
En búsqueda del círculo perfecto
La esfera es un símbolo recurrente en la producción de Gabriel Orozco. Según el artista mexicano, el arte debe provocar una experiencia intelectual y sensual "que nos abra y nos permita seguir circulando emocionalmente por el mundo"
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Las retrospectivas obligan a mirar atrás. ¿Qué ves en el recorrido de veinte años de la muestra?
-Mis limitaciones y algunos objetos que aún me intrigan. Y mucho espacio vacío para maniobrar y trabajar. En el montaje estaba más preocupado por el espacio entre las obras que por las obras en particular. Creo que no me encerré en mí mismo. Creo que me importa suficientemente poco lo que veo y eso me permite seguir trabajando con cierta tranquilidad. Ya veremos qué veré después...
-La itinerancia, la falta de estudio y la atención al tiempo y el espacio en el que estás viviendo son esenciales en tu trabajo. ¿Trasladar la experiencia privada de lo que sucedió en otra parte a la galería o el espacio público es un obstáculo o un desafío?
-Es el gran desafío. Es ahí donde comúnmente el arte ya no llega a suceder. Donde el asombro por la inteligencia, que algunos llaman lo poético, se desvanece. En ese traslado de lo privado a lo público se mide el coeficiente intelectual de una obra de arte. Casi cualquiera puede hacer lo que sea en un espacio privado. Pero muy pocos pueden hacer lo que sea en un espacio público y motivar a los demás. Producir un momento de asombro comunitario desde una iniciativa privada real, vulnerable, que no utiliza a las autoridades tecnológicas o económicas para su propósito de convencimiento, es francamente difícil. El trabajo en el estudio me aburrió por su aislante intimidad y, al mismo tiempo, la vida pública localizada o estática me dio vergüenza. Mi trabajo sucede en el cada vez más limitado tiempo anónimo de la cotidianidad pública. Busco el tiempo para la obra de arte. El espacio importa menos. De hecho, a veces estorban tantos espacios para el arte...
-En la retrospectiva se incluyen algunas de tus obras más audaces, pensadas como intervenciones para una ocasión y un lugar específico, como la Caja de zapatos vacía o las Tapas de yogur . ¿Cómo las ves ahora en las salas del MoMA?
-Vacías, muy bien.
-La diversidad de tu obra, la imposibilidad de reducirla a medios o prácticas determinados complica la tarea de los críticos. Sin embargo, hay algunas constantes: los círculos, las esferas, los movimientos del caballo de ajedrez. ¿Son sólo principios estéticos o hay algo por detrás de esas pautas recurrentes?
-Necesitaba una no forma o un espacio o un punto sin diseño que me permitiera moverme incesantemente en el tiempo, sin tomar ninguna decisión espiritual o histórica o superficial de estilo, identidad o técnica, y que funcionara gráficamente para apuntar o enfocar mi atención hacia el centro de lo que sucediera ante mi cuerpo, desde una hoja de papel blanco hasta una ballena gris, y el círculo, para un ateo como yo, resultó muy útil.
-Es difícil imaginar cómo empiezan y cómo terminan tus obras. ¿Qué debe tener una obra para que funcione?
-A partir de una experiencia de enamoramiento real, tiene que abrir un espacio de relación sin prejuicios para intentar cerrarlo en el tiempo con un final feliz. Generar un círculo perfecto de experiencia intelectual y sensual que sea a su vez un túnel, o un paseo, que nos abra y nos permita seguir circulando emocionalmente por el mundo. Establecer una relación de amor que funcione, aunque sea con objetos inanimados.
-La reaparición de la pintura ha desconcertado a muchos críticos. ¿Qué buscás en la pintura que no encontrás en otros medios?
-Desconcertar a los críticos. Quería estar solo y abstracto moviendo sin mezclar los colores primarios del mundo. Además, necesitaba observar si mi código geométrico basado en el ajedrez, algo infantil y absurdo y por completo arbitrario, funcionaba también para lograr un ícono medieval ateo. Yo no las veo como pinturas realmente, sino como móviles planos. Son, para mí, diagramas que describen un comportamiento tridimensional, sólo que están hechos con partículas de polvo de color adheridas a huevo a una hoja de oro sobre un tablón de madera. De hecho, son relieves entre el polvo plano bidimensional, el pigmento, y el brillo, la ilusión tridimensional, de la hoja de oro. En fin, son muchas cosas para mí, no sólo pinturas...
-Nunca faltan en las entrevistas preguntas por la identidad, que de manera más sesgada o más obvia tratan de cuantificar la mexicanidad de tu obra. Me gusta mucho un intercambio reciente con Benjamin Buchloh en el que después de formular el problema de muchas maneras, te pregunta cómo lidiás con esas cuestiones. Tu primera respuesta es categórica: "No lidio con esas cuestiones". ¿Es así de tajante a estas alturas? ¿O hay circunstancias que a veces las reavivan?
-Nunca me acuerdo de que soy mexicano, aunque tampoco se me olvida. Tengo la ventaja de que no me lo recuerden mucho, en parte porque no parezco solamente mexicano, en parte porque no me junto con gente que se fija mucho en la nacionalidad para identificarse con alguien. Tengo la desventaja de que me creen italiano o francés o árabe, a veces brasileño. ¡Yo, que quisiera ser argentino! Caminando por la India creen que soy de allá. Y mi comida favorita es la japonesa. No sé, en el arte me pasa igual... ¿Qué te puedo decir? Sólo que ése no es mi problema.
-¿Qué te atrae del arte contemporáneo? ¿Dónde encontrás sintonía?
-Dentro de mi escepticismo generalizado me asombra cuando un artista hace algo afortunado, o exitoso, con pocos recursos materiales, sin dinero, sin poder, sin querer casi. Sin intención de imponerse al que lo observa o de convencer a las masas. Hay mucho del arte contemporáneo que lo ha convertido en un instrumento del abuso de poder. Pero a veces me encuentro con algún objeto o imagen que por su economía me llama la atención y me detengo a contemplarlo? Entonces pienso: ¡qué buen artista soy! ¡Pero leo los créditos y no soy yo! Carajo. Curiosamente no me deprimo, sino que me da gusto ser coautor anónimo. Es asombroso el espejismo de profunda generosidad del espectador como coautor de una obra que definitivamente es suya aunque esté firmada con otro nombre...
-"La historia completa de la importancia de Borges para los artistas aún está por escribirse", escribió Briony Fer a propósito de tu obra. Sé también que los libros de Borges te acompañan a todas partes. ¿Qué has encontrado en su obra?
-Desde que estaba en la academia en México, a principios de los años 80, Borges me hizo mucha compañía en mi alejamiento del arte y de la literatura neomexicanista. La fantasía filosófica de sus cuentos me transportaba a campos de la imaginación mucho más reales y productivos que las exóticas islas emocionales de nuestros laureados poetas mexicanos. Sus ensayos son tan buenos que, aunque me importe un comino de qué está hablando, los disfruto como si necesitara saber de eso. Con el tiempo, desde fines de los años 80, Borges se ha hecho muy importante para muchos artistas y teóricos del arte contemporáneo en el mundo. Me da lástima y un perverso placer que muchos de ellos no lo puedan leer en español? Una de cal por las que van de arena...
-Hay una palabra que aparece mucho en tus diarios e incluso da título a una obra: estela. ¿Qué estela querrías que dejara tu arte?
-Lo que deja cualquier estela: el espacio abierto después de la turbulencia temporal que provoca un vacío para que otros lo crucen.
© LA NACION
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