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ESTAMBUL.– Subir una escalera que no conduce a ninguna parte. Cruzar una entrada entre espejos que obligan a movernos con extremo cuidado. Abrirse paso entre cortinados con cientos de pequeñas cuentas. Reparar tazas y platos hechos añicos. Escribir un deseo y colgarlo de un árbol, pensar una dedicatoria para nuestra madre o imaginar la paz sobre un mapa del mundo. En el universo de Yoko Ono, las acciones más sencillas pueden desatar inquietudes contundentes.


