
Excéntrico mito de familia
Con una audacia formal que se adecua a las complejidades de su nueva novela, Juan Forn intenta descrifrar la imagen de un antepasado que podría haber inspirado Madame Butterfly y, en esa tarea, termina por iluminar toda una zona de la cultura argentina
1 minuto de lectura'
María Domeneq
Por Juan Forn
Emecé
$39
Que al momento de definir la buena literatura resulte más importante considerar la forma que el contenido, la manera de narrar que la propia historia, es una discusión antigua, para muchos acabada o bizantina y, sin embargo, llamativamente recurrente. De María Domecq , la novela de Juan Forn, se impone decir ante todo que narra una historia extraordinaria: su materia, en gran parte real, abarca varias culturas, dos o tres siglos, y varias generaciones de una familia de la alta burguesía argentina, pero sobre todo hechos que nunca hasta ahora habían sido relatados, ni en la ya larga tradición de las "novelas de la oligarquía" ni en el resto de la literatura nacional. Toda la fuerza, la convicción y la audacia formal del libro provienen de una urgencia que excede al propio autor: la de una zona de nuestra cultura que depende de la palabra para poder sobrevivir, una zona que no puede identificarse ya con una sola clase.
¿Pero cómo aludir a la trama de María Domecq sin tergiversarla mediante la linealidad de un resumen? Quizás, apenas, narrando su comienzo. "A fines de los años noventa", "Juan Forn" -al que conviene no identificar completamente con el autor, desde el momento en que una de las principales nociones cuestionadas en la novela es, precisamente, la noción de "yo"-, el director de un "suplemento cultural" de un "diario de izquierda" que, siempre según sus palabras, ha revolucionado la forma del hacer periodismo en la Argentina, debe llenar un bache imprevisto con una nota sobre Madame Butterfly, la ópera de Puccini que en esos días está por subir a escena en el Teatro Colón. La ópera, según le ha comentado al pasar el presidente de la Academia Nacional de la Historia, bien puede haberse inspirado en el bisabuelo del propio Forn, el célebre almirante Manuel Domecq García, justamente considerado como el forjador, desde la época del general Roca, de la Armada Argentina moderna.
En torno del tramo más atípico de la carrera del almirante, sus años como veedor en la guerra Ruso-Japonesa de principios del siglo XX, el clan familiar ha construido una identidad igualmente excéntrica, en que el Japón cumple la función que, para otras familias patricias, tienen Francia o Inglaterra: ser el escenario de la mitología que una abuela transmite oralmente a los nietos en torno del hogar del caserón de Palermo Chico, atestado de "japonerías". Como toda mitología familiar, esta cumple la función de legitimar los privilegios ya adquiridos y transmitir una mentalidad "de casta", pero también, en este caso, una moral guerrera y una conciencia del alto destino que les está reservado, y que hay que consumar aun al precio de la propia vida: la matriz de una actitud política que podrá cambiar de signo, pero difícilmente de radicalidad.
Muy bien: el esfuerzo de consumar, en pocas horas, una investigación sobre "la verdadera Madame Butterfly" (una tarea que hubiera apasionado a Manuel Mujica Lainez, en tanto promete suplir la carencia de un antepasado noble con un antepasado protagonista de una obra de arte), es, para "Juan Forn", el desencadenante de un colapso físico y mental al que contribuyen una ambición sin límites y la presión de los estimulantes mayores de la época del menemismo: el dinero y los estupefacientes. Que los médicos logren salvar a Forn del coma, que el propio Forn prometa, de un modo más o menos creíble, "parar la mano", es menos imprescindible para el cese de su tendencia autodestructiva, según le dicen, que conjurar "la pesadilla" que lo agitó en la convalecencia del coma. E inesperadamente, Forn recuerda que esta pesadilla ha consistido en la aparición del desconocido "hijo japonés" que durante el primer peronismo llegó a visitar la casona de Palermo Chico, sin lograr que la abuela Akita lo dejara pasar del vestíbulo.
La búsqueda de este familiar o, más precisamente, de dar sentido a su imagen, que parece cifrar en él todo lo que el mito familiar ha negado de lo real, lleva por fin a los personajes a una infinidad de descubrimientos, entre los que sobresale la vinculación entre el almirante y la médula de horror que recorre la historia argentina del siglo XX. Quizá la virtud mayor del libro sea su honestidad: no solo decir simplemente las verdades que "Forn" va descubriendo, sino mostrar todo lo que aun no puede decir, y aun ver, de sí mismo. ¿A qué precio puede ignorar un periodista que pretende marcar la cultura argentina de izquierda que es heredero directo de un militar responsable de delitos horrendos? ¿A qué precio puede sostener todavía en 1999, una aversión generacional (sic) por lo político y una ajenidad casi absoluta al tema del genocidio de los años 70? Estas luchas internas de Forn descubren de manera alucinante identidades y conflictos que "los años noventa" cargaban como herencia, en secreto, de los tiempos de "la fundación de la Nación". Que el coma del protagonista coincida con la crisis del 2001 es una de esas correspondencias que solo parece tolerar la novela de "no ficción".
Pero hablemos de la originalidad formal de María Domecq . Si la "saga porteña" de Manuel Mujica Lainez está presidida por la idea de "friso", Forn intenta aquí una forma alternativa que, primariamente, se opone a las formas convencionales de continuidad, como un disparo al cuerpo de la historia que interesa diferentes órganos, o como un grito capaz de escucharse a un tiempo en los más variados espacios de la casa de la memoria. El interés indeclinable que suscita la novela se debe, por ejemplo, a la ruptura de toda cronología: Forn salta sin el menor previo aviso de un tiempo a otro y, sobre todo, aboliendo aquel ideal "imperial" de homogeneidad de Mujica Lainez, permite que cada zona de la realidad se exprese a su manera y discuta, con la virulencia de un odio añejado por siglos, con otras voces y otros géneros que la desmienten: la voz de la abuela Akita, que evoca a la vez a Sherezade y a los cuentos de fogón de las campañas contra el indio, dialoga así con la voz de un periodista de investigación en la mejor tradición de Rodolfo Walsh; la historia de amor con la misteriosa "María Domecq", contada al modo de los maestros norteamericanos -quizás el tramo más afín con las otras novelas del autor- discute con páginas de un extremo rigor científico y un discurso médico casi propio de la new age , que los personajes traducen indefectiblemente a un vocabulario de batalla naval: "radar", "no te rindas"; "hay algo peor que te digan cobarde: que tengan razón".
Forn descarta la tarea imposible de novelar el mito; el logro buscado, y encontrado, como siempre a medias, es alterar la relación entre sus términos, su significación. Siguiendo al Borges de "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", el que, acaso para salvarse de la locura de confundir imaginación y realidad, pasado y memoria, pone en foco la manera en que unos y otros se alimentan continuamente, generando lenguaje, arte, política.


