, y destacó su “falta de complacencia”.


Acostumbrado a la exposición y el autorreproche público, sin embargo, Carrère la refutó con resignación elegante: “Hubo una complacencia no voluntaria de mi parte, porque en la carta yo no dije ‘lo que usted hizo sino ‘lo que a usted le pasó’, como si Romand fuera víctima de una tragedia”, compartió con el público.
“¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Qué pensarán mis hijos de mí?”, eran las preguntas que lo atormentaban durante la escritura. Tras la publicación y el éxito de El adversario, sin embargo, Carrère entendió algo que lo tranquilizó: sus lectores fueron capaces de proyectarse en la historia. “No en el crimen, sino en el sostener una mentira a fin de acomodar la propia vida a las apariencias y terminar atrapados en ese engranaje”.
Lo suyo no es una atracción por el mal en sí mismo, agregó, sino la posibilidad de realizar un retrato de las personas, ese objeto narrativo que domina con maestría. “Yo no me pongo en el lugar de los personajes, intento comprenderlos”, detalló. No hablaba solo de El adversario sino también de Limónov, el libro que aborda al escritor y disidente ruso Eduard Limónov y lo refleja como una figura tan excesiva que parece inventada. Claro que Carrère va un poco más allá, porque la novela es el personaje pero es, también, el siglo que lo atraviesa: la caída del comunismo, las ruinas ideológicas, la violencia y el desconcierto de una época.

De vidas ajenas, publicado en 2011, retrata casos extremos que van de las tragedias naturales como el tsunami de 2004, hasta enfermedades terminales que marcan los límites de la condición humana. Este es, para Carrère, su libro “menos neurótico”, ya que los mismos protagonistas le pidieron que lo escribiera. Aún así, como señaló Guerriero, se permitió exponer las propias miserias en un despliegue magistral de escritura, como los celos que sintió cuando, en el hotel de Tailandia donde se alojaban, su mujer acompañó durante un día entero a un padre que había perdido a su hija de tres años en el tsunami.
Con la confianza propia de un oficio desplegado con maestría, Guerriero indagó, también, en los períodos de depresión y bloqueos creativos, dándole a Carrère el pie para hablar de Una novela rusa. En ese libro, el escritor decidió contar una historia que le pertenecía tanto a él como a su madre (la reconocida historiadora Hélène Carrère d’Encausse) pero que, justamente por eso, lo hacía sentir frente a Medusa y que lo “petrificaba”. Sucede que la trama gira alrededor de su abuelo materno, un hombre acusado de colaborar con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, desaparecido al finalizar el conflicto. La familia había convertido aquel pasado en una zona de silencio y la madre de Carrère no quería que se escribiera sobre eso, pero él lo hizo. Sabía que podía herirla, pero también sentía que debía contar esa historia. Las consecuencias personales se hicieron sentir, pero paradójicamente, fue esta escritura “problemática” la que lo sacó de una manera “violenta y transgresora” de la depresión. Por eso, dice Carrère, le salvó la vida. Aunque el mismo escritor admitió que en ese relato maltrató a su madre y a su pareja de aquella época, el libro “provocó problemas pero no catástrofes y me permitió volver a ponerme en actividad”.

Con el tiempo, incluso, su madre terminó aceptando la publicación. “Cuando vio que no sucedió nada se sintió liberada, terminó diciéndome que había sido una buena idea escribirla y publicarla”, dijo Carrère.
La escena podría funcionar como una metáfora de toda su obra, que avanza ahí donde otros prefieren callar. No lo hace para denunciar ni para absolver, repite, sino para entender.
Ahora, acaba de publicar Koljóz, escrita tras la muerte de su madre. Si allí cuenta la historia de Hélène y su familia lo que se narra es, también, gran parte del siglo XX. Hija de emigrados georgianos y rusos, la madre del autor padeció las consecuencias de la Revolución antes de convertirse en su historiadora. Por eso Koljóz conjuga Historia e intimidad en temas como la aristocracia rusa en el exilio, la neurosis, el amor trunco y el vínculo con los hijos.
Fue precisamente ante la muerte de su madre, durante la etapa de agonía y cuidados paliativos, cuando Carrère encontró sus aspectos más positivos. “Mi madre tuvo una muerte admirable, estoica –detalló en la charla-. La muerte es la coronación de una vida y la suya, que duró varios días, tuvo este matiz particular, me provocó admiración y me impulsó a escribir. Sentí que estaba viendo lo mejor de mi madre y que eso merecía ser contado. Es un libro de duelo, pero lo escribí sumergido en una tristeza suave, tengo una relación afectuosa con este libro”, dijo el escritor, que también mencionó la palabra “redención” para referirse al proceso.
La escritura, para Carrère, es en definitiva un vehículo, una herramienta, una forma de vida. Por eso, cuando Guerriero le preguntó, finalmente, si pensaba dejar de escribir en algún momento la respuesta fue un “no” contundente. “No sé qué otra cosa podría hacer, me encanta escribir. ¿Por qué me privaría de lo que me hace feliz? La escritura es mi instrumento de conocimiento, mi acceso a lo real”.



