
Exaltado tono pasional
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"COMO éramos uno solo al hablar. Nosotros/Eramos como un diálogo en un alma". Tal la exaltada declaración de Fernando Pessoa en un poema dedicado a la memoria de Mário de Sá Carneiro, a quien consideraba su único igual "en cuanto a sentimiento artístico" en el Portugal de su tiempo. Esta convicción es compartida por el traductor de la novela, Angel Crespo, quien en la introducción señala que ambos escritores "fueron las dos voces más importantes" de la revista Orpheu , cuyos dos únicos números, dice, bastaron para poner a las letras portuguesas a la altura de la restante literatura europea de la era del postsimbolismo y de las primeras vanguardias. Pero Sá Carneiro, considera Crespo, no ha tenido la repercusión crítica que merecía. Hasta que, en 1988, María Tavares publicó la Fotografía que le dedicó, agrega, Sá Carneiro era prácticamente un desconocido.
A tantos años de su desaparición, el escritor se nos muestra a través de esta novela como un típico representante de toda una generación de intelectuales atormentados. Pessoa escapó de sus contradicciones interiores haciéndolas asumir por sus heterónimos, pero Sá Carneiro terminó por autodestruirse cuando sólo tenía 26 años. Flotaba en el ambiente que frecuentaba -estamos a principios del siglo- como un impulso de exaltación, como un último coletazo de cierto morboso romanticismo finisecular, deformador de perspectivas, grandilocuente y hasta tremendista que no era, en resumidas cuentas, sino otra forma de enfrentar "el misterio del mundo". Se percibe una mal asimilada influencia dannunziana en lo que afirma un personaje: "La voluptiosidad es un arte y, quizás, el más bello de todos", y en expresiones tales como "temblar en espasmos de aurora, en éxtasis de llamas bermejas de ansia"; y, con su punta de ridiculez, entre otras, en estas: "La perversidad del agua", "los refinamientos viciosos de la luz". En resumen, enfrentamos un esteticismo decadente: "La estatua inquietante del deseo contorsionado, del vicio platinado", etcétera, etcétera.
En ese tono está escrita La confesión de Lucio , en la que todo quiere aparecer a los ojos del lector como veladamente misterioso, fascinante y elevado: la vida como una obra de arte mediante el deliberado esfuerzo de una inteligencia eminentemente estética, las fealdades de la vida cotidiana inexistentes, los creadores víctimas de males desconocidos, "enfermos del alma". Exponente de tal irrealismo es, aquí, el personaje Ricardo de Loureiro, en quien llega al extremo de la exacerbación de los sentimientos. Entre Ricardo y Lucio prospera una entrañable amistad, en la que el primero, que es sin duda el que más intensamente siente, actúa como una suerte de mentor: introducirá a Lucio en el "secreto universo del Arte" pero, sobre todo, llegará por él al extremo del sacrificio. Como una relación masculina, razona, no puede tener aquello que secretamente reclama -su culminación en la posesión física-, la tendrá, vicariamente, a través de Marta, la esposa de Ricardo, quien la entrega con ese preciso fin al amigo.
Con ella Lucio probará la más extensa sensualidad, tal como cuenta en largas páginas de exaltado tono pasional. Y en tanto Ricardo declara que su vida se ha "purificado", Lucio intuye el secreto de esa entrega y pasa, a su vez, a experimentar la sensación que a través de Marta experimenta su amigo: al poseerla, dice, es como si, monstruosamente, poseyera "los cuerpos masculinos que resbalan" por el de la mujer. Sólo que tan sutil enredo tiene, como corresponde, un desenlace acorde con la misteriosa vaguedad de todo el relato. (137 páginas).
Carlos Alberto Gómez
(c)
La Nacion


