
Escenas de la vida literaria
La casa de Carmen Gándara, la editorial Haynes y el Suplemento Literario de La Nación dirigido por Mallea eran, hacia fines de los cuarenta, puntos de reunión de una feligresía que, entre citas de Rimbaud y de Kafka, daba vida al rompecabezas literario de la ciudad. La autora de Novios de antaño , protagonista también de aquella época, evoca en este artículo, anticipo de un libro en preparación, anécdotas de esa intelectualidad pródiga en lealtades y desencuentros, que sólo la llegada de Juan Ramón Jiménez y la fuerza de su leyenda lograban disipar
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Hace cincuenta años. No es un ayer cualquiera para quien tiene edad de museo y era entonces una novicia literaria. Sin consultar registros porque no colecciono o los perdí, rastreo vestigios por los que nadie se interesa. Sólo me preguntan si conocí a Borges. Contesto que sí, aunque cada vez estoy menos segura.
PLACIDO paseadero en la ciudad color de murciélago, saludos y encuentros circunspectos. Pasaban figurantes rezagados del siglo diecinueve: Juan Pablo Echagüe, de cara barnizada, con chalina y chambergo alón; Ramón Gómez de la Serna, pipa en boca, colgado de su pálida Luisa Sofovich.
A veces, una cabecita sobresalía de la rala multitud y algún experto informaba quién era: un sonetista secreto que leía a Paul Valéry, cultivaba el cine europeo y se llamaba Julio Cortázar.
Habitualmente, a la puerta de una librería se aposentaban amigos con quienes seguir vagando hasta recalar en el London de Perú y Avenida. Contemporáneos o mayores, como el peruano Sebastián Salazar Bondi, ignoto y melancólico exiliado, después gran profeta en su tierra.
Supongamos que al promediar una discusión de vereda con Elba de Lóizaga, que todo lo discutía, me presentara formalmente y sin ganas a su amigo exclusivo Jorge Luis Borges. Aún sigue siendo un enigma saber por qué él siguió frecuentando a la incipiente escriba. Cuando sonaba el teléfono y una voz vacilante emitía puntos suspensivos, mi hermana me avisaba: "-Es Borges".
Y Borges citaba en la Richmond de Florida y una llegaba para renovar las pausas incómodas mientras él se ponía de pie, ofrecía una mano invertebrada, pedía al mozo la mesa rodante con tortas, parecía empeñado en alimentar a la juventud con dulces y letras.
Borges monologaba, pero no recuerdo que asestara sentencias magistrales ni consejos, sólo una retahíla de frases interrogativas; quizás suponía que compartir perplejidades era un deporte ideal para adolescentes.
Sospecho que se desentendía de construir su leyenda, pero nunca se sabe, no contamos con su astucia.
Entonces su vista era bastante normal, pero creo que no miraba a los ojos o quizás su mirada era menos débil que errante por otras galaxias. Quizás usaba el oído ajeno para aclararse las ideas o fijar recuerdos difusos.
Dirigía la revista Los Anales de Buenos Aires , núcleo financiado por una de las varias damas mecenas culturales: Sara Durán de Ortiz Basualdo. (Si no hubieran existido esas damas y las perseverantes esposas de los escribas, nuestras letras serían un erial).
Pero quien abría las puertas y las páginas de esa efímera empresa, quien daba una bienvenida entusiasta con el inevitable café de la amistad, era Alberto Mario Salas, autor de encantadoras crónicas históricas.
Salas y su mujer recibían divertidos a "los chicos", que así nos llamaban a Mario Trejo y la infrascripta, dúo de camaradas errabundos por parques, cafés y librerías de viejo. Mario era lampiño, petiso, pedante, de pelambre ondulada y engominada, y cultivaba un misterio existencial insondable. Nos unía la persecución de la gloria literaria -digo bien, la gloria y no la notoriedad- y sobre todo, unos épicos ataques de risa.
Los Salas se entretenían en hurtar papelitos garabateados por Borges con sus microcaracteres rúnicos, que husmeábamos y volvíamos bruscamente a su lugar cuando el autor aparecía, saludando con su eterno aire de estar a punto de evaporarse.
Salas le tendía mi poema, Mario lo adjetivaba como un exégeta y de inmediato Borges lo leía con voz murmurante de fama, los ojos pegados al papel. Se sentía obligado a opinar, quizás le gustaba algún endecasílabo, quizás salía del paso relacionándolo por pura malicia con alguno de Alfonso Reyes, no importa, yo me convencía de su aprobación y Salas los publicaba y la editora los pagaba, asunto nada menor.
A partir de Ficciones , ya Borges era Borges. Cuando entraba en alguna reunión lo anunciaba un silencio que sólo algún caradura o un viejo amigo se atrevía a profanar.
Y en Florida y Viamonte estaba el roñoso café donde era posible irrumpir en una rueda juvenil y discutir sobre proyectos de revistas siempre nonatas y destilar maldades contra Arturo Capdevila, Hugo Wast o Ricardo Rojas, dinosaurios bien apodados figurones.
El blanco preferido de los bromistas era Enrique Larreta, prócer plumífero y de apellido ramificado en muchas otras plumas, como se verá. Imposible abstenerse de recitar a coro sus versos "Medianoche, París, 1913. Loca la que no se enloquece..."
El poeta Pedro Miguel Obligado era otro seguro candidato. Siempre hubo y habrá un heredero de este apellido en las letras argentinas; el año anterior, dos de ellos se habían repartido los Premios Nacionales, acontecimiento que suscitó una catarata de chistes rimados con inevitables participios.
Pedro Miguel leía sus versos en un salón de la Librería Peuser o la galería Van Riel, ante un público devoto de damas con sombrero que suspiraban antes del aplauso, procurándonos una insuperable diversión gratuita.
En el grupo juvenil que quería colarse con intenciones traviesas, y que el compasivo Horacio Armani procuraba serenar por respeto a los mayores, alguien hacía una colecta por un escritor europeo, pobre, genial pero inédito, y algunos colaboramos muy magramente para editar Ferdydurke de Witold Gombrowicz.
Esta crónica está llena de gente olvidada, o para decirlo con típica desfachatez posmoderna: ¿y a éstos quién los conoce?
Sobre Florida estaba el edificio del diario La Nación , basílica sombría donde tras recorrer un laberinto una esperaba acceder al pope en contraluz, Eduardo Mallea, con quien las pausas incómodas se dilataban como intervalo trapense.
Era un tímido solemne, modelo de integridad intelectual por la que le perdonábamos sus veleidades aristocratizantes y su estilo alambicado, tan leído como discutido por los parricidas que aspiraban a acólitos del Suplemento Literario.
El Barrio Norte
Santa Fe y Callao, un discreto departamento tapiado de libros. Helena Muñoz Larreta de Mallea me invitaba a compartir el almuerzo dominical, con su marido socarrón y el muy risueño poeta Francisco Luis Bernárdez. Helenita era una mujer bella, extravagante, flaquísima, una María Félix rubia de ojos enormes y hombros anchos, coronados por las colosales hombreras de la época.
En todo excesiva, podía derramarse las arvejas en la falda sin pestañear, enfatizar un endecasílabo golpeando el zapato sobre la mesa, emitir consejos de correo sentimental heterodoxo o compartir beatitudes con Bernárdez.
La calle Posadas era otro corredor mágico pero desierto porque sus habitantes estaban en París o en el campo, rumoroso de árboles, con residencias de puerta doble y bronces bruñidos por cancerberos de chaleco rayado, más soberbios que nunca porque los respaldaba el general.
Casi enfrentadas estaban las casas de Carmen (Rodríguez Larreta) de Gándara y de los Bioy Casares. Dejemos en lista de espera por unos años el acceso a lo de Bioy padre, Bioy hijo, Borges in situ y al universo carrolliano de Silvina Ocampo.
La vida literaria podía diluir la pertenencia social, y ser invitada a tomar el té enfrente, en casa de Carmen Gándara. El té no era sólo una fina costumbre de origen sajón sino que resultaba difícil aceptar otra especie de convite, ya que las jóvenes estábamos obligadas a volver al hogar a las 9 de la noche.
El ingreso en esas casas sumía en doble angustia: la timidez y la vestimenta. La primera se traducía en llegar tempranísimo y dar varias vueltas a la manzana antes de tocar el timbre. La segunda, para la especie femenina pobretona, en lucir un gabán de paño marinero adquirido en Eduardo, cambalache de ropa deportiva y campera en Pacífico.(Mucho después, ese mismo gabán fue el uniforme adoptado por Alejandra Pizarnik).
Tras la ceremoniosa introducción del servidor enguantado, Carmen Gándara aparecía, toda suavidad e ingenio, a repasar las novedades literarias y pispar el mundo de las locas ideas y los gustos adolescentes. La aureolaba su leyenda de ser una de las máximas bellezas porteñas y haber inspirado el gran amor de Eduardo Mallea, quien supuestamente la sacralizó en una de sus novelas.
Era una dama de ojos clarísimos, encandilados, un cutis grabado con minuciosa hidrografía, de voz confesional matizada con falsetes, cómoda en la pose de naturalidad con que ejercía la seducción, hamacando un zapato de gamuza negra con hebilla de strass, colmo de elegancia de todos los tiempos.
Entre teteras y variados temas, Carmen ensayaba una explicación sobre los méritos del líder intolerable y comentaba con una risita sarcástica pero piadosa los crecientes esplendores de Esa Mujer. Paradójicamente, la joven de clase estudiantil no cedía en su furibunda intolerancia. La dama era tan sabia como equitativa y sin duda asumía responsabilidades de clase. O sencillamente había vivido mucho, lo necesario para llegar a una síntesis.
Para ella no cabe el olvido ni valen las trampas de la memoria. Carmen Gándara es mi personaje inolvidable. Suele reaparecer, con esa delicadeza de los ausentes que visitan nuestros sueños, para recordarnos que los queremos, murmurando el aforismo de Kafka: A cage went in search of a bird (Una jaula fue en busca de un pájaro).
Kafka en inglés ¿por qué no? Las charlas salpicadas con frases en otro idioma eran costumbre y necesidad de los escribas, desde los letristas de tango hasta Neruda, que recitaba a Ronsard en francés. La desaparición de este hábito me produce una nostalgia inconsolable como toda riqueza perdida. Les vrais paradis sont les paradis qu´ on a perdus ... (Los verdaderos paraísos son los paraísos que hemos perdido, Marcel Proust).
El barrio de Caballito
Domicilio de poetas, entre ellos el inolvidable Conrado Nalé Roxlo, y de la Editorial Haynes, que editaba dos publicaciones de sugestivo nombre: El Hogar y El Mundo . Eso fueron para muchos y también para mí. A esa vecindad pertenecía además el periódico socialista La Vanguardia , donde publiqué ardientes proclamas en verso y prosa sobre los primeros estudiantes asesinados por la policía: Saimún Feijoo y Enrique Blaisten.
También troné solitariamente contra la prohibición a José Bergamín de cruzar el charco. El duende español, el católico rojo, vivía en Montevideo y cultivábamos un tan exaltado cuan platónico amor epistolar.
En el año 48 apareció Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, pero en esa vereda de enfrente, la de los réprobos: nacionalistas, peronistas, ¡ni cosmopolitas ni de izquierda ni democráticos, parias irredimibles! Julio Cortázar tuvo los reflejos y la decencia de dedicarle un ensayo hoy clásico.
La curiosidad me llevaba por todos los ámbitos, salía y entraba como beata en las iglesias en Jueves Santo. Hoy creo que puedo elaborar mi síntesis, pero es una lágrima. Tanto tribunal, tanto odio, tanto exilio, tanta hoguera al divino botón.
A algunos de esos excomulgados conocí y quise en el ámbito de la Editorial Haynes: Horacio Rega Molina, amable como un erizo, María Granata, Castiñeira de Dios, Fermín Chávez.
Entre mis amigos réprobos mayores estaba María Alicia Domínguez, autora muy popular y famosa gracias a otra leyenda: la de haber sido el gran amor de Lugones y que folclóricamente se atribuyera su suicidio a esta pasión.
Se me ocurre definirla como criolla, quizás por sus ojos de linaje peruano, quizás porque comíamos pan dulce con la mano, compartiéndolo con una gacela en un modesto jardín de Vicente López, quizás porque era tan arraigada a la nativa aldea, quizás porque muchos la consideraban cursi, quizás porque expresaba afecto sin remilgos de salón.
Contando con Javier Fernández como maestro de ceremonias, ofrecimos un día una lectura de poemas María Alicia Domínguez, María Granata y yo. El hecho es doblemente histórico porque sucedió en el Racing Club de Avellaneda y porque nos pagaron honorarios de lujo, algo que los literatos persiguen sin mayor éxito hasta el día de hoy y seguirán persiguiendo durante los siglos venideros.
Con ella y con el Javier inoxidable regalador de libros, con todos los compañeros de ese fin de medio siglo, ¡cuánto hemos amado nuestra lengua, con qué naturalidad intercambiábamos versos de Quevedo o de Molinari, qué intolerable nostalgia provoca recordar ese paraíso perdido, ese castellano opulento de gracias, citas, burlas, estrofas, anécdotas! ¡Memoria, ciega abeja de amargura! (Juan Ramón Jiménez)
El año de J.R.J.
Corrillos de Florida, populismos de Caballito, discreción entre teteras de Barrio Norte o franco malevaje por diferencias políticas, todo se fue al traste con la llegada del poeta. Es difícil reconstruir hoy la celebridad de Juan Ramón Jiménez, ese mito hirsuto, blanco de amores y odios irrepetibles en la historia de las letras.
Pese a la tradicional mezquindad del gremio de los poetas, era imposible discutirle sus laureles de heredero de Rubén Darío, su honradez intelectual, la dignidad de su exilio.
Su presencia resultó una fiesta a pesar de dardos y denuestos (que él era diestro tanto en inventar como en responder). Lectores, editores, versificantes inéditos o veteranos, profesores, académicos, declamadoras con sus alumnos, empresarios, curiosos, personal doméstico, libreros y ... maestras y niños, todos se alteraron.
Todos querían conocer al adusto andaluz de barba, el Loco, el Cansado de su Nombre. La propietaria de Los Anales de Buenos Aires decidió invitar a Juan Ramón, algo que a nadie se le había ocurrido.
Menos que nadie, supongo, a su editor, que le debía derechos desde el Medioevo. J.R.J. cobró (algunos) y los disfrutó con tal munificencia que se encargó dos trajes de medida.
La visita obró el milagro de integrar a grupos distantes y adversarios. El ala izquierda de nuestras letras no tuvo más remedio que plegarse, encabezada por Rafael Alberti y María Teresa León, superando viejas inquinas contra el andaluz. Hasta el eremita (de derechas) Ramón Gómez de la Serna lo invitó a su casa.
María Rosa Oliver y Rodolfo Aráoz Alfaro, exquisitos oligarco-comunistas, Oliverio Girondo y Norah Lange, Córdova Iturburu y Julia Prilutzky, los diversos Obligado y Agustina Rodríguez Larreta ( sic ) de Alzaga Unzué, todos en algún momento se cruzaron ecuménicamente con las cuatro hermanas Ocampo o Raúl González Tuñón.
El desembarco de J.R.J. en el Río de la Plata obligó a arriar transitoriamente banderas y puños en alto. Llegaba demasiada historia, demasiada leyenda y sobre todo, demasiada poesía. En el ámbito docente del mundo entero, Platero y Yo era la Biblia, traducido hasta en Japón.
No menos importante fue que en su Antolojía Poética ¡de 1918! ya había escrito, previsto y condensado toda la poesía castellana del siglo, dándose luego el gusto de traspapelarla según su antojo.
En esos días recibí un premio municipal de poesía: el segundo. El funcionario-jurado me dijo que merecía el primero pero que era muy joven, etcétera y de paso se quejó furiosamente de que ese señor Jiménez no había ido a saludarlos.
El señor Jiménez estaba de insólito buen humor porque al puerto habíamos ido los jóvenes a recibirlo. Horacio Armani, Carmen Córdova Iturburu, Alberto Greco, Hugo Lezama, Fernández Javier y Fernández Pepe y algunos más, pero él nos divisó en la niebla multiplicados como a una muchedumbre, o por lo menos un colegio.
Después de exhibir impúdicamente una carta manuscrita (en caracteres arábigos, como escribía) en la que saludaba mi primer libro con segundo premio, disfruté de cierta autoridad frente al comité de recepción.
J.R.J. y su sonriente y sufrida esposa Zenobia Camprubí fueron alojados en el Hotel Alvear. Ordenadamente y a media voz, como se visita a un santón, concurrían los figurones (a darle unas latas que lo dejaban de cama) o las delegaciones: escuelas enteras, niños de guardapolvo blanco y sus maestras. Recibía a todos, él mismo hacía la ronda con la bandeja de masitas, preguntaba y les sonreía a niños petrificados de impresión, pero que pronto percibían que el viejo los amaba.
Las conferencias de Juan Ramón en un teatro obligaron a cortar el tránsito por Corrientes, y en el preámbulo de su primera charla, me eligió como simbólica representante de la dorada juventud ¡y me nombró! y rodaron lágrimas con rimmel por las mejillas de María Alicia Domínguez y la emoción le ladeó el sombrerito florido.
Al día siguiente, cuando quise compartir esa emoción demoledora preguntando a compañeras y otros congéneres entrevistos en la sala: "-¿Oyeron que me nombró? ¡Me nombró!, ¿se dan cuenta?"; salvo los íntimos, nadie lo recordaba, ninguno había oído bien.
Quizás fue el primer castigo que recibí por su deferencia, pero juro que no se trató de una alucinación.
J.R.J. nos amó, nos exaltó, nos poetizó, desprovisto de la típica manía española de venir a aconsejarnos: "Argentinos a las cosas, o evitad el gerundio, o cultivad coles en el trastero" y otras fórmulas de padres patrios, cuyos descendientes nos siguen aleccionando hoy sobre derechos, tangencias y cubismo.
J.R.J. vino a descubrir América del Sur y en lugar de naufragar en el inmenso océano de poemas y libros que le mandaron, los bendijo y resolvió juntarlos a todos en la SADE, en un acto multitudinario llamado "La Poesía Escondida", cuyo auspicio ofreció al tembloroso Macedonio Fernández, que no entendía nada de lo que estaba sucediendo.
En fin, aquello de la Poesía Escondida fue un mare mágnum que debía encuadrarse en formato de concurso, con primer premio y posterior publicación de la caudalosa antología. Por respeto a las jerarquías, Juan Ramón nombró a Rafael Alberti presidente del jurado.
Cuando la manifestación de participantes nos disolvíamos eufóricos en las tinieblas de la calle México, el presidente del jurado me gritó desde la lejanía, con su heroica voz de barricada:
-¡Oye, María Elena, que el premio lo mereces tú, pero si te lo damos, las otras poetisas te matan!
Tan delicado poeta y tan torpe petardista, lavarse las manos frivolizando el verbo matar, discriminando las intenciones metafóricamente homicidas de los literatos según su sexo. Por otra parte, fue una mentira deleznable, un pretexto para que la antología nunca se publicara y de ese modo Alberti mató a todos los ilusos incluidos y traicionó a Juan Ramón.
Entonces la adolescente enfiló para el puerto y enfrentó el oscuro porvenir desde la cubierta de un barco carguero, doctorada para siempre en materia de excelencia de los jurados y seriedad de los premios literarios.



