Errancia existencial

Armando Capalbo
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20 de marzo de 2015  

El galés Richard Gwyn (1956) noveliza sus tiempos de adicciones y viajes introspectivos para auscultar su identidad en construcción. De un país y de un recuerdo a otros, el narrador susurra su historia atravesada por el alcohol, el desamparo y el desamor por medio de un álter ego ficcional. Búsqueda también retrospectiva, que intenta elucidar la índole del yo tras una enfermedad que lo arroja al borde de la muerte. El dolor del cuerpo deja paso al del alma y luego al divague existencial, marcado por un vagabundeo por la Europa rural.

Lo fugaz, lo cambiante y lo sombrío se concitan en ríspidas memorias que arremeten contra la anécdota para exponerla como excusa de la revisión descarnada. La inconexión del texto se sortea por la vívida valoración de la condición de lector del narrador. Y así desfilan Kundera, Borges, Bolaño, Cortázar, entre muchos. Mención especial merecen los fragmentos en los que el relato se traslada a una Buenos Aires pretendidamente borgesiana. En este punto, el yo se potencia y se desprende de la errancia trillada para adentrarse en el pensamiento y en la angustiosa ilusión de recuperación física y anímica. Gwyn traza sus trayectos y recovecos memorísticos con un interés por estetizar la experiencia, que no siempre se logra. Por momentos, se libra de su propia emboscada y recapitula sobre el dolor, la enfermedad y la pulsión de muerte. El desayuno del vagabundo puede superar sus propias tinieblas al exaltar la escritura no como mero refugio de la tristeza o la dolencia sino también como un tibio resplandor que contrarresta la ferocidad de lo funesto.

El desayuno del vagabundo

Por Richard Gwyn

Bajo la Luna

Trad.: Jorge Fondebrider

225 páginas

$ 180

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