
Esa abnegada vocación por la enseñanza
Entrega: el homenaje a Sarmiento recrea el ejemplo de los héroes anónimos que, desde el aula, construyen día a día los cimientos del futuro.
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El guardapolvo blanco esconde experiencias de vida, escritas con tizas, sonrisas y lágrimas. De ello pueden dar cuenta hoy, en su día, los miles de docentes que diariamente construyen el futuro de los chicos. Representantes de esa vocación que transmite un estilo de vida son los maestros Manuel Torres, con 37 años de docencia sobre sus espaldas, y Mónica Schmukler, recién asomada a la ventana del magisterio, relataron a La Nación sus experiencias de vida.
Manuel, de 54 años, decidió ser docente por la admiración que le inspiraban sus maestros de primaria. "Sentí la necesidad de seguir sus pasos", confiesa.
La "disciplina de antes" no disminuyó, a su entender, por el paso del tiempo, sino porque "el maestro se escuda a veces detrás de un guardapolvo. El docente de corazón sabe ganarse el respeto hoy y siempre", asegura.
Desde otra experiencia de vida, a los 30 años, la maestra Mónica está convencida de que el docente debe ir creciendo como persona para que el alumno pueda tomar algo nuevo. "Y para eso no alcanzan los cursos de capacitación docente", agrega.
Casi en el inventario
Antes de ingresar en la escuela donde trabaja, como maestro de 7° grado, Manuel había dedicado 27 años a la escuela N° 17 de la Capital. "Gran parte de mi vida la viví en esa escuela. Imagínese, allí empecé a trabajar a los 20 años, y salí a los 47... Dejé cuando me quisieron poner en el inventario", bromea, aunque se le quiebre un poco la voz.
Pero no parece hombre de ahogarse en el recuerdo. Cada escuela o promoción que queda atrás no es una pérdida."Yo no pienso que las familias que voy formando en las escuelas se pierden, creo que se agrandan." Habla con orgullo de sus"ex alumnos de 37 o 38 años", que lo vienen a saludar y que le traen a la memoria decenas de anécdotas.
Recuerda por ejemplo a una alumna de la escuela de Rivadavia al 6000. "Iban chicos con muchos problemas, como Blanquita, que quedó embarazada a los 16 años. Cuando nació su bebe, el primer lugar que visitó fue la escuelita que la había ayudado." Los años marcan cambios, que su larga memoria docente acepta como naturales. "Los chicos llevan una ventaja con respecto al maestro: tienen siempre doce años y yo tengo siempre un año más."
Falta de reconocimiento
Manuel siente que los padres de hoy suelen considerar al maestro como "una mucama de lujo". "Dejan a los chicos ahí para no tener que atenderlos", protestó. La referencia a las dificultades económicas, sobre todo durante la época en que sus tres hijos eran pequeños, se hizo obligada. "Los bajos salarios no son un problema de ahora, pero lo compensaba con otros valores que hacían que la docencia se sintiese de otra manera." Una sola cosa lo entristece realmente: "Se ha perdido el gusto por la docencia, porque hay que correr todo el día detrás de tres o cuatro cargos para ganar un peso".
Mónica, la joven seño de tercer grado, escucha atenta. Cuando le llega el turno de contar su historia, anticipa con humildad que "no tiene muchas anécdotas".
Desde hace diez años, sigue la vocación que heredó de su bisabuela, su abuela y su madre. Le preocupa el aluvión de información despojado de valores que ahoga a los chicos. "Con Internet, somos figuritas de cambio en una sociedad de cambio", coinciden.
Sin embargo, no bajan los brazos, porque los chicos siempre están. "La clave está en trabajar desde el lugar de cada uno, para dar lo mejor a los alumnos."
Un docente que vuela para educar
Golondrina: un maestro itinerante recorre varios kilómetros diarios para dar clases en distintas localidades bonaerenses.
Un maestro "golondrina" es menos libre que un ave, si se tiene en cuenta que amanece a las 6 y reparte una larga jornada entre varias localidades del Gran Buenos Aires ejerciendo su labor con vocación y tratando de juntar un salario que le permita satisfacer las necesidades familiares. Compartir un día de trabajo con Carlos Heinrich, uno de los muchos profesores secundarios que "sobrevuelan" la geografía suburbana, es asomarse a una vida de sacrificios. En su caso, el amor y la pasión puestos en la docencia lo llevan a madrugar mucho para iniciar la aventura itinerante por los colegios de Ituzaingó, San Antonio de Padua y Merlo.
Su vida se reparte entre la entrega a sus alumnos y los viajes en compañía de los libros de Juan Rulfo o Julio Cortázar. Libertad, pasión y verdad son comunes referencias en su pizarrón, a las que sus alumnos responden con sorprendente lucidez y participación.
Su mayor ilusión: pasar más tiempo en su casa para estar con sus hijitas Milena y Lara.
Es una cuestión de educación
¡No hay discusión sobre los problemas argentinos que no se cierre con un acuerdo unánime:"Es una cuestión de educación..." Un extranjero que nos escuchara concluir tan rotundamente que todo se reduce a la educación no dudaría en suponer que si valoramos tanto la tarea de enseñar, los maestros y profesores no sólo estarán muy bien retribuidos sino que, sobre todo, gozarán de gran respeto social. En realidad bien pagos no están: según un reciente informe del BID, el salario de un maestro primario argentino pasó de 100 en 1980 a 45 en 1992 (en Chile aumentó a 120 y en Uruguay a 125). Y en cuanto la relevancia social, la situación no es mejor: a diario opinan en la televisión modelos o deportistas sobre la más diversas cuestiones. ¿Alguien recuerda haber escuchado recientemente a un maestro? Entonces, ¿a quiénes esperamos que valoren más los chicos? Al cabo de un análisis similar, Fernando Savater sostenía hace poco que si se le brindase la oportunidad de llamar la atención de los políticos sobre algún problema imitaría a quienes en la última campaña presidencial norteamericana se ubicaban frente a los candidatos con un cartel que decía "¡La economía, estúpido!". En su lugar se leería en cambio: "¡Los maestros, estúpido!" (leyenda de la que el título es confesado plagio). Afirmaba que aunque el futuro depende mucho más de los maestros que de los ministros, cualquier cambio de gabinete preocupa más a la opinión pública que lo que ocurre en las aulas, que es el sitio del que depende todo lo que "realmente" importa.
¿Por qué hemos abandonado a los maestros? Porque a pesar de lo que declamamos, lo que hacen no nos interesa. Según un estudio de Gallup, la confianza en el sistema de enseñanza cayó del 54% en 1984 al 33% en estos días.Aunque nadie lo admita, la educación ocupa un espacio cada vez menor en nuestras preocupaciones.
Las carencias que advertimos en la enseñanza no son sino síntomas de ese desinterés. ¿Se desentienden los padres de que la educación argentina está en crisis?, los padres están satisfechos con la enseñanza que reciben "sus" hijos. Conformismo que desmienten tozudamente las evaluaciones anuales que realiza el Ministerio de Educación. Pero los padres siguen viendo al problema como "de los otros" y en una época que estimula la salvación individual poco interesan las crisis que no se perciben como propias.
La mirada en los maestros
Es imperioso volver la mirada a los maestros porque constituyen nuestro recurso nacional más valioso. Debemos preocuparnos por el hecho de que mientras aumenta la cantidad de alumnos, los aspirantes al magisterio disminuyeron en un 34% entre 1986 y 1992. ¿Cómo los educaremos sin maestros? Aunque un 90% de los padres argentinos piense que la solución está en las computadoras, alguien deberá enseñar a los chicos a leer y escribir (bien), a pensar (mejor) y, sobre todo, a interesarse por el conocimiento. El capital docente que recibimos se nos agota en cantidad y en calidad. Es por desinterés de todos que languidecen nuestros pobres maestros acosados por cambios permanentes, por la ansiedad que despierta un perfeccionamiento difícil, por la verdadera condena que les impone su vocación.
Por eso, como homenaje al maestro en su día, imagine el lector que sus hijos o sus nietos le dicen que no quieren ser contadores, modelos, dirigentes de empresas, músicos de rock o deportistas. Que en realidad quieren ser... maestros. Las razones que lo llevan a reaccionar como sin duda lo haría ante esa confesión, encierran las claves para modificar lo que nos pasa.


