
Entre el escepticismo y lo absoluto
En su nueva novela, El héroe anónimo (Seix Barral), Rodolfo Rabanal narra las inesperadas peripecias por las que pasa un aspirante a ensayista durante el Mundial de Fútbol de 1978. Por medio de ese personaje, tocado por la tragedia, describe con sutileza los efectos decisivos que la política y el clima social tienen sobre la vida de un individuo
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"En la vida hay encuentros irreparables." Pablo pesca la frase en una conversación ajena y la anota en su cuaderno, uno de los tantos cuadernos en los que registra minuciosamente hechos y reflexiones, lo que le pasa a él y lo que les pasa a los otros en junio de 1978, en Mar del Plata, donde la euforia colectiva que despierta el Mundial oculta los aspectos más sombríos de la dictadura militar. Esos cuadernos escritos en primera persona son la materia de El héroe anónimo , la nueva novela de Rodolfo Rabanal, publicada por Seix Barral.
A los 33 años, Pablo sobrelleva la rutina de un trabajo que no le interesa y se esfuerza por desarrollar una incipiente vocación literaria. Todo en su vida lo aborda con cierta indolencia, con una tibieza de espíritu de la que sólo lo arranca el romance que mantiene con la médica que atiende a su padre. Tal vez porque en el fondo intuye que una de las posibilidades de la pasión es la tragedia.
Tratando de escribir y de alejarse de la brutalidad de la que ha sido testigo en las calles de Buenos Aires, Pablo se instala en Mar del Plata para trabajar en un ensayo sobre el Infierno de Dante, sin sospechar hasta qué punto conocerá el infierno propio, a partir de uno de esos encuentros "irreparables" que ocurre en el bar donde reina la Gorgona, en la versión de Rabanal, una prostituta decadente y siniestra.
"El origen de esta novela está en apuntes que yo había tomado en junio de 1978, durante el Mundial, en Mar del Plata", cuenta el autor de El apartado , desde su casa, en Uruguay. "Luego me desentendí de ellos durante algún tiempo hasta que los encontré hace poco. Por eso la novela se impuso en este momento."
Como Pablo, también Rabanal había intentado evadirse de la atmósfera opresiva que se respiraba en Buenos Aires. "Yo estaba terminando mi segundo libro, Un día perfecto . Entonces, una tía mía me cedió su departamento en Mar del Plata para que estuviera solo. Ingenuamente pensé que en Mar del Plata estaría más tranquilo. No fue así. Allí todo estaba como en Buenos Aires. Esa cosa se proyectaba a todo el país." La "cosa" era la dictadura y sus consecuencias de miedo, muerte, crueldad y silencio. "Hay quienes han visto en esta obra una novela política. No lo es. El contexto es históricamente político, pero el texto trata, en verdad, de los efectos que la política puede tener sobre el individuo en un momento muy particular y especial como lo fueron los años 70."
En sus cuadernos Pablo desliza la certeza de que le ha tocado ser joven en el momento inadecuado. Su melancolía, probablemente incentivada por la desconfianza hacia la violencia que marca el espíritu de la época, le impide inclinarse hacia el heroísmo que parecen reclamar la hora y los jóvenes de su generación. En ese sentido, Pablo es un típico personaje de Rabanal, como los que se pueden ver en La vida brillante , El pasajero o La mujer rusa : valora el heroísmo -y hasta es capaz de realizar actos heroicos- pero lo juzga con escepticismo.
"En general, mis personajes sienten que los grandes hechos no son tales. Creo que el heroísmo pertenece al mundo romántico, que es un mundo perdido. Pablo sufre un reto de carácter ético. En ese sentido, estamos ante una forma del existencialismo ético. Un compromiso con una persona lo puede llevar eventualmente a la tragedia en un contexto político particular. Eso es lo que pasa. La mirada de Pablo hacia el heroísmo es escéptica y en algún punto también melancólica, porque es imposible que un hombre de ese talante, un joven intelectual, no tenga alguna añoranza romántica. No hay que olvidar que viene de los años 60, del mayo francés, del Cordobazo. De un montón de cosas que están muy ligadas al romanticismo. El suyo no es el mundo de la posmodernidad, donde lo único que importa es el interés. Ahí está la diferencia: hasta hace algunos años se podía creer en algunos principios y en algunos valores, aun cuestionándolos. Hoy, hasta parece ridículo cuestionarlos porque han sido borrados. Lo que queda es la inmediatez, las cosas concretas como la respetabilidad, en el mejor de los casos, y el éxito, en el peor. Esto es más común hoy de lo que era en mi juventud."
Rabanal comparte la posición de Pablo. "En aquellos años yo tenía una actitud vacilante. Por un lado, era un escéptico, pero un escéptico no es un nihilista. Un escéptico tiene una mirada crítica, un nihilista, no. Nunca fui heroico ni intenté serlo. Sin embargo, aquella juventud militante, la gente que asumió esos compromisos definitivos, evidenciaba algo que para nosotros hoy es un poco ajeno: que todos estábamos más cerca de lo absoluto que de lo relativo, tanto en términos filosóficos y sociopolíticos como religiosos."
A lo largo de la novela, Rabanal va dejando caer indicios del destino que aguarda a Pablo. Uno de ellos tiene claras resonancias sartreanas: una mosca gorda y repugnante, como los bichos funestos que dan nombre a la pieza de Sartre, se le aparece en un bar, en pleno invierno. "Por qué ha aparecido esta mosca en medio del frío, qué miseria la atrae", se pregunta Pablo. A partir de entonces se hace transparente su identidad de Orestes contemporáneo. Avanza ignorante de que "al final del camino lo espera un acto, su acto", en esa Mar del Plata que, como la Argos que concibió Sartre, es una ciudad dominada por el miedo y habitada por seres a quienes su silencio ha convertido en cómplices pasivos del crimen institucionalizado en el poder.
Rabanal se sorprende al reconocer esos ecos de Las moscas en su novela. "Qué curioso, todo eso es verdad, pero nunca tuve a Sartre en mi horizonte mientras escribía esta novela, y eso que soy un gran lector suyo, como toda mi generación, al igual que de Albert Camus, por quien siempre sentí un afecto muy grande, quizás mayor que el que sentí por Sartre. No pensé en él para nada a la hora de hacer este libro pero, claro, ¿qué es aquello en lo que no pensamos? Tal vez esas vivencias tan profundamente arraigadas en uno que aparecen solas en el momento adecuado. Estamos hechos de todo lo que hemos leído. La literatura, cuando es de verdad, siempre nos revela algo del mundo. Si renuncia a esa condición, pierde su razón de ser. La literatura tiene que tener algo que perturbe y fascine, y que, al mismo tiempo, deje al lector la posibilidad de ejercer su criterio. Si no da eso, no sirve."
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