Ernesto Sabato, los noventa años de un humanista

Hoy es el cumpleaños del autor de Sobre héroes y tumbas. Creador y testigo excepcional del siglo XX, el novelista y pensador argentino ha marcado la literatura y la vida cívica del país con la valiente lucidez de un hombre que exploró, tanto en su existencia como en su obra, las zonas más luminosas y también las más oscuras de la conducta humana. Este número rinde homenaje a su trayectoria ejemplar. Santiago Kovadloff traza una semblanza del escritor y, en la contratapa, una selección de fotografías recuerda los momentos culminantes de su vida. Desde Santos Lugares, en esta ocasión tan especial, Ernesto Sabato le escribe al numeroso público que lo ha convertido en uno de los referentes morales más altos del país
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27 de junio de 2001  

Queridos lectores:

Una pasión invictaMemorias y reflexiones

A pedido del diario La Nación he pasado la tarde buscando fotos de distintas épocas de mi vida.

Melancólicamente me detuve en otros tiempos cuando todavía los padres y hermanos mayores existían, cuando todo era posible y la vida se extendía ante mí como un camino abierto hacia el horizonte comprobando qué rápido, ¡Dios mío, qué rápido!, pronto tendré noventa años, y aquel camino se aproxima a su misterioso fin.

Durante horas repasé los cajones mirando fotos en las que se me ve junto a personas seguramente importantes para mí y valiosas pero apenas reconocibles hoy, como a través de un brumoso territorio de cincuenta o sesenta años. Y otras, en lugares de infancia, queridos, añorados, que perdurarán para siempre como una tierra prometida a la que incesantemente vuelve mi cabeza.

No encuentro fotos de grandes momentos y comprendo que, al colocar las fotos en un orden o en otro, o al elegir unas y descartar otras, caen al exilio diferentes épocas de mi vida, exiliando con ellas el mundo aquel al que pertenecían, como si al remover las brasas de un gran fuego extinguido resaltaran, iluminados, trayectos de la vida y pasaran al olvido otros quizá tan importantes como aquellos, quizá más valederos.

Y una profunda nostalgia por lo que pudo ser y no fue se impone sobre mi alma angustiada, como suele pasarnos a quienes hemos vivido lo bastante como para reconocer las posibilidades de todo aquello que no supimos vivir, o no pudimos.

Pero entonces, una vez más, a través de estas cavilaciones, comprendo lo que fue como lo que humanamente pude, como lo que acepté de lo que el misterioso Destino me concedió.

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