
Epistemología y moral
ARGUMENTOS FILOSOFICOS Por Charles Taylor (Paidós)382 páginas - ($ 36
1 minuto de lectura'
A lo largo del siglo, la migración de pensadores europeos y poscoloniales (la corriente neonietzscheana, los heideggerianos, los neomarxistas) contribuyó a que los campus norteamericanos se convirtieran en el ágora preferida de la nueva crítica cultural. El encuentro con la tradición cartesiana y liberal modificó esa cierta complacencia en que unos y otros descansaban. De ahí que el renovado ejercicio teórico entre liberalismo y comunitarismo, o entre particularismo y universalismo (en un mundo en que se articulan como pueden modernidades alternativas y mercado globalizado), se haya instalado tan a gusto en las universidades de los Estados Unidos y en las de Canadá, donde Charles Taylor es una de las voces más interesantes.
En su última obra, Argumentos filosóficos , una suma de ensayos sobre el conocimiento, el lenguaje y la marcha de la modernidad, este canadiense de Quebec se interna en la serie de los debates intelectuales de las últimas décadas y, dentro de éstos, le concede especial interés al originado en torno a la epistemología, pues sostiene que la tradición epistemológica, hoy enferma, está conectada a algunas de las más importantes ideas morales y espirituales de nuestra civilización, y también a algunas de las más controvertidas y cuestionables. La "hidra" epistemología, como la denomina, habría extendido su influencia negativa a toda la cultura moderna, desde la ciencia (su objeto) hasta la ética y el pensamiento político. Debe su estatuto de privilegio a un momento histórico de confianza ilimitada en la ciencia y, en lo remoto, a aquella noción de évidence cartesiana: "Toda ciencia es un conocimiento cierto y evidente".
Fueron Heidegger, el segundo Wittgenstein y Merleau-Ponty los que realizaron, según el autor, la gran crítica poskantiana de la tradición epistemológica, al introducir, cada uno de modo diverso, la noción de un agente de conocimiento "vinculado" a una comunidad cultural, lingüística e histórica dada, es decir, que conoce siempre desde un "cuerpo vivido", con sus percepciones, deseos e intereses. La razón y sus procedimientos serían pues inseparables de la intencionalidad y el trasfondo. El movimiento esencial de la interpretación epistemológica del conocimiento, que consiste en distinguir los estados del sujeto (nuestras "ideas") del mundo exterior, quedaba así radicalmente cuestionado.
Taylor se pregunta por el significado de "la superación de la epistemología". Y sitúa en su análisis el enfrentamiento entre dos grandes corrientes: los defensores de la razón crítica (entre los cuales se sostiene con firmeza Habermas) y los neonietzscheanos. Para estos últimos, no existe ganancia alguna en el paso de una interpretación teórica a otra, pues cada una pertenece a estructuras de significación distintas. Sólo habría ruptura. Taylor prefiere en cambio hablar de transiciones en el pensamiento y no de rupturas, lo que permitiría la posibilidad de alguna ganancia epistémica. Incluso cree que, en el dominio de la ética, las disputas pueden ser arbitrables a través de la función articuladora del razonamiento crítico, oponiéndose así al peso del escepticismo moral. Ni las más exóticas diferencias entre culturas, afirma, acaban con un cierto papel de la razón en la discusión sobre los derechos universales, algo que los relativistas culturales extremos y algunos neonietzscheanos considerarían de un horrible iluminismo.
Pero un debate como ése sólo puede imaginarse como una articulación entre universalismo y particularismo. Ya de por sí, aceptar que la nuestra es apenas una de las culturas particulares (en todo caso, y por ser hegemónica, autolegitimada como universal) significa en este terreno una transición intelectual dolorosa y, por tanto, una ganancia en conocimiento de la condición humana. El valor relativo de las diversas culturas se nos hará alguna vez evidente, escribe Taylor. Pero el desplazamiento hacia ese horizonte más vasto obliga al intelectual a un estudio cultural comparativo, y a una práctica de lenguaje no instrumental, que comprenda y medie la diferencia. Para el autor, tanto los multiculturalistas como sus oponentes siguen manejándose aún desde el eurocentrismo, con juicios piadosos o destructivos sobre culturas que no han analizado a fondo.
Hacia el final de sus Argumentos , Taylor interviene en el debate entre liberalismo y comunitarismo, centrado sobre todo en la teoría social y en la teoría de la justicia. Ve ahí un gran número de equívocos. Exceptuando las posiciones extremas, no cree en una independencia absoluta entre los oponentes. Un fuerte sentimiento de comunidad, creado alrededor de un proyecto colectivo, puede ser liberal, a condición de que respete la diversidad, especialmente de aquellos que no comparten las aspiraciones comunes. A partir de la noción de bien común, Taylor (un ex católico de origen anglosajón) ensaya una defensa del nacionalismo, dentro de un orden liberal-republicano, y pone por caso a Quebec, su patria separatista y francófona.
El particularismo es, sin duda, una de las respuestas con que diversas minorías excluidas se defienden de la cultura hegemónica. Vincularla a la cuestión del nacionalismo debe resultar bastante difícil de digerir para otros particularistas. Se sabe que una identidad nacional se esencializa sobre un número de exclusiones y restricciones. Y aquí Charles Taylor abre un frente interno.
Alejandro Modarelli
(c)
La Nacion



