Estación Hawksbill
POR ROBERT SILVERBERG Plaza & Janés-Trad.: Antonio Prado-224 páginas-($5,90)
1 minuto de lectura'
Hace treinta años, Silverberg era uno de los autores más populares de ciencia ficción, prolífico al punto de escribir veinte novelas en menos de una década. Su producción fue muy desigual e incluye pequeñas joyas y olvidables novelones. Estación Hawksbill (1970) se destaca entre lo más rescatable de su obra. En español, ya se conocía el cuento que le dio origen, pero no esta versión definitiva en formato de novela.
Frederik Pohl la rescata, en su prólogo, como novela política, heredera de una larga tradición utópica, pero reprocha a Silverberg haberles puesto fechas demasiado próximas a sus profecías, olvidando que él mismo también había cometido ese error en Mercaderes del espacio .
Concebida en el turbulento clima político de los años 60, en vísperas del Mayo francés, la ficción se resiente del paso del tiempo: no sólo han desaparecido los movimientos revolucionarios, también la tecnología ha cambiado radicalmente y en el libro casi no aparecen las computadoras. Pero, como parábola política, Estación Hawksbill aún conserva cierta fuerza y ofrece inesperadas resonancias para los argentinos.
La historia transcurre en una colonia penitenciaria para disidentes y subversivos de unos Estados Unidos dictatoriales del futuro. El detalle de ciencia ficción es que la colonia está a mil millones de años en el pasado. Hay una máquina del tiempo que sirve para hacer "desaparecer" a los disidentes, mandándolos a una era en que la forma de vida más evolucionada son los trilobites.
La colonia es para reclusos varones; las mujeres están a un millón de años de distancia. Seniles y neuróticos, los viejos revolucionarios recrean al infinito sus absurdas disputas ideológicas. Algunos sucumben a la locura e intentan hacer un Golem con forma de mujer o evadirse mediante alguna técnica espiritual. Para evitar una distopía sin salida al estilo de 1984 , el libro tiene un final feliz. Con más vuelo literario, e inspirándose en Dante, Cordwainer Smith ya había resuelto una situación similar en el cuento "El planeta Shayol", escrito unos años antes.



