
"Este libro nació de una mirada de mi padre"
El escritor español habla de su nueva obra, Ojalá octubre (Alfaguara), que pronto presentará en la Argentina, en la que recrea con nostalgia su infancia, desde el punto de vista de un hijo agradecido
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Juan Cruz Ruiz nació hace cinco décadas en la isla canaria de Tenerife y eso le da a su raíz, entre muchas otras cosas, un dejo al hablar que es primo lejano de la famosa tonada porteña. Una familiaridad a la que él, en todo caso, convierte en carnal con los argumentos más insólitos: "De chico, la Argentina fue mi universo exterior, el sitio al que quería ir y, por alguna razón que no termino de comprender, siempre pensé que era un lugar donde el tiempo pasaba más despacio", dice. Y la risa estalla en la solemnidad del salón de un palacete madrileño que fue, antaño, residencia de un duque y hoy, como corresponde al ritmo de la especulación, hotel de cinco estrellas de esos que, para afianzar su condición de exclusivos, se ponen, además, el segundo apellido de boutique : hotel boutique . De estar vivo, el duque se moriría de nuevo.
Allí, en esa sala y durante la entrevista con adn CULTURA, Juan Cruz recitó versos de José Larralde, de Cafrune y de Falú. Jura que lleva "lo argentino adentro" este canario de cuna pobre, currículum aguerrido y corazón tan libre de resentimientos como capaz de conquistar amigos en cada mesa.
Fue editor durante años del poderoso sello Alfaguara; es escritor, subdirector y columnista del reconocido diario El País . Dentro de pocos días, Juan Cruz presentará en la Argentina su libro Ojalá octubre , en el que aborda la relación entre padre e hijo; uno de los vínculos más fuertes entre dos hombres y, a veces, también, el más difícil, rico y misterioso.
"La vida te va acercando lo que pasó y lo que pasa. Y todo se convierte en la nebulosa de un recuerdo superpuesto a otro y, finalmente, el espejo se nubla y tú escribes sobre él el primer poema que escuchaste. Tú lo escuchas, sabes que la infancia te devuelve un sonido que no se puede reproducir", dice Juan Cruz, con esa sabiduría en código solo descifrable para quien es capaz de experimentar la mejor y más dulce de las melancolías.
En el asombro de todo libro, la lectura de mirada argentina se detiene ante los movimientos misteriosos que, desde la pobreza absoluta de no tener ni siquiera documentos, precedía cada partida de emigrantes canarios rumbo al Dorado que, entonces, seducía desde América latina. "Sí, era como una conspiración en la noche, una partida llena del cuchicheo de lo clandestino", evoca Juan Cruz.
El protagonista del libro es lo cotidiano, la vida misma, la nada de todos los días. Y, sobre ella, ese padre difícil, ese hombre "con una intensa ambición de equilibrio" que, si hubiera estudiado, habría podido llegar quién sabe dónde. Pero que nunca llegó más que a la isla de al lado. Y que le legó, entre otras muchísimas cosas, esa mirada inolvidable de la que partió el libro, este conmovedor Ojalá octubre .
-¿Por qué una mirada dispara un libro?
-Porque es así, porque este nació de una mirada que tuvo mi padre poco antes de morir y que nunca olvidé. Era como un mensaje que me volvía. Y un día estaba yo en Ibiza, con unos amigos, un muy buen momento. Y pensé: "Este es como esos momentos que mi padre quería". ...l los vivía de modo silencioso, pero yo sabía que estaba feliz. Pensé eso y justo cayó en mis manos un libro de correspondencia de Truman Capote, en el que Capote le dice a un amigo: "Me gusta tanto este mes que ojalá siempre fuera octubre". Me dije: "Fíjate, es la misma sensación de la que quiero hablar". Y entonces empecé a escribir. El libro se iba a titular "Siempre octubre" o algo así. Al final le puse ojalá porque es una palabra que a mí me dice mucho. Es como una tabla de salvación. Mi madre decía ajolá .
-Dicen que significa "quiera Dios". Lo curioso es que el corrector de Word no la acepta
-Sí, te lo subraya. Es curioso... no sé por qué resulta prohibida una palabra tan hermosa.
-Hablas del ojalá como una tabla de salvación, pero el libro es pura nostalgia.
-Porque cuando uno ya se atreve a hablar del padre uno es, también, el padre que tuvo. Y eso te acerca a un momento en el que la melancolía tiene que ver con el tiempo pasado, con la sensación de que ya hay más tiempo pasado que tiempo por venir. La escritura sobre el padre no se puede hacer inmediatamente en la vida, tiene que pasar algún tiempo. Y ese tiempo que pasa es el que ya no vas a poder vivir. La melancolía es acercar el tiempo pasado. Este es un libro sobre el tiempo pasado.
-Hay mucha literatura sobre lo conflictiva que puede ser la relación padre-hijo (El gran Gatsby, de Fitzgerald; Pedro Páramo, de Rulfo) y eso sin entrar en mitologías o en cuestiones psicoanalíticas. Pero tú lo abordas con absoluta sencillez. ¿Es el hijo bueno que habla del padre bueno?
-Me gustaría ser un hijo bueno. No, verás, mi padre tenía, también, una manera de ser un poco a trompicones, difícil. Supongo que como mucha gente de la posguerra española que sufrió la miseria y la persecución, aunque ellos mismos no la hubieran perdido, porque a mi padre no le tocó pelear. Pero fue un período muy duro. Bajo el fascismo, es muy fácil que la gente tenga la tentación de humillar y yo, eso, lo noté. En casa viví la contradicción de la alegría y la angustia al mismo tiempo; eso fue algo que siempre me golpeó y es lo que hace que en mis libros haya esa tristeza de la que me hablas.
-No creo que haya manera de ser feliz si no hay tristeza; sin el contrapunto de la tristeza es imposible entender la felicidad.
-Mi madre era alegre y triste a la vez. El libro evoca una frase de mi madre que decía que la risa es la tristeza bien llevada.
-¡Un genio, tu madre! Llama la atención en tu libro la enorme posibilidad de ser feliz no teniendo nada. Evocas una infancia de pobreza absoluta.
-Sí, puedes ser feliz porque no tienes contraste. Los niños no sabíamos que existía otra cosa y, cuando nos ponían un plato de garbanzas, creíamos que eso era lo mejor que se podía tener en la vida. Desconocíamos otras delicadezas.
-Pero no eran tan ingenuos. Sabías que había gente más poderosa, que viajaba y, de hecho, hablas de la envidia al extranjero.
-Sí, pero compensaba mucho la radio. Era mi enorme fantasía y a ella le debo la sintaxis porque, como casi yo no fui a la escuela porque pasaba mucho tiempo enfermo, aprendía escuchándola.
-¿Superaste el asma o aún lo tienes?
-Todavía tengo un poco. Siempre llevo el Ventolín.
-Lo otro que atrae de tu libro es que es la literatura de la nada, no hay trama, pero es una nada deliciosa, envolvente. Es pura cotidianidad.
-Es curioso porque mi primer libro se llama Crónica de la nada hecha pedazos , que ahora se ha reeditado, y también tenía ese aire de hacer que la vida cotidiana fuera el hilo conductor del relato. Yo nunca he pensado en tramas, lo que sí pienso mucho es el tono del final.
-Yo pensaría en el final completo.
-No, para mí es importante el tono. Es como cuando terminas una carta, y un libro es como una carta que envías a alguien. De hecho, el que estoy escribiendo ahora se titula Muchas veces me pediste que te contara esos años . Y es una carta a una mujer que siempre se interrogó sobre qué hice yo en determinada época de mi vida. Allí, finalmente lo cuento y eso no puedes cerrarlo diciendo "y allí lo tienes".
-¡Mm! ¡Qué morbo por saber qué habrás hecho!
(Risas) -¿Sabes? Para mí la escritura es como una música que te va llevando a un determinado universo en el que el lector y tú acuerdan que allí hay que acabar. Es como el final del Ulises : "Ya no se puede más", dice James Joyce. Y hay algo adentro que, en un momento te manda un mensaje: ya no puedes más, déjalo allí.
-Para quien lee tu libro con ojos argentinos llama la atención lo que cuentas de la inmigración que partía como algo clandestino, casi una conspiración de Cortina de Hierro, llena de susurros en la noche. ¿Cómo era esa experiencia de asistir al secreto de quienes se iban?
-Era así, misterioso y secreto. Los inmigrantes nuestros fueron como los africanos que vienen a España ahora. Ellos se iban clandestinamente, no tenían papeles, había que falsificarlos.
-¿Se falsificaban en tu casa?
-No, en casa se guardaban. Yo recuerdo los cuchicheos de madrugada, cuando aparecían las personas a buscar esos papeles o a llamar por teléfono a quien los tenía que transportar. Así se fueron varios parientes míos, sobre todo a Venezuela. Todo lo que viví en aquella época de mi infancia me ha marcado muchísimo. Años después de la muerte de mi madre escribí un libro que se llama El territorio de la memoria y, desde entonces, eso está en mí. Fíjate que sigo teniendo los mismos miedos, las mismas reservas y la misma perplejidad ante las cosas que ocurren, sobre todo, ante la maldad y la injusticia, que cuando era chico. Sigo teniendo ese pavor hacia lo que hacen los adultos contra la inocencia, y sigo escribiendo de eso. Hace unos años descubrí una frase de Albert Camus, en El revés y el derecho , que ya desde entonces uso habitualmente y que dice: "El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento".
-¡Bondad pura!
-No, uno también es resentido y tiene envidia. Nadie está exento de eso, pero tienes que luchar para ser más puro. Para acercarte a una nobleza como un ideal de vida.
-En el libro, hablas de folclore argentino. ¿Cómo puede ser?
-Es que cuando era chico, lo escuchaba muchísimo, sobre todo, en un bar del Puerto de la Cruz y, luego en discos. Después leí Rayuela y siempre me dio la impresión de que, en la Argentina, el tiempo duraba más.
-¿Cómo conseguiste Rayuela en la España de entonces?
-No, lo leí cuando ya estaba en la facultad. Me gustaba tanto que no soportaba que me interrumpieran, para no quebrar la atmósfera. Luego conocí a Cortázar, escuchaba a Los Fronterizos, a Falú, a quien conocí, igual que a don Atahualpa Yupanqui
-Y además de un país donde el tiempo pasa más despacio, ¿qué más te evoca la Argentina?
-Una cierta felicidad, es un lugar donde hay muchas librerías. ¿Sabes?, había mucha afición en Tenerife a la música argentina. Yo escuchaba de noche y de día a Los Chalchaleros, al uruguayo José Larralde, a Cafrune, a Mercedes Sosa ¡mi universo exterior era la Argentina! Ni siquiera América latina o Venezuela, con los parientes; no, era la Argentina.
-Que no habías pisado.
-Pero estaban los libros y ese folclore
-¿Por qué te gusta tanto el folclore nuestro?
-Porque habla de la soledad.
-Pero, para eso, ¿el máster no es el tango?
-El tango es demasiado triste, es una tristeza de uñas arrancadas.
-¿Tres tangos seguidos te dejan en estado catatónico?
-Lo digo con enorme respeto, porque hay algunos fantásticos, como "Sus ojos se cerraron" ¡eso es una novela! ¿Sabes? A mí las canciones me dicen mucho.
-Ya veo. ¿Y cantas?
-No, tengo un oído fatal.
-¿Y cómo suena tu música al empezar a escribir un libro?
-Es que empiezo por allí, por un tono.
-Y, después, ¿qué viene?
-Un tono interior. Primero lo digo, y después lo voy sintiendo. Y si no tengo ese tono, no escribo.
-Pero, ¿acaso hablas en voz alta al escribir?
-¡Sí! Por ejemplo, ahora ando repitiendo "muchas veces me pediste que contara esos años" (el título del próximo libro) y con eso me pongo en situación. Es como hacer una foto del momento en que empecé.
-¿Y esa música nunca pide una trama?
-No, a lo mejor escribo un folio con alguna cosa para introducir. Para no olvidarme. Pero eso es muy raro.
-Capaz que, luego, ni lees ese folio.
-Es probable. Porque siempre escribo de memoria.
-¿En qué medida el editor que has sido se te cuela en la escritura?
-¡Me olvido de eso!
-¿Se puede olvidar? Porque, en teoría, sabes de antemano lo que es bueno y lo que es malo. O lo que gusta y lo que no. Y eso es una gran ventaja, ¿o no?
-No, yo no sé lo que es bueno y lo que es malo, solo lo que me gusta y lo que no.
-Y lo que vende y lo que no vende.
-No, eso no lo sabe nadie.
-¿Cómo que no?
-Sí, bueno, lo sabrá gente. Pero no escribo para publicar ni para vender, sino porque tengo una necesidad personal.
-¿Y si tus libros no se leyeran?
-Seguiría escribiendo, es como respirar.
-Sí, claro, y nadie se suicida por el método de dejar de respirar. ¿Extrañas el trabajo de editor?
-Algunos aspectos, sí. Porque me gustaba mucho hacer feliz a un escritor con una buena noticia.
-¿Eras tú el que lo llamaba y le decía el glorioso "lo vamos a publicar"?
-¡Sí! ¡Me encantaba la alegría de un autor!
-¿Cuál fue el momento más feliz como editor?
-Publicar y hacer circular la idea de que en un cuento muy breve de Manuel Rivas -"La lengua de las mariposas"- había todo un símbolo de la historia de España, que valía por una enciclopedia o una memoria. Y convencí, primero a Fernando Fernán Gómez y luego a una productora, de que era un cuento que había que llevar al cine.
-¿Y ese fue el origen de esa fantástica película?
-Sí.
-¿Qué aprendiste de tu paso por la edición de libros?
-La humildad que te permite estar fuera de las vanidades connaturales a la creación en solitario.
-¡Epa! ¿Por qué?
-Porque el escritor es un bicho extraño, vanidoso que, por estar tan solo, necesita mucho apoyo. Tiene enorme ansiedad por ver el libro en las estanterías. Todo eso constituye un mundo psicológicamente muy frágil cuyo funcionamiento conozco, y eso es un alivio. También me siento muy orgulloso de haber ayudado a que la relación de Mario Vargas Llosa con los lectores cambiara.
-¿Por qué?
-Porque antes de publicarlo nosotros, la gente confundía actitudes políticas de Mario con su literatura. Mario es uno de los grandes escritores para todo el mundo y, luego, es una de las personas más consideradas con el trabajo del editor. Siempre está interesado por escuchar todas las opiniones.
-¿Acepta sugerencias Vargas Llosa?
-Sí. Me ha emocionado mucho tratarlo. Hay otros escritores de los que puedo decir lo mismo, pero el caso de él es especial. ...l quiso publicar con nosotros.
-Y la pesadilla del editor, ¿cuál es?
-La pesadilla es que se publiquen tantos libros.
-¡Pero eso es culpa del editor que padece la pesadilla autoinfligida!
-Sí. (Risas.)
-¿Y es inevitable?
-¿Sabes? Ahora que lo pienso, no hay tantos libros. Hay muchos para cada uno, pero los que a ti no te interesan interesan a otros. De modo que los libros son como el bosque.
-¿Desaparece el libro? ¿Se muere?
-No. En todo caso, si se acaba será como cuando se acabó el papiro: para que venga una cosa mejor.



