En el país de las maravillas

LIBRO DE LOS PRODIGIOS Por Ema Wolf-(Norma)-135 páginas-($ 12,60)
Susana G. Artal
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12 de octubre de 2003  

Como es sabido, desde los tiempos más remotos, la muy selecta orden de los prodigios ha albergado con generosidad a seres, objetos, hechos o lugares, con la sola condición de que manifiesten alguna(s) cualidad(es) extraordinaria(s), algo que, como nos aclara el diccionario, les permita exceder "los límites regulares de la naturaleza". Por supuesto, es propio de la excepcionalidad adoptar las formas más variadas; no obstante, por diferentes que sean, todos los prodigios parecen compartir un secreto poder: el de suscitar irresistibles deseos de reunirlos, coleccionarlos, atesorarlos con fruición. Para comprobarlo basta recorrer las páginas de los Mirabilia (libros de maravillas) medievales, las de muchos relatos de viajes a comarcas poco conocidas o imaginarias o visitar esos Gabinetes de Curiosidades donde poderosos señores, como el zar Pedro el Grande, acumularon piezas que, a menudo, terminaron por alimentar las salas de museos. Es una suerte que a ese hechizo haya sucumbido una escritora tan brillante y sensible como Ema Wolf, autora, entre otros, de Historias a Fernández , La aldrovandra en el mercado , Los imposibles , ° Silencio, niños!, Barbanegra y los buñuelos , Nabuco y Pollos de campo , libros que le valieron distinciones como el premio Konex, el Primer Premio Nacional de Literatura Infantil (1999) y su nominación para el premio Andersen en los años 2001 y 2003.

En efecto, su Libro de los Prodigios brinda el marco ideal para encontrar una piedra errante, gatos de arena, una simpática cruza de topo y alcaucil, una santa barbuda o ciudades donde los objetos tienen la costumbre de cambiar de forma. En sus páginas, las miradas pueden intercambiarse a un punto tal como para que Leonardo contemple como un milagro el mismo fenómeno que Jesús mira con ojos de hombre de ciencia, o que un informe "científico" corrija la confusión de quien cree haber avistado un ave en lugar de reconocer un ángel hecho y derecho. Para construir ese marco, Wolf no ha escatimado en invertir los materiales más nobles: un lenguaje rico y preciso, una imaginación fecunda, ese difícil y exquisito equilibrio entre el lirismo, el humor y la ternura, y sobre todo, el placer sibarítico de una lectora que ha sabido trasmutar sus muchas, muchísimas lecturas en una escritura propia y original mediante la cual, como anfitriona generosa, nos invita a compartir y saborear los resultados de sus búsquedas por los amplios territorios de la literatura.

Las pistas de los recorridos que permitieron a Wolf recolectar sus prodigios están sembradas en sus textos. Poco importa que no todas ellas sean igualmente conocidas para el lector. No sólo porque no es indispensable recordar a T. S. Eliot para disfrutar al leer que los gatos tienen tres nombres, sino también porque al modo de los carteles que ofrecen otros rumbos al viajero, esas referencias convocan a nuevas exploraciones. No en vano el "mapa cerebral" con que concluye este libro se cierra con un agradecimiento al cartógrafo Toscanelli, a quien se atribuye haber trazado el mapa que guió a Colón.

Es de desear que el Libro de los Prodigios de Ema Wolf logre sortear las barreras que ciertos circuitos comerciales imponen a las obras que, como bien definía Maite Alvarado, lejos de ser infantiles son Literatura con mayúscula, esa que también los niños pueden leer.

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