Evocación femenina
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UNA exageración por aquí, un olvido por allá, la novela histórica y las biografías siguen ampliando su oferta: no hay semana sin que algún título se añada a esta tendencia que, cuando solo obedece a una moda, no busca el rigor sino el entretenimiento. Conocedora del público, María Esther de Miguel prologa esta selección amplia e inteligente en la que, con rasgos propios, a través de anécdotas, cartas o bisbiseos, cada una de las catorce mujeres evocadas sale a seducir al lector deseoso, como el sultán de Scheherezade, de que le cuenten relatos. Así, emergen de la historia Juana Azurduy, Remedios de Escalada, Juana Manuela Gorriti, Camila O´Gorman, Juana Manso. A veces desdibujadas, pero siempre conmovedoras; acaso con vislumbres inexactos de daguerrotipos, pero tal vez realmente ellas, pues la verdad y el mito pueden unirse según el deseo de las escritoras y periodistas que las traen al ruedo. Así lo hacen Graciela Batticuore, Cristina Iglesia, Adriana Micale, Adriana Schettini o Liliana Zucotti. Aun cuando su trazo deba preferir la síntesis, no por eso las guía la superficialidad ni se entroniza el afecto por la figura estudiada.
Entre los relatos dedicados a las heroínas políticas, conmueven los trazos de Marta Cichero en su estudio sobre la médica Alicia Moreau de Justo, de magnífica "petulancia ilimitada". Y por supuesto brilla como una joya el capítulo donde Alicia Dujovne Ortiz revive a Eva Perón con prosa envidiable, para dilucidar el magnetismo de un nombre en el que caben aciertos y errores. Las treinta carillas que le dedica oscilan entre la luz y la sombra, exaltan y equilibran el fervor y la dificultad de que la historia no santifique ni victimice.
María Luisa Bemberg, Alfonsina Storni, Pirí Lugones, las Ocampo -Victoria y Silvina- acuden en los trabajos de Leila Guerriero, Graciela Gliemmo, Gabriela Esquivada, Liliana Heker. Con sus filmadoras, sus poemas, sus transgresiones y sus abolengos convocan el aire oscuro de los fantasmas que sin embargo, existen. La ternura de Niní Marshall, su correctísima posición como artista y como ciudadana, brotan en la pluma de Laura Linares. Cristina Piña, por su parte, recuerda a Alejandra Pizarnik, fascinante máscara de una poeta que aprendió a disputarle a la muerte su triunfo, hasta que no le valieron más las jugarretas. Cuando fue necesario, el volumen no escatimó la bibliografía. Matilde Grant es la responsable de la tapa con una niña verde.
Inés Malinow
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La Nacion



