Escritura en las fronteras

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16 de febrero de 2008  

Fuera de género

Por Roberto Echevarren

Losada

$25

"El hombre y la mujer han muerto", declaró Roberto Echavarren emulando el "Dios ha muerto" de Friedrich Nietzsche. Cuando los fundamentos atenazados por el sentido común se han desvanecido en el aire, la dicotomía tradicional entre lo femenino y lo masculino también se derrumba. No solo gracias a la visibilidad lograda hoy por el hermafroditismo y la transexualidad, sino también por los desafíos que representan los planteos feministas en relación con la construcción social de la línea divisoria entre "mujer" y "hombre". Ninguna de estas dos palabras tolera ya ser referida a esencias inmutables. En las páginas de Fuera de género, Echavarren busca disolver las barreras entre su doble formación literaria y filosófica, estrategia que ya había exhibido en textos como Performance, género y transgénero y Universal ilógico , pero también en sus cursos universitarios (fue profesor de las universidades de Nueva York, Montevideo, Londres y del Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA). Claro que el "fuera de género" evocado por el título de este conjunto de textos del poeta, novelista y ensayista uruguayo no se refiere meramente a la disolución de aquel binarismo apaciguador, sino también a una primera virtud del libro: su resistencia a encuadrar las ideas en un género particular. Hay aquí nueve ensayos dedicados a la relación entre literatura, estudios de género y filosofía; cada uno de ellos está atravesado por momentos de poesía y párrafos narrativos fundidos con la propia reflexión.

El primer texto está dedicado a la autobiografía de Herculine Barbin rescatada por Michel Foucault en tren de desarrollar su propia crítica a la idea misma de identidad. Las desventuras de este hermafrodita en la Francia del Segundo Imperio ayudan a Echavarren a evocar el modo en que el propio lenguaje obliga a imponer pares de opuestos y volver intolerable vivir dentro de un sexo único.

El recorrido de Echavarren continúa con un acercamiento a Lolita, donde la apelación a la biografía de Vladimir Nabokov no contiene el objetivo tradicional de confirmar el contenido de la ficción, sino dejarlo traslucir en un contraste perturbador. Es que, como en su mirada a través de la obra de Juan Carlos Onetti, las obsesiones de cada uno de los textos analizados están atadas al rol de la ambigüedad: la sexual, pero también la de cualquier otra identidad o la de la reflexión, si pretende ser eficaz por su capacidad para irrumpir contra lo previsible. Tanto Federico García Lorca, dedicado a centrar sus tragedias en un rechazo al deseo normalizado que lo sume en el más profundo dolor, como José Lezama Lima, que en Paradiso muestra un erotismo sin asignación de género, habilitan "el poder transformador que perfora las costumbres".

Las páginas dedicadas a Marosa Di Giorgio buscan mostrar el modo en que, a través de la hibridez de sus escritos, comienza a surgir una política de minorías: el significado definitivo resulta expulsado de su mundo a cambio de una apertura apenas resignada a la pura fantasía.

Los tres últimos textos de Fuera de género se enfrentan -de manera casi secreta- a las consecuencias políticas de esta apelación al reconocimiento de la ambigüedad. Primero será a través de la reconstrucción de la polémica entre Gilles Deleuze y Michel Foucault alrededor del concepto de deseo y la pertinencia del uso del psicoanálisis en política. Más tarde es el turno de la pretensión de resaltar el carácter artificial de un sistema de género responsable de la opresión de las mujeres y de un rescate de la parodia como modo de disolver cualquier naturalización. Esto, sostenido en una metáfora final: un análisis del nacimiento del ballet clásico que destaca la ambigüedad en relación con el cuerpo sexuado.

Usualmente, las críticas a planteos como el de Echavarren se concentran en la necesidad de afirmar algún tipo de subjetividad más o menos estable para poder encarar la acción política. La disolución de las identidades fuertes disolvería las reales posibilidades de transformación. Optaremos simplemente por insinuar una pregunta: aceptada la contingencia de fronteras como la construida entre lo femenino y lo masculino, ¿está la política misma lista para operar sin ninguna clase de estereotipos?, ¿o seguirá construyendo otros nuevos para sostener la lógica inevitable de la disputa por el poder?

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